Navidad es compartir los frutos de la paz


Mons. Francisco Pérez González
Director Nacional de OMP - España

 

 

Cuando los seres humanos buscamos un espacio mucho más agradable, todos queremos sentirnos amados y perdonados. Es una exigencia que nace del corazón y de la verdadera relación humana. Nos hacemos muchas reflexiones y, a menudo, nos decimos: “Si todos nos lleváramos mejor, seríamos más felices y las cosas irían mejor también”. A veces nos esclavizamos a nosotros mismos porque la capacidad de amar y perdonar.

La misión de la Iglesia, como la de Cristo, es principalmente llevar la paz a todos los hombres. Cuando vino el Señor al mundo, los ángeles cantaban: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a   los hombres que ama el Señor”  (Lc 2,14). Y, al enviar a los apóstoles a evangelizar, les dice Jesús: “En la casa en que entréis, decid primero: «Paz a esta casa»” (Lc 10,5). Y, momentos antes de ser glorificado, dirá solemnemente a los suyos: “Mi paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo” (Jn 14,27). En efecto, Cristo ha venido al mundo para que todos gocemos del bien inefable de la paz, de la paz verdadera que procede de Dios. En estas frases del Evangelio podemos encontrar un estilo nuevo de vida, y bueno será que nos las recordemos.

La misión de la Iglesia es llevar la paz, pero, para ello, ha de fijarse en Cristo, que ha nacido en Belén, que ha muerto y ha resucitado, ya que sembrar la paz siempre lleva consigo esfuerzo y negación, desprecios, incomprensiones, incluso la misma muerte. Los cristianos han de trabajar y colaborar con los demás hombres en la recta ordenación de los asuntos económicos y sociales, cuidando especialmente la educación de los niños y de los adolescentes por medio de las escuelas y colegios, que hay que considerar no sólo como medio excelente para formar y atender a la juventud cristiana, sino como servicio de gran valor a los hombres; sobre todo, de las naciones en vías de desarrollo, para elevar la dignidad humana y para preparar unas condiciones de vida más favorables.

Los fieles cristianos, y entre ellos también los niños, han de tomar parte en los esfuerzos de aquellos pueblos que, luchando contra el hambre, la ignorancia y las enfermedades, se esfuerzan en conseguir mejores condiciones de vida y en afirmar la paz en el mundo. Los niños son los que mejor nos lo pueden recordar, puesto que, en su inocencia, nos muestran lo más hermoso que hay en el corazón de los seres humanos.

Si queremos los frutos de la paz, hemos de unirnos todos para cooperar con los trabajos emprendidos por instituciones privadas y públicas, por los gobiernos, por los organismos internacionales, por diversas comunidades cristianas y por las religiones no cristianas. Todos estamos llamados a ser promotores de paz y a dejar que crezcan los frutos de la paz y, para ello, si queremos compartir estos frutos, hemos de ponernos a trabajar por el bien común de la sociedad, confiando en el Niño Dios que se nos manifiesta en Belén.

La paz produce amistad, gozo, alegría, unión entre todos, trabajo, ilusión de vivir, serenidad espiritual, respeto mutuo, servicio generoso y fraternidad. Deseo que todos pasemos una Feliz Navidad y un próspero año 2010, siendo promotores de paz.


Revista Misioneros Tercer Milenio, diciembre de 2009