Misión, pan partido para el mundo


Mons. Francisco Pérez González
Director Nacional de OMP - España

 

 

La misión es esencial en la vida de la Iglesia puesto que alimenta y fortalece su vida. “Hay mayor alegría en dar que en recibir”, afirmamos en momentos de generosidad y de profunda reflexión ante las necesidades que encontramos en los demás. La Beata Madre Teresa de Calcuta contaba que en una ocasión supo que una familia estaba falta de alimentos y la llevó unos kilos de arroz. Cuando vio la miseria en la que vivían se horrorizó, pero se quedó atónita cuando comprobó que la señora de la familia repartió en partes aquellos pocos puñados de arroz y, separando varios, salió rápidamente a llevárselos a otra familia también necesitada. Cuando volvió a la choza, Madre Teresa le preguntó qué había hecho con aquellos puñados de arroz y ella respondió: “No sólo mis hijos y yo estamos necesitados sino también otros lo están y al compartir me siento más persona y más feliz”.

En este año 2005 el lema del DOMUND nos recuerda que Jesucristo se sigue partiendo por nosotros y compartiendo su amor total por toda la humanidad. La Eucaristía es el signo más real y más presencial del amor de Dios en medio del mundo. La presencia viva y resucitada de Cristo habita entre nosotros y es la demostración de su compasión por el ser humano. La humanidad sin Cristo sería un fracaso. Con Cristo es una victoria sobre el odio, el pecado, la falta de solidaridad y de fraternidad. El drama que fundamentalmente sufren las personas y la sociedad es el de la falta de amor que en ellos existe. La salud honda del alma sana todas las enfermedades de la angustia, del “sin sentido” de la vida y de la amargura existencial. En esta hondura sólo puede hacerse presente Dios, porque en lo más íntimo del ser humano él habita.

Faceta importante en la misión es impulsar el sentido de la conversión del corazón y alentar a todos para que la búsqueda de la santidad sea el objetivo fundamental de la experiencia humana. No podemos dejar que Cristo “pase de largo” en nuestra vida. Cuando él hace morada en nosotros, con su gracia y amor, se cambia la sociedad. Dios no cambia las cosas, cambia el corazón humano y las cosas cambian. No podemos culpabilizar a Dios de las situaciones más denigrantes y corruptas que suceden en la sociedad. Es el ser humano quien las propicia por la “dureza de su corazón”.  

La Eucaristía es la cita más concreta y profunda que podemos hacer con Dios y Él nos enseña que sólo el amor cambia la vida y la hace feliz y dichosa. Ante la Eucaristía no nos hemos de quedar “ensimismados” sino traspasados para que, como signos de unidad y vínculo de caridad, nos lleve a los demás para hacer presente a Cristo en toda la realidad humana. La Eucaristía es la máxima expresión de la misión, puesto que ella tiene como fin la entrega de Jesucristo para la salvación del género humano.

El DOMUND de este año nos va ayudar a comprender mucho más el sentido de la auténtica misión y ciertamente que arrastrará a muchos para que, desde el ámbito donde se encuentren, hagan posible que su vida sea misión. Ese es el deseo del Papa Benedicto XVI y ese fue el deseo de Juan Pablo II. Unidos a nuestros Pastores hagamos viva la misión y el deseo de Cristo para que todos conozcan el amor de Dios y que todo el género humano se restaure y brille en él la filiación divina, sintiéndonos hermanos y que nadie sufra la escasez espiritual y material.

 


Revista Misioneros Tercer Milenio, verano de 2005