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Las Vocaciones Nativas a la luz de Redemptoris missio


 

 

Por Rafael Santos
Encargado de edición de la Revista Illuminare

 

   

Veinte años han pasado desde que el Papa Juan Pablo II nos regalara su mayor documento misionero, Redemptoris missio, allá por el 7 de diciembre de 1990. La efemérides recientemente celebrada nos invita a volver sobre una encíclica actual “por partida triple”: porque tiene como tema central el mandato misionero de Cristo y su permanente validez; porque dedica buen espacio a los fundamentos teológicos de la misión, que nos zambullen en la eternidad del Dios-amor; y porque observa lúcidamente y anticipa aspectos que siguen definiendo el hoy de la evangelización en el mundo.

Sin entrar en la rica densidad de contenidos de esta encíclica, es interesante recordar algunos pasajes especialmente iluminadores en el contexto de la Jornada de la Obra Pontificia de San Pedro Apóstol y de esas “Vocaciones nativas... llamadas a la misión”. Al hablar de la proyección misionera de las vocaciones nacidas en el seno de las Iglesias de reciente creación, se hará aquí especial referencia a las sacerdotales, pero otro tanto cabría decir de la “fecundidad misionera de la consagración”, objeto de un apartado de la encíclica (cf. RM 69-70).

Pedro Ciprian, sacerdote vinculado al carisma de las Misioneras Cruzadas de la Iglesia, misionero en Argentina, afirma: “El sacerdote no solo ofrece sus servicios, sino que se ofrece a sí mismo. Da más que cosas, tiempo o acciones. Puede estar, puede acompañar, puede compartir. A veces el mejor servicio es una palabra, una caricia, una oración, como signo de común unión”. Pues bien: a todos los sacerdotes –y también, por tanto, a los que integran el clero nativo– Juan Pablo II les dice: “Todos los sacerdotes deben tener corazón y mentalidad misioneros, estar abiertos a las necesidades de la Iglesia y del mundo, atentos a los más alejados y, sobre todo, a los grupos no cristianos del propio ambiente” (RM 67).

La frase anterior aparece en el apartado “Sacerdotes diocesanos para la misión universal” (cf. RM 67-68), donde el Papa hace afirmaciones que valen tanto en el sentido que va de nuestras Iglesias a las Iglesias jóvenes, como desde estas hacia otros lugares de misión. Juan Pablo II completa así su petición: “Que en la oración y, particularmente, en el sacrificio eucarístico sientan la solicitud de toda la Iglesia por la humanidad entera” (RM 67). Exhorta, pues, a los presbíteros a vivir la dimensión misionera desde su sacerdocio, lo mismo que cada uno estamos llamados a la misión desde nuestro propio “ser” dentro de la Iglesia, desde el Sucesor de Pedro a los laicos: “La misión es de todo el Pueblo de Dios [...], es tarea de todos los fieles” (RM 71).

Muy relevantes con respecto a los sacerdotes nacidos en tierras de misión son estas palabras del Papa: “Especialmente los sacerdotes que se encuentran en áreas de minoría cristiana deben sentirse movidos por un celo especial y el compromiso misionero. El Señor les confía no solo el cuidado pastoral de la comunidad cristiana, sino también y sobre todo la evangelización de sus compatriotas que no forman parte de su grey” (RM 67). Tanto la presencia de los sacerdotes nativos como la de los sacerdotes misioneros que abrieron camino son decisivas –“la fundación de una nueva Iglesia requiere la Eucaristía y, consiguientemente, el ministerio sacerdotal” (RM 71)– y se enlazan entre sí. Como explica Mons. Utembi Tapa, arzobispo de Kisangani (R. D. del Congo): “La presencia de los misioneros nos recuerda la dimensión misionera de la Iglesia. Venimos de algún lado. Hemos recibido el Evangelio a través de otros. También nosotros estamos llamados a compartir la Buena Nueva con los demás”. El Papa se lo dice así a las Iglesias jóvenes: “Lejos de aislaros, acoged abiertamente a misioneros y medios de las otras Iglesias y enviadlos también vosotras mismas al mundo” (RM 85).

La realidad es esperanzadora: “Ya hoy las Iglesias jóvenes –no pocas de las cuales experimentan un prodigioso florecimiento de vocaciones– son capaces de enviar sacerdotes, religiosos y religiosas a las antiguas” (RM 85). Pero previamente, las vocaciones surgidas en territorios de misión muchas veces han tenido que enfrentarse a grandes obstáculos por falta de medios económicos. Es deber de todos sostener la buena disposición y la adecuada formación de estos candidatos al sacerdocio con nuestras ayudas y oraciones. En este punto, la Obra cuya Jornada celebramos desempeña un papel crucial. Mons. Bernard Ayo Okodua, vicario general de la archidiócesis de Lagos y antiguo director nacional de la OMP de Nigeria, afirma: “Si no hubiera existido la Obra Pontificia de San Pedro Apóstol, no me habría convertido en sacerdote. Yo soy un beneficiario de esta Obra, porque ha sido a través de ella como el seminario donde me he formado ha podido financiar mis estudios”.

En la continuidad del esfuerzo evangelizador, la entrega del testigo de los sacerdotes misioneros a los sacerdotes nativos constituye un gran acontecimiento, según expresa muy bien Enric Olivé, misionero fidei donum en Chile: “Mis mejores momentos como misionero los han constituido las ordenaciones sacerdotales en mi Iglesia. Para mí es una gran alegría, porque significan continuidad de vocación, de esfuerzo misionero”. Pero ni con este hecho tan gratificante se detiene la misión, porque, como dice el Papa, “todas las Iglesias particulares, jóvenes o antiguas, están llamadas a dar y a recibir en favor de la misión universal y ninguna deberá encerrarse en sí misma” (RM 85).

Llegamos así a un nuevo eslabón en esta cadena misionera: dado que “cada Iglesia, incluso la formada por neoconvertidos, es misionera por naturaleza, es evangelizada y evangelizadora” (RM 49), también sus vocaciones nativas son “llamadas a la misión”. Tras hablar de la contribución misionera de los sacerdotes fidei donum, el Papa dice: “Mi deseo es que el espíritu de servicio aumente en el presbiterio de las Iglesias antiguas y que sea promovido en el presbiterio de las Iglesias más jóvenes” (RM 68). Y es el servicio misionero de los sacerdotes y de las demás vocaciones nativas el aspecto que este año nos destaca la Jornada de San Pedro Apóstol; un estimulante reto que afrontar para que “la misión de Cristo Redentor, confiada a la Iglesia” (RM 1), avance camino de su cumplimiento, en esa tarea a la que con tanto empeño nos convocó a todos el pronto beato Juan Pablo II.