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Si tuviéramos que definir a San Francisco de Javier por una virtud fundamental que hizo cambiar su vida, creo que la más importante sería la “confianza en Dios”. Los sufrimientos, las contrariedades, las largas y dificultosas caminatas, las nuevas culturas e incluso lenguas diferentes e incomprensibles para un navarro de viejo abolengo... no llevaron a Francisco de Javier a desistir de la empresa que se le había encomendado y todo lo hizo porque creía en Dios providente y amoroso. Mal podría haber confiado en sus trabajos por el simple hecho de la búsqueda para realizar un deseo personal o una aventura más o menos considerada y aplaudida. Los que se deciden por Dios llegan a metas que nadie podría conseguir. He podido ver, con mis propios ojos, la labor tan importante que realizan los misioneros; una tarea que nadie haría por el puro dinero o la propia gloria; o se hace por Dios o no se hace. Ésta es la realidad más esencial en el misionero, como lo fue para Francisco de Javier.
Un creyente, un cristiano que no confía en Dios y no se pone en sus manos, es un creyente que ha caducado, su esencia cristiana se ha desvanecido. Creo, por ello, que los cristianos europeos nos debemos marcar un ritmo más esperanzado. Quien pone la mirada sólo y exclusivamente en lo material a la larga se está forjando una vida llena de hastío. El gran problema, que incluso describe la misma psicología y que hace llegar a la decepción y a la depresión, es el “hastío de la vida”. Cuando se pierden las ilusiones y los motivos que mueven la vida, no hay otra puerta sino la de la desesperación. Sin embargo, quien confía en Dios sabe que las realidades limitadas de la propia vida no son causa de hastío sino trampolín para mirar “mucho más alto” y tener esperanza.
La experiencia de San Francisco de Javier, una experiencia excepcional, nos ha de hacer mirar con valentía la trayectoria de nuestra vida. Ciertamente que el santo navarro no lo fue por su austera y adusta formación, que algo contribuyó, sino por su firme disposición de seguir a Cristo desprendiéndose de “sí mismo”. Los halagos de la vida los tuvo como cualquier otro, las vanaglorias de los títulos universitarios estaban en constante persecución y le tentaban ferozmente. Pero un día descubre el amor de Dios y se lanza junto con San Ignacio y otros a llevar la “Buena Nueva” a todos los que estaban sedientos de amor y de fe en Cristo.
Me he topado con personas que han sustentado su vida en el poseer y en el poder y, después de una larga conversación, me han confesado que se habían equivocado. Tal vez éste fue el momento para emprender un nuevo camino. No hay más razón que la misma realidad humana que nos invita a buscar la nobleza del corazón. Un corazón “corrupto” por los ídolos del tener y del dominio es un corazón insatisfecho. Un corazón abierto al amor y a la entrega por Dios y por los demás es un corazón lleno de alegría y satisfacción. De ahí que quien se fía y confía en Dios está lozano interiormente, quien se fía de “sí mismo” está ya caducado.
Revista Misioneros Tercer Milenio, junio de 2006
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