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La fe no se puede medir ni con el deseo ni como si de un enigma se tratara. La fe es un encuentro con el Misterio. El deseo tiene de positivo que busca la luz, pero no es la luz, y el enigma es un camino de adivinación en una descripción imaginaria con bases hipotéticas o una definición ambigua que se queda sostenida en una nubosidad. Sin embargo, el Misterio es una verdad de fe inaccesible a la razón humana y que sólo puede conocerse por revelación divina. Cada uno de los pasajes, considerado por separado y como objeto de meditación de la vida, pasión, muerte y resurrección de Cristo, nos lleva al auténtico Misterio.
Cuando Jesús felicita a los que crean sin haber visto, está hablando de este Misterio. Tomás, uno de los apóstoles, había puesto muchas condiciones y se topa con su falta de fe. Sus deseos y sus preguntas enigmáticas le habían provocado la falta de fe. Quería tocar las yagas de las manos y de los pies de Jesús. Es más, se había imaginado a Jesús de una forma distorsionada y era un enigma difícil de clarificar. Vio a Jesús y no pudo por menos que decir: “Señor mío y Dios mío”. La fe es un encuentro profundo con la persona de Cristo. Muchas veces me he visto sorprendido, al dejarme llevar por un imaginario encuentro con alguien, y, sin embrago, siempre he recibido una respuesta clara, real y personal: “Soy yo, no tengas miedo”. No es un fantasma, es una Amor tan concreto que da Luz y Vida a mi vida. Esta amistad es un encuentro vivo y personal.
Hoy, inmersos en la dinámica angustiosa de un quehacer vertiginoso y en un materialismo atroz, la fe no se considera algo útil. Y, sin embargo, la sed de fe –es decir la sed de Dios– está más presente que en otros momentos de la historia. Más nos separamos del Misterio, más sed tenemos de Él. Por eso, aquellos que, no por méritos propios sino por pura bondad de Dios, decimos que poseemos la fe, tenemos la gran responsabilidad de ser testigos de la misma sin vanagloriarnos y mostrarla a raudales y no para que seamos nosotros glorificados sino aquel que es Misterio de Amor.
Me cuesta creer que haya tanto agnosticismo o tanto ateísmo en el corazón de los hombres de hoy. Tal vez la búsqueda de Dios se haga por caminos distorsionados y cueste llegar. Tomás no era ni agnóstico ni ateo; era simplemente un pragmatista de la fe y se dio cuenta que creer es confiar y amar al Misterio que se desvela en Dios. Por eso, cuanto más presentemos –los que tenemos la responsabilidad– a Cristo, su vida, pasión y muerte-resurrección, mejor regalo haremos a una humanidad sedienta de Él. No por menos se nos invita a ser portadores de una nueva evangelización. Las discusiones, los racionalismos, las manifestaciones de increencia, las falaces tesis de un laicismo vacío… caerán como un castillo de naipes.
El lema del DOMUND 2007 tiene como base la respuesta que Jesús da a Tomás de “felices los que creen” y la labor de la misión es llevar esta felicidad a toda la humanidad y de modo especial a aquellos que aún no saben nada de Cristo. Ser misioneros de este Misterio nos hace vibrar, por una parte, de temblor por la responsabilidad adquirida y, por otra, de ilusión y esperanza para que muchos descubran la grandeza de creer. La Iglesia, como “luz para las gentes”, ha de anunciar sin fatiga este gran Amor de Dios, manifestado en Cristo.
Revista Misioneros Tercer Milenio, octubre de 2007
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