Estudio pastoral para la Jornada de Vocaciones Nativas 2013


 

Vocaciones Nativas 2011

 

Por Mons. José Ángel Saiz Meneses
Obispo de Terrassa y Presidente de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

     

El día 11 de abril de 1964, durante la celebración del Concilio Vaticano II, el siervo de Dios Pablo VI instituyó la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones y emitió un radiomensaje exhortando a todo el pueblo cristiano a unirse en la plegaria por esta intención. Este año, el día 21 de abril, celebramos la quincuagésima Jornada y, con este motivo, Benedicto XVI nos ha ofrecido un mensaje que lleva por título “Las vocaciones, signo de la esperanza fundada sobre la fe”. Celebramos también, el día 28 de abril, la Jornada de Vocaciones Nativas, cuyo lema este año es “Vocaciones nativas, señal de esperanza”. Pedimos a Dios que aumente el número de quienes acogen la llamada de Cristo a seguirlo por el camino del sacerdocio y de la vida consagrada, especialmente en la misión. 

La fidelidad de Dios, motor de la historia  

Dios permanece siempre fiel: en la verdad de sus palabras, en la solidez de sus promesas, en sus obras de amor, que se mantienen perpetuamente. A lo largo de la historia de la salvación, la fidelidad divina perdura inalterable frente a la infidelidad del hombre. Los Salmos reflejan y alaban la fidelidad de Dios, fundamento de nuestra esperanza: “Señor, tu misericordia llega al cielo, tu fidelidad hasta las nubes” (Sal 35,6). En la misteriosa fidelidad de Dios se fundamenta la esperanza. Dios es fiel con su pueblo, no por los méritos de este, sino por la coherencia de amor del mismo Dios. Este amor fiel será siempre más fuerte que el pecado de los hombres y se convertirá en el motor de la historia.

El sentido de nuestra vida consiste en conocer el amor de Dios, experimentar ese amor y corresponder amándolo a Él y a los demás. De ahí la inquietud, el anhelo humano de buscar y encontrar el rostro del Señor. De ahí que, con el salmista, hombres y mujeres de todas las épocas y lugares puedan repetir: “Tu rostro buscaré, Señor” (Sal 26,8). San Agustín, después de una búsqueda larga y azarosa, lo expresa bellamente: “Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que repose en ti”. Porque solo en el Señor se encuentra el descanso y la paz.

Dios quiere salvar a todos los hombres y hacerlos hijos suyos. Por eso, al llegar la plenitud de los tiempos, envía a su Hijo, que se ha encarnado, se ha hecho hombre, ha asumido la naturaleza humana haciéndose en todo igual a nosotros, excepto en el pecado. Por Cristo y en Cristo el ser humano es elevado a la dignidad de hijo de Dios. Él es el Redentor de todo el género humano y de cada persona. Por eso, con san Pablo, todo hombre puede decir: “Me amó y se entregó por mí” (Gál 2,20). 

El encuentro personal con Cristo 

Cristo sale al encuentro de todo ser humano para saciar su sed de felicidad, para llenar su existencia de sentido. Por eso hemos de propiciar en todas las personas el encuentro personal con Cristo, la experiencia de fe que transformará su vida y la comprometerá en totalidad. Un encuentro que le hará descubrir en Cristo la plenitud de sentido de su existencia. Como consecuencia, se iniciará un proceso de conversión que llevará a una identificación progresiva con Él y, en definitiva, a la santidad de vida.

Dicha conversión se produce en la persona que es receptiva al mensaje anunciado y da origen a una alegría incontenible, porque se ha encontrado lo más importante de la existencia. Un ejemplo claro de lo que significa el encuentro con Cristo lo tenemos en la experiencia de san Pablo. Un día, yendo hacia Damasco, el Señor resucitado se cruzó en su camino. Ese encuentro le cambió radicalmente la vida, le cambió el corazón. Pues bien: ya sea como una fuerte sacudida en un momento concreto o de un modo progresivo desde la infancia, la experiencia profunda de fe renueva la vida de la persona. A partir de esta experiencia pueden nacer las vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras. 

Iniciativa de Dios 

La celebración de la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones a lo largo de 50 años ha ido creando en el pueblo cristiano una conciencia cada vez mayor de la importancia de las vocaciones y de la oración por ellas. Toda vocación cristiana es un don de Dios, y se fundamenta en su elección puramente gratuita. Y toda vocación cristiana siempre tiene lugar en la Iglesia y mediante ella, porque Dios ha querido santificar y salvar a los hombres constituyéndolos en su pueblo, que es la Iglesia. Por eso, las vocaciones se generan y se educan en la Iglesia, y son un don destinado a la edificación de la misma. Así, el decreto conciliar Ad gentes dice de las vocaciones al sacerdocio surgidas en los territorios de misión que “la Iglesia echa raíces cada vez más firmes en cada grupo humano cuando las varias comunidades de fieles tienen de entre sus miembros los propios ministros de la salvación en el Orden de los obispos, de los presbíteros y de los diáconos al servicio de los hermanos” (n. 16).

La historia de toda vocación al ministerio sacerdotal, a la vida consagrada y a la misión es la historia de un inefable diálogo entre Dios y el hombre, entre el amor de Dios que llama y la libertad del hombre que responde. Este modelo de llamada y de respuesta aparece siempre en las escenas vocacionales a lo largo de la Sagrada Escritura y de la historia de la Iglesia. Ahora bien, hemos de subrayar que la iniciativa de la llamada pertenece a Dios. Esto queda bien reflejado en las palabras de Jesús a los apóstoles: “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca” (Jn 15,16). 

Importancia de la oración 

La pastoral vocacional se sustenta sobre la oración, porque toda vocación es un don de Dios, que hay que pedir humildemente en la oración. La oración por las vocaciones va unida al testimonio que han de ofrecer las personas que ya han respondido a Dios por diferentes caminos, y también al discernimiento que se debe ir realizando desde la dirección espiritual y desde la formación que se va adquiriendo.

En los evangelios de san Mateo y san Lucas encontramos una recomendación explícita de Jesús para orar por las vocaciones: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies” (Mt 9,37-38; cf. Lc 10,2). La Obra Pontificia de San Pedro Apóstol promueve la oración constante por las vocaciones a la vida consagrada y al sacerdocio que el Señor suscita en los territorios de misión. Su formación y sostenimiento es responsabilidad de toda la Iglesia universal. Por eso, hemos de ser solidarios con estas Iglesias locales, que carecen de recursos para la formación de sus vocaciones nacientes. Solidarios y generosos en la colaboración material y económica. Solidarios y generosos en la oración, que es la principal actividad de pastoral vocacional. 

Fuerza del testimonio 

 El testimonio personal de los que ya han respondido a la llamada del Señor en el ministerio sacerdotal y en la vida consagrada tiene gran importancia en la pastoral vocacional. Dios se vale del testimonio de los   sacerdotes, religiosos y misioneros para suscitar vocaciones. Podemos subrayar tres aspectos que tienen una particular fuerza testimonial: la oración, la amistad con Cristo, y vivir con alegría el don de sí mismo a Dios y a los hermanos.

El beato Juan Pablo II, en la exhortación apostólica Pastores dabo vobis, señalaba el testimonio como el factor más determinante en la pastoral vocacional: “La vida misma de los presbíteros, su entrega incondicional a la grey de Dios, su testimonio de servicio amoroso al Señor y a su Iglesia –un testimonio sellado con la opción por la cruz, acogida en la esperanza y en el gozo pascual–, su concordia fraterna y su celo por la evangelización del mundo son el factor primero y más persuasivo de fecundidad vocacional” (n. 41).

El sacerdocio ministerial representa la garantía de la presencia sacramental de Cristo Redentor a lo largo de la historia, en los distintos tiempos y lugares. La vida y ministerio de los sacerdotes ha de ser continuación de la vida y de la acción de Cristo, y en consecuencia, han de seguir su estilo de vida y han de vivir sus actitudes. En eso consiste su identidad y ahí radica la fuente del gozo de la vida sacerdotal. La celebración de la Eucaristía será el momento privilegiado para expresar la unión con Cristo y la entrega a los hermanos.

Respecto a la importancia del testimonio, otro tanto podemos afirmar de la vida consagrada, ya que la vivencia profunda y consecuente de los consejos evangélicos es un ejemplo para todos los miembros de la comunidad cristiana y un impulso para responder a la propia vocación. Monjes y monjas, religiosos y religiosas de vida activa, misioneros, miembros de los institutos seculares; todos ellos ofrecen un admirable testimonio de entrega, de seguimiento radical de Cristo, de la primacía absoluta de Dios en su vida, de llevar a cabo su compromiso bautismal, cada uno según el carisma que ha recibido del Espíritu Santo. 

El encuentro personal con Cristo 

El Señor sigue llamando. También en las Iglesias de reciente evangelización. Benedicto XVI nos recuerda en su Mensaje para la L Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones que la respuesta positiva por parte de los que son llamados “ayuda a mirar con particular confianza y esperanza al futuro de la Iglesia y a su tarea de evangelización”. Nuestra misión consistirá en sembrar, acompañar el crecimiento y ayudar a discernir. Una siembra oportuna y confiada, abonada con la oración personal y con la oración de toda la Iglesia.

Tenemos la esperanza firme de que el dueño de la mies no permitirá que falten en la Iglesia segadores para sus campos. Suya es la iniciativa, y suyo es el interés principal. Por nuestra parte, hemos de colaborar con generosidad y acierto. Se trata de escuchar y acoger con confianza la palabra del Señor, que nos dice incesantemente: “No tengáis miedo”. Aquí y ahora, el Señor sigue llamando, y sigue cruzándose en el camino de muchos jóvenes para llenar de plenitud sus vidas a través de un seguimiento en totalidad de tiempo, de fuerzas y, sobre todo, de amor.

Las vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras son “señal de esperanza”, signo de la confianza que esas personas han puesto en Dios al responder positivamente a la llamada. Como se dice en el decreto Ad gentes, “la Iglesia agradece con inmenso gozo el don inestimable de la vocación sacerdotal que Dios ha concedido a tantos jóvenes entre los pueblos convertidos recientemente a Cristo” (n. 16). En esta Jornada de Vocaciones Nativas, recordamos, efectivamente, con gratitud, y sintiendo nuestra responsabilidad hacia ellas, a estas vocaciones surgidas de entre esos pueblos de los territorios de misión. A la vez, todas estas vocaciones son generadoras de esperanza en la comunidad cristiana. Nada hay que impulse más la esperanza en el pueblo cristiano que participar en una ceremonia de ordenación sacerdotal, en una profesión religiosa o en un envío misionero. María, Madre de la esperanza, Estrella de la Nueva Evangelización, interceda por nosotros y nos guíe en este camino.