Crisis de fe


Mons. Francisco Pérez González
Director Nacional de OMP - España

 

 

La tentación de nuestros primeros padres, que nos refiere el comienzo de la Biblia, y las tentaciones de Jesús, recordadas en el Evangelio, ponen ante nuestros ojos la tentación permanente de posponer a Dios y dejarlo en segundo plano. En efecto, la tentación se presenta con visos de aparente sentido común y de aparente prudencia: después de cuarenta días sin comer, es lógico satisfacer el hambre. Y el diablo no le incita a grandes manjares, lo que podría parecer un exceso; simplemente le propone comer pan, el alimento más básico. Pero encierra una enorme trampa: convertir las piedras en pan, sin contar con Dios. Por eso la respuesta de Jesús va a lo nuclear de la tentación: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Contar con Dios es contar con su voluntad. Quien hace la voluntad de Dios no solo le agrada, sino que le glorifica.

La tentación por conseguir nuestras metas –también las legítimas– al margen de Dios sigue siendo actual. Sufrimos una severa crisis de fe en Dios como creador y dueño de la vida. De ahí que se pretenda ausentarlo y marginarlo como si fuera alguien ajeno a la vida, a la realidad económica y a la realidad social. Trabajamos, nos afanamos y vivimos como si Dios se hiciera el intruso, como alguien que nada tiene que ver en nuestra existencia. Se llega hasta a pensar que Dios ya no solo no existe, sino que quien tenga fe en Él es un hereje social: debe ser expulsado de la sociedad. Pensemos lo que está sucediendo con el martirio de cristianos en ciertos países de Medio y Extremo Oriente. No queremos ni podemos dejarnos engañar: al estilo de san Francisco de Javier, queremos gritar al mundo que Dios existe, que es nuestro creador, que nos ama a cada uno con amor de padre, que cuida de nosotros mientras estamos en este mundo y nos espera después con los brazos abiertos.

Pero, si Dios es amor, ¿por qué deja que haya sufrimiento? Nos cuesta entender que Cristo no ha bajado de la cruz, sino que ha transformado el dolor en amor y el sufrimiento en gracia. Y se aplica a la Iglesia y a los cristianos: “Si sois tan buenos, ¿por qué en vez de rezar no os dedicáis a solucionar los problemas?”. No quiero hacer aquí una apología del esfuerzo que hace la Iglesia para paliar en cuanto es posible las angustias de tantos que están sufriendo la miseria, que no tienen trabajo ni ven un futuro halagüeño. Ni pretendo estimular la generosidad, que siempre es mucha, para colaborar con Cáritas, con Obras Misionales Pontificias y con tantas otras instituciones eclesiales de caridad. Solo quiero reivindicar una jerarquía de valores: primero Dios, que es quien nos proporciona los medios materiales. Más aún, cuando reconocemos a Dios, somos capaces de buscar, con ahínco, la solución de tantas dificultades que nos angustian. De las tentaciones de Jesús aprendemos que no podemos apartar a Dios de nuestra sociedad, ni de nuestras vidas. Al contrario, “bien sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso”, decía Jesús. Por todo ello, la palabra de Dios que escuchamos, la oración que practicamos, la fe que profesamos nos impulsan con mayor ardor a participar de las angustias de nuestros hermanos y a esforzarnos por encontrar la mejor solución posible.

 


Revista Misioneros Tercer Milenio, abril de 2011