Iglesia a fondo

Cristianos en Irak,
               esos desconocidos

 

Si nadie lo remedia, es más que probable que cuando estas líneas vean la luz, se haya desatado ya una nueva guerra sobre Irak. Los vientos de guerra soplan imparables. Se aventura incluso que el ataque tendrá lugar este mes de febrero, una vez se hayan desplegado en la región los 250.000 hombres encargados de derrocar a Sadam Hussein. Todo el mundo conoce los crueles métodos del megalómano dictador de Bagdad. Lo que no es tan conocido, sin embargo, es que, para lo que es habitual por estos pagos, el Irak de Sadam es uno de los pocos países musulmanes en donde los cristianos gozan de libertad. MISIONEROS ha querido conocer más en profundidad a la Iglesia caldea, a la que pertenecen más de la mitad de los cristianos iraquíes.

Por José Ignacio Rivarés

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ara algunos será una sorpresa: ¡en Irak hay cristianos! Pues sí. Y no unos pocos cientos o miles como en otros países musulmanes, sino un considerable número. En ausencia de estadísticas oficiales, se da por buena la cifra de 600.000 seguidores de Jesús entre todos los credos, si bien otras fuentes elevan la cifra a 750.000. Estas cifras, en cualquier caso, apenas representan el 3% de los 23 millones de habitantes con que cuenta el país. La comunidad cristiana mayoritaria en Irak es la católica, con unos 450.000 miembros. De ellos, 400.000 pertenecen a la Iglesia caldea. Los cristianos no calcedonianos son unos 120.000, la mayor parte miembros de la Iglesia asiria de Oriente. Protestantes y anglicanos cuentan con unos pocos miles de fieles.
     La Iglesia caldea es una de la veintena de Iglesias orientales católicas que están en comunión con Roma. Y el rito caldeo, practicado por esta misma Iglesia y la siro-malabar, es uno de los cinco ritos o tradiciones de esas Iglesias orientales, junto al alejandrino (de las Iglesias copta y etíope), antioqueno (Iglesias malankar, maronita y siria), armenio (Iglesia armenia) y constantinopolitano o bizantino.
Los caldeos son aproximadamente un millón de fieles en todo el mundo, de los que aproximadamente la mitad –ya está dicho– están en Irak, en donde se halla también la sede del Patriarcado. Existen también comunidades caldeas, organizadas en eparquías (equiparables a las diócesis), en Irán, Egipto, Siria, Líbano y Turquía. Pero también, y sobre todo, en Occidente. Las principales comunidades caldeas de la diáspora están en Estados Unidos (unos 170.000, sobre todo en Michigan y California), Canadá (20.000), Australia y Nueva Zelanda (15.000) y Europa (unos 60.000, repartidos por Francia, Alemania, Inglaterra, Dinamarca, Suecia, Holanda, Bélgica, Grecia e Italia).
      La emigración ha sido siempre, y lo sigue siendo en la actualidad, uno de los mayores problemas que sufre esta Iglesia oriental. Los cristianos iraquíes escapan al extranjero en busca de algo que parece imposible alcanzar en su país: la paz. Según cifras no oficiales, cuatro millones de cristianos habrían abandonado Irak en los últimos diez años. “La pobreza empuja a muchos a marcharse, cosa que hacen especialmente las personas cultas, con contactos en el extranjero y cierto bienestar económico”, reconoce monseñor Antonios Aziz Mina, responsable de la Iglesia caldea en la vaticana Congregación para las Iglesias Orientales.
     Y es que no es fácil mirar hacia el futuro en un país que, por unas razones y otras, no ha conocido la paz y que se ha visto sometido a constantes penurias en los últimos veinte años. A la guerra con Irán (1980-1988), le siguió la invasión de Kuwait y posterior guerra del Golfo (1990-1991), y a ésta, doce años de embargo internacional y de sanciones económicas. La consecuencia de tamaño despropósito político la sufre a diario la población. “Entre 14 y 16 millones de iraquíes dependen exclusivamente de raciones mensuales de comida para su supervivencia”, dice el informe elaborado por una Misión de Cáritas Internacional que visitó hace unos meses el país. Es decir, dos tercios de la población depende de la distribución mensual de 300.000 toneladas de alimentos. “La desnutrición es generalizada, y es crónica entre niños y bebés”, concluye el mencionado estudio.

Un Estado laico

      Sadam Husein, a quien se considera un hombre rencoroso, vengativo y mujeriego, llegó al poder en 1979, tras derrocar a Ahmed Bakr. El historial despótico y violento de Sadam es harto conocido. Baste decir que en 1959, con 22 años, participó en el intento de asesinato del entonces primer ministro Kassim. Sus veinte años de gobierno han llevado al pueblo a la ruina, y eso que el país cuenta con las segundas mayores reservas petrolíferas del mundo.
Desde un punto de vista religioso, sin embargo, a Sadam no puede reprochársele que no haya respetado a los cristianos. De hecho, la comunidad cristiana recibe mucho mejor trato que la minoría chiíta. Según el citado Antonios Mina, las relaciones con el régimen de Sadam son plenamente satisfactorias. “En el Gobierno está el viceprimer ministro, Tareq Aziz, que es católico caldeo. El patriarca Rafael I Bidawid es muy querido y respetado por las autoridades civiles y representa, en la sede gubernamental, a toda la comunidad cristiana presente en Irak”, explica monseñor Mina. Y concluye: “Las relaciones islamo-cristianas son asimismo buenas, aunque de vez en cuando se producen incidentes”.
      Ante tan buenas relaciones, hay quien piensa si no habrá cierta connivencia de la jerarquía eclesial para con el régimen de Sadam. Algunas voces no sólo no lo dudan, sino que lo denuncian expresamente. Un católico de Bagdad, por ejemplo, lamentaba hace unos meses en el diario católico francés La Croix el progresivo enriquecimiento de la Iglesia caldea. “Una Iglesia pobre antes del embargo, convertida en rica durante el embargo”, denunciaba desde el anonimato.
      Como quiera que sea, lo cierto es que los cristianos iraquíes gozan de una libertad que para sí quisieran los de otros países árabes. Se les permite, por ejemplo, construir iglesias y practicar el culto; sus mujeres no están obligadas a cubrirse el rostro; los niños pueden recibir enseñanza religiosa, etc. “La Constitución contempla la libertad de culto y nosotros, los cristianos, siempre hemos sido considerados como una categoría semejante a la de los fieles musulmanes”, reconoce monseñor Philip Naji, procurador de la Iglesia caldea ante la Santa Sede. Oficialmente, Irak es un Estado laico, pero a la hora de la verdad el islam –que practica el 96% de la población– es poco menos que la religión del Estado.
      No todo es, sin embargo, un camino de rosas. La comunidad católica se lamenta, por ejemplo, de que en la célula de identificación personal (nuestro carné de identidad) tenga que figurar la religión que profesa el titular. Lo cual permite sospechar también un cierto control –y probablemente marginación– por motivos religiosos. Asimismo, en los últimos años el país ha experimentado una creciente y preocupante islamización, comprobable a simple vista en el mayor uso de pañuelos y velos por las mujeres. Un médico fue recientemente encarcelado porque obligaba a las mujeres que acudían a su consulta a llevar el hidjab.
      Los católicos iraquíes, como los de otras partes del Oriente, han de adaptar sus prácticas litúrgicas al calendario musulmán. Las parroquias, por ejemplo, realizan los cursos de catecismo los viernes, aprovechando que éste es el día festivo. Por supuesto, el domingo es día laborable, con lo que las misas se celebran por la mañana temprano y a la noche, tras la jornada de trabajo. La ley establece también que todo cristiano que se case con una musulmana debe convertirse al islam; por contra, toda cristiana que contraiga matrimonio con un musulmán puede conservar su fe, aunque los hijos del matrimonio serán, por ley, musulmanes hasta que crezcan y puedan decidir la religión que quieren profesar.

Los problemas de la Iglesia caldea

      Los problemas de la Iglesia caldea son comunes a los del resto de Iglesias orientales. El Papa los enumeró a finales del pasado mes de noviembre en la asamblea plenaria de la Congregación vaticana dedicada a ellas: “escasez numérica, falta de medios, aislamiento, condición de minoría.(...) y un incesante flujo migratorio a Occidente por parte de sus componentes más prometedores”.
La Iglesia caldea centra especialmente sus esfuerzos en la catequesis y la educación. Cuenta con un seminario patriarcal en Bagdad y  recientemente se ha creado el llamado Colegio de Babilonia, un centro de estudios afiliado a la Pontificia Universidad Urbaniana de Roma en el que se imparten estudios de Filosofía y Teología a seminaristas y laicos. En el país hay también dos congregaciones de religiosas caldeas –las Hermanas del Sagrado Corazón y las Hermanas Caldeas Hijas de María Inmaculada– y una institución monástica misionera masculina que centra su acción en la evangelización de las zonas montañosas, sobre todo en el Kurdistán. (En Irak viven entre cuatro y cinco millones de kurdos, pueblo que también habita en Turquía –10 millones–, Irán –7 millones– y Siria –1 millón–).
      En Irak trabajan también un buen número de religiosos y religiosas,  misioneros católicos de rito latino. Para muchos de estos misioneros no es fácil explicar por qué el Occidente cristiano vuelve a tener a este país y a sus pobres en el punto de mira. El dominico P. Yusifh Thomas, profesor de teología en Bagdad, criticaba recientemente, también en La Croix, la simpleza occidental a la hora de catalogar al islam. “Hay varios islam, al igual que hay varios cristianismos, cada cual con sus propios extremistas”, decía. El padre Thomas decía que Estados Unidos y Europa no quieren entender que el responsable del extremismo islámico es la pobreza. “Me siendo más próximo a un musulmán que a un cristiano americano”, se sinceraba.

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