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misión es esencial en la vida de la Iglesia puesto que alimenta y
fortalece su vida. ‘Hay mayor alegría en dar que en recibir’,
afirmamos en momentos de generosidad y de profunda reflexión ante las
necesidades que encontramos en los demás. La Beata Madre Teresa de
Calcuta contaba que en una ocasión supo que una familia estaba falta de
alimentos y la llevó unos kilos de arroz; cuando vio la miseria en la que
vivían se horrorizó, pero se quedó atónita cuando comprobó que la señora
de la familia repartió en partes aquellos pocos puñados de arroz y
separando varios salió rápidamente a llevárselos a otra familia también
necesitada. Cuando volvió a la choza, Madre Teresa la preguntó qué había
hecho con aquellos puñados de arroz y ella respondió: ‘No sólo mis
hijos y yo estamos necesitados sino también otros lo están y al
compartir me siento más persona y más feliz’.
En este año 2005 el lema del ‘Domund’ nos recuerda que Jesucristo se sigue partiendo por nosotros y compartiendo su amor total por toda la humanidad. La Eucaristía es el signo más real y más presencial del amor de Dios en medio del mundo. La presencia viva y resucitada de Cristo habita entre nosotros y es la demostración de su compasión por el ser humano. La humanidad sin Cristo sería un fracaso, con Cristo es una victoria sobre el odio, el pecado, la falta de solidaridad y de fraternidad. El drama que fundamentalmente sufren las personas y la sociedad es el de la falta de amor que en ellos existe. La salud honda del alma sana todas las enfermedades de la angustia, del ‘sin sentido’ de la vida y de la amargura existencial; en esta hondura sólo puede hacerse presente Dios, porque en lo más íntimo del ser humano él habita.
a solución a los grandes problemas de la sociedad no se van a resolver desde la postura teórica de las ideas por muy excelsas y buenas que sean sino desde una apertura del corazón y de la vida compartida entre todos, las ideas ayudarán a mentalizar pero la acción será fructífera en tanto en cuanto nos abramos a descubrir las necesidades de los demás y colaboremos con nuestro esfuerzo, trabajo y solidaria aportación a aquellos que están faltos del pan material y espiritual. De ahí que la misión es una nueva forma de regenerar al ser humano en sus distintas facetas espirituales y materiales. Anunciar a Jesucristo es la primera faceta de la misión, sin ella la misión sería un cúmulo de ‘buenas intenciones’ que a lo único que llevaría sería a una compasión paternalista. Llevar a Cristo es el mejor regalo que aporta el misionero; desde Cristo y por Cristo el misionero ofrece su vida y la comparte con los demás. Si Cristo se ha partido, como nos lo muestra la Eucaristía, por el género humano, eso mismo ha de hacer quien se ponga en camino para misionar. Hoy se ha puesto de moda el ‘ser misionero’, muchos jóvenes apuestan por ello. Es un buen signo pero no nos olvidemos que para vivir tal servicio esto supone una entrega tal que el propio ser y vivir se pospone por Cristo para ser ‘pan partido para la humanidad’. Seguir al Maestro supone ‘negarse a uno mismo, abrazar su Cruz y seguirle sin condiciones’.
ero faceta importante en la misión es impulsar el sentido de la conversión del corazón y alentar a todos para que el sentido de la santidad sea el objetivo fundamental de la experiencia humana. No podemos dejar que ‘pase de largo’ Cristo en nuestra vida. Cuando él hace morada en nosotros, con su gracia y amor, se cambia la sociedad. Dios no cambia las cosas, cambia el corazón humano y las cosas cambian. Las situaciones más denigrantes y corruptas que suceden en la sociedad no las podemos culpabilizar a Dios es el ser humano que las propicia por la ‘dureza de su corazón’.
Creo
que el Domund de este año nos va ayudar a comprender mucho más el
sentido de la auténtica misión y ciertamente que arrastrará a muchos
para que desde el ámbito donde se encuentren hagan posible que su vida
sea misión. Ese es el deseo del Papa Benedicto XVI y ese fue el deseo de
Juan Pablo II. Unidos a nuestros Pastores hagamos viva la misión y el
deseo de Cristo para que todos conozcan el amor de Dios y que todo el género
humano se restaure y brille en él la filiación divina sintiéndonos
hermanos y que nadie sufra la escasez espiritual y material. Por
Monseñor Francisco Pérez González |