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ntes de partir a la casa del padre Juan Pablo II dejó el Mensaje para la Jornada Mundial de la Propagación de la fe, que Benedicto XVI ha sumido y entregado a la Iglesia. Las primeras líneas del texto son como una obertura de su contenido: “En este año dedicado a la Eucaristía, la Jornada Misionera Mundial, nos ayuda a comprender mejor el sentido “eucarístico” de nuestra existencia”. El mensaje del año pasado y el último capítulo de la Exhortación Mane Nobiscum Domine desarrollan suficientemente que la Eucaristía lleva a la misión. Ahora se completa la reciprocidad entre Misión y Eucaristía. No sólo la Eucaristía lleva a la misión sino que ésta lleva a la Eucaristía. Por eso, aunque no fuera más que por egoísmo disculpable una comunidad cristiana debe ser misionera por que del desarrollo de esta dimensión dependerá en buen medida la centralidad de la Eucaristía en su seno y la solicitud por los más necesitados. Hay
una intrínseca relación entre banquete y anuncio. Por una parte, el
encuentro con Cristo resucitado, que se actualiza en la celebración eucarística,
suscita en la Iglesia y en cada cristiano “la exigencia de evangelizar y
de dar testimonio” (MND, 24). Los discípulos de Emaús “se levantaron
al momento” para comunicar a los demás cómo habían reconocido al
resucitado al partir el pan. Por otra, el anuncio del Evangelio no tiene más
finalidad que suscitar, en quienes lo escuchan, el deseo de celebrar la
presencia salvadora del Señor Jesús con quien se han encontrado en el
camino de la vida. “Aquí hay agua, qué impide que yo sea bautizado?”
(Hch 8, 36), manifiesta el etíope a la predicación de Felipe. La misión
lleva a la celebración de la fe. Desde
esta perspectiva se comprende el sentido misionero y eucarístico del
lema, que a modo de consigna, nos es propuesto para profundizar en la
“sustancia viva” de esta Jornada misionera: “Misión: ‘pan
partido’ para el mundo”.
Cristo, “pan partido” para la humanidad Hoy
la humanidad vive situaciones difíciles y, en ocasiones, dramáticas. A
las provocadas por catástrofes naturales se unen las originadas por el
pecado fraticida de los hombres. Parece que con frecuencia y después de
2000 años vuelve a revivirse la noche de la traición, que precedió a la
institución de la Eucaristía y a la donación total de Cristo a la
humanidad. Parece como si la mentira y la avaricia quisieran entregar la
humanidad a los poderes sociales y económicos, a cambio de una monedas.
Algunos indicios de la situación pueden verse desde tres ángulos
complementarios: ·
La sociedad parece fragmentarse por las divisiones
sociales. Junto a legítimos planteamientos sociales surge la confrontación
y la intolerancia entre pueblos, étnias y grupos políticos. Este
posicionamiento beligerante está desembocando en enfrentamientos bélicos
entre países o entre diversas facciones de un país. Muchos de ellos están
en situación de guerra, con las inevitables consecuencias para los grupos
humanos menos favorecidos. A ello se une el drama de los desplazamientos,
con el sangrante desgarramiento de las personas de su lugar de
pertenencia. · Los bienes de la tierra están injustamente repartidos entre los hombres. La pobreza afecta a millones de personas. La ruptura entre los que tienen y los que carecen de lo necesario es cada día más grande y lacerante. Situación que afecta dramáticamente a los más indefensos, especialmente a los niños, que mueren de hambre o que carecen de los recursos necesarios para poder alcanzar una digna madurez personal. ·
Esta situación afecta –y de qué manera!– a la Iglesia
en la que sigue existiendo la dramática separación entre las Iglesias
“ricas” y las Iglesias “pobres”, Iglesias que “dan” e Iglesias
que “reciben”. Incluso, las hay tan “ricas” que sólo tienen
posibilidad de ocuparse de sí mismas, perdiendo la perspectiva de la
universalidad. Se refugian en sí mismas y terminan empobreciéndose. No
se trata de reducir las iglesias a la penuria, como dice la Fidei Donum,
sino de aplicar el principio de la igualdad (cfr, Co 8,13). Porque nadie
hay tan rico que no necesite de nadie ni tan pobre que no pueda dar nada. Vuelve
a repetirse la situación: “Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión
de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen
pastor. Entonces dice a sus discípulos: «La mies es mucha y los obreros
pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies». (Mt
9, 36-37). Ante esta situación Jesús “se parte” y se “entrega”
para saciar el hambre y la sed del mundo. Se convierte “en proyecto de
solidaridad para toda la humanidad”. Solidaridad que tiene su inicio y
culminación en la donación.
“Partir”
el pan de la solidaridad y el pan de la salvación. La misión supera
cualquier planteamiento dicotómico. Cristo es a la vez Pan y Palabra, que
sacia la sed de agua y el hambre de Dios. La Iglesia misionera desde sus
orígenes ha atendido en y desde la misión tanto el desarrollo humano y
la promoción económica como la oferta de salvación, porque todo
confluye en la dignidad de la persona. La misión se hace “pan
partido” al ofrecer a Cristo que se hace hombre para que la humanidad
recobre su dignidad (cfr. Ef 1,10; Col 1,15-20). “Pan partido” para
lograr la instauración del Reino de Dios que sale al encuentro de las
“múltiples pobrezas de nuestro mundo” (MND, 28) y es el criterio de
discernimiento sobre la autenticidad de nuestras celebraciones eucarísticas.
La misión desde esta apertura de donación abre nuevas perspectivas a la
esperanza, haciendo a la humanidad partícipe de la vida eterna. “Yo soy
el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para
siempre” (Jn 6,51). La jornada del Domund es un don para la Iglesia particular. Es la gran oportunidad para descubrir cómo otras personas se encuentran en necesidades y para vivir el estilo de la primera comunidad que vendían lo que tenían y lo ponían a disposición de los apóstoles (Hch 2,44-45). No necesitaban el estímulo de un proyecto “concreto” para suscitar su generosidad. Compartían lo que tenían. Se hacían “pan partido” para todos.
La
Iglesia, "pan partido" para el mundo La
Iglesia tiene conciencia de Iglesia cuando descubre al Resucitado y, como
los de Emaús, lo descubre al partir el pan. En la celebración de la
Eucaristía, especialmente el día del Señor, la comunidad cristiana toma
conciencia de que el Sacrificio eucarístico es “para todos” (Mt 26,
28). Sin embargo, no es posible participar en la Eucaristía si
anteriormente las personas no han tenido el don de tropezarse con un
testigo. El primer anuncio es imprescindible para poder celebrar la
Eucaristía. La frialdad de muchas celebraciones eucarísticas dimana
necesariamente de que antes no ha habido un anuncio misionero. Para poder
“partir” el pan es necesario haber “compartido” la Palabra. El objetivo de las Obras Misionales Pontificias es ayudar a que la Iglesia se haga presente en todo el mundo. Esto no significa que sea necesariamente a través de su institucionalización de los nuevos territorios de dominio. Si fuera así, la empresa en sí misma habría sido un clamoroso fracaso porque después de dos mil años sólo una sexta parte de la humanidad confiesa que Cristo es el Señor, que ha Resucitado. La Iglesia se hace
“pan partido” para todos cuando:
Los misioneros, "pan partido" para el mundo Los
misioneros acuden, en su nombre de Cristo y de la Iglesia, a tantas partes
del mundo para que vuelvan a sonar las palabras del Redentor: “Yo soy el
pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí,
no tendrá nunca sed” (Jn 6, 35); ellos mismos se hacen “pan
partido” para los hermanos, llegando no pocas veces hasta el sacrificio
de la vida.
Es
la hora de la misión. Este grito ha de resonar en la conciencia de los
fieles, independientemente de la edad, situación eclesial y de las
urgencias del momento. No es el momento de “dar largas” a la llamada
de Dios. La
jornada mundial de la propagación de la fe es ocasión para:
Concluimos
con las palabras finales del mensaje: “Que la Virgen, Madre de Dios, nos
ayude a revivir la experiencia del Cenáculo, para que nuestras
comunidades eclesiales sean comunidades que permanecen abiertas a la voz
del Espíritu y a las necesidades de la humanidad; comunidades donde los
creyentes, y especialmente los misioneros, no dudan en hacerse «pan
partido para la vida del mundo»”. Por
Anastasio Gil García |