| |
Del 6 al 14 del pasado mes de mayo, tuvo lugar la reunión de los directores nacionales de Obras Misionales Pontificias de todo el mundo en Roma. El tema que desarrollamos fue: “La Misión, importante en la vida de la Iglesia en los comienzos del nuevo Milenio”. Una tarea que depende de una activa y sincera cooperación de todos: obispos, sacerdotes, religiosos y laicos.
Hay razones que a veces no se pueden manifestar con la brillantez que uno desearía mientras no exista en el corazón de los hombres la lealtad a la única verdad que es Cristo, puesto que Él es la razón fundamental de la experiencia humana. La misión es manifestar, impulsar y alentar esta única razón que es la genuina verdad que está escrita desde siempre en lo más íntimo de la vida del hombre.
Los directores nacionales tienen la única conciencia de ser portadores de la misión de la Iglesia. Jesucristo invita a los suyos a anunciar el Evangelio por todo el mundo sin miedos, sin traumas y sin desesperanzas. Como nos dijo el Papa Juan Pablo II, “la esperanza, de la que sois heraldos, nace de la muerte y resurrección de Cristo. Por este motivo, tenéis que tener una especial consideración por esos pueblos del mundo en los que el dolor es más grande y las necesidades más agudas: las poblaciones del así llamado Tercer Mundo”.
Hoy se necesitan misioneros con entrega y generosa disponibilidad, sin temer los vientos a veces oscuros que presenta una sociedad esclavizada por el materialismo, por el hedonismo y por el paganismo. Jesús nos dice: “No temáis, yo estaré siempre con vosotros”. La mayor fortaleza del misionero es la adhesión a Cristo resucitado en medio del mundo, la única luz que no se apaga, la única verdad que no se agota y la única razón que da razón a todo.
Hoy la Iglesia necesita testigos valientes que sepan manifestar con lucidez el mensaje de Jesucristo, dispuestos, si fuera necesario, incluso hasta el martirio. Y no es un decir. Tal y como señaló el Papa, “los misioneros del Evangelio, que predican la solidaridad y el amor y se sacrifican por la paz, llegan a ofrecer en ocasiones incluso el don de la vida porque el amor de Cristo les apremia”.
No corren, sin embargo, tiempos favorables. Las guerras, el SIDA, las enfermedades y las tensiones entre naciones pueden llegar a provocar en el corazón humano un motivo para la desilusión y la desesperanza. Nosotros, como misioneros, hemos de estar, en pie, frente a estas tensiones con el estilo que nos pide Cristo, es decir, ser fermento en medio de la masa. “Vosotros sois –subrayó el Papa– Cirineos que ayudan al Salvador a llevar su Cruz en cada persona que sufre y que muere. Sois auténticos misioneros en un mundo globalizado en el que el sufrimiento por la Verdad y la Justicia sobrepasa todas las fronteras”.
Los participantes en la Asamblea General de Directores Nacionales, amén de las preocupaciones y situaciones adversas, tratamos de vivir esta experiencia de solidaridad de la misión y de la comunión de bienes. Sólo el corazón traspasado por el amor evangélico puede lograr y realizar “milagros” impensables. Ha sido una experiencia gozosa y, al mismo tiempo, esperanzadora. La Iglesia hoy se presenta como el gran signo de esperanza y amor en medio de los hombres y mujeres que pueblan el mundo entero. Éste es nuestro deseo y ésta es nuestra mejor adhesión en el hoy de nuestra historia.
Revista Misioneros Tercer Milenio, junio de 2004
|
|