La unidad es fuente de conversión


Mons. Francisco Pérez González
Director Nacional de OMP - España

 

 

Del 18 al 25 de enero ha tenido lugar la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, ese tiempo de plegaria y ofertas espirituales para rogar a Dios que nos conceda cuanto antes la comunión total. Sabemos que no es fácil y que los condicionantes históricos pesan mucho. No obstante, a pesar de nuestras debilidades y dificultades, se ha de trabajar para que llegue este deseo de Jesucristo: “Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros. De este modo el mundo creerá que tú me has enviado” (Jn 17,21).

La conversión a Cristo, que es el signo visible de la unidad con el Padre en el Espíritu, pasa por la unidad entre nosotros, como él nos pide. Aún más, nos advierte de que, si no estamos unidos entre nosotros, la fe se debilitará y muchos dejarán de creer. La fe, por tanto, exige, como en una tierra esponjosa, dejar que caiga la semilla del amor y de la unidad que producirá frutos de conversión. Creer en Cristo requiere unidad entre todos y así el mundo volverá a la fe.

Nos lamentamos de que las situaciones sociales son difíciles y que incluso se ha perdido socialmente la fe. ¿No será que una de las causas de tal pérdida es la falta de unidad entre los cristianos? Ya nos advertía el Concilio Vaticano II que muchos permanecen en la nebulosidad del ateísmo por la falta de testimonio de los creyentes.

Cuando el gran poeta místico R. Tagore, de procedencia india, vino a Europa para conocer la experiencia de los cristianos, puesto que el Evangelio le había fascinado, se sintió defraudado al observar que los creyentes se adaptaban a la mentalidad del mundo y fallaban en su arrojo evangélico; no dio el paso a la conversión por la falta de testimonios auténticos. Esto nos debe interpelar permanentemente. En las primeras comunidades cristianas tanto el amor como la unidad y la fraternidad hacían milagros, pues muchos paganos se convertían a la fe en Cristo y la razón que daban era: “Mirad cómo se aman”.

La conversión tiene como una de sus fuentes la unidad, que es la expresión del amor entre hermanos. La unidad no contradice la diversidad, sino que la hermosea, así como un cuadro se hace bello si en él confluyen muchos colores armonizados. La riqueza de la unidad son los matices que en ella se expresan y que nunca le restan, al contrario, la hacen más auténtica. Ya es tradicional en la espiritualidad cristiana reflejar que en las cosas necesarias siempre ha de haber unidad; en las discutibles, que cada uno se exprese libremente; y que en todo momento exista la caridad.

Estamos en unos tiempos en que se ha de procurar llevar este espíritu de unidad, y no podemos caer en la tentación de vivir a expensas de ideologías que rompen tal comunión. La unidad auténtica es la mejor forma de predicar que Dios ama y nos ama. ¡Cuándo llegará esta unidad tan ansiada por Cristo! Roguemos durante este tiempo para que se haga palpable la unidad y pongamos, cada uno, nuestro “granito de arena” a fin de que sea cumplido el deseo de Cristo.


Revista Misioneros Tercer Milenio, febrero de 2009