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En el camino de la vocación la certeza mayor es el encuentro con la persona de Jesucristo. No hay auténtica vocación si este encuentro no se realiza. Recordemos que a San Pablo fue lo único que lo tumbó y lo convirtió en apóstol. El que apuesta por Jesucristo se convierte en peregrino en busca del sentido de la vida y, ante el misterio, descubre el rostro de Cristo. La Iglesia siempre ha dado mucha importancia a las vocaciones de especial consagración, y les ha considerado como aquellos que hacen visible en la Iglesia y en el mundo los rasgos característicos de Jesús, virgen, pobre y obediente.
Los consejos evangélicos de pobreza, virginidad y obediencia son una respuesta y un reto ante las circunstancias de increencia y de falta de amor que actualmente se dan respecto al sentido de la vida. No provocan frustración en las personas que los viven, sino todo lo contrario: son manifestaciones de auténtica libertad. La libertad es un estado armónico que hace posible que la vida humana se realice sin ataduras y sin esclavitudes. Parece mentira que en la mentalidad actual muchos piensen que la ejercitación de la libertad es dar a los propios deseos y a las propias pasiones más importancia que a las potencialidades virtuosas que anidan en su corazón. La mayor esclavitud es la del que piensa, al estilo de los hedonistas, que su vida no tiene otro fin que el “vivamos y gocemos que mañana moriremos”; si así lo hace, el ser humano realiza en su vida una experiencia ficticia que nunca le llevará a la profunda felicidad. Los consagrados no son personas extrañas a la experiencia humana, son personas que han descubierto una llamada de especial consagración por amor a Cristo y a la humanidad; no huyen de la sociedad como si lo de acá no les importara. Pisan el suelo de la realidad, pero con la mirada hacia arriba. Son signos vivos de aquello a lo que después de esta vida todos estamos llamados. Mientras pisan con fe firme el tiempo denso de la historia terrena, ya se van ejercitando para mostrar con alegría y amor a ellos mismos y a los demás lo que será la eterna bienaventuranza.
La misión no es un acto de pura generosidad, sino una obediencia continuada que supone la entrega de uno mismo para que el Evangelio de Cristo se haga vivo y presente entre los seres humanos de cualquier cultura y raza. Vivir la misión implica siempre ser enviados, y tanto el que envía como el que es enviado no lo hacen por cuenta propia, sino por la buena salud de la comunidad, que tiene como punto de referencia a Jesucristo, enviado del Padre para hacer su voluntad. Existe el peligro de reducir la misión a una profesión que se ejerce con vistas a la propia realización y que, por consiguiente, uno desempeña por cuenta propia; sería un grave error, puesto que la característica del misionero es que no va en nombre propio, sino en nombre de Jesucristo y en comunión con la Iglesia.
Un año más celebramos la Jornada de las Vocaciones Nativas, las cuales, desde su entrega generosa, van mostrando el rostro de la misión; que esta llamada tenga por parte nuestra también una respuesta generosa con la oración y con la colaboración solidaria y económica, para que nadie se pierda en el camino de su vocación, sino que todas encuentren nuestro apoyo y fraterna amistad. Por
Monseñor Francisco Pérez |
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