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Doy gracias a Dios por la oportunidad de recordar a los misioneros y misioneras de España en este primer número de Misioneros de 2012. Recuerdo que lleva la gratitud por el servicio que realizan en la misión. Gratitud que se transforma en el compromiso de colaborar con ellos en su tarea evangelizadora.
San Pablo, en la carta a los Romanos, al hablar de la necesidad de la fe para salvarse, se pregunta: “Pero ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique? Y ¿cómo predicarán si no son enviados? Como dice la Escritura: «¡Cuán hermosos los pies de los que anuncian el bien!»” (Rom 10, 14-15). De esta manera tan coherente evoca, con palabras de Isaías, la bondad de la actividad misionera, la excelencia de quienes anuncian la paz y al Salvador. Estos son los misioneros.
La Iglesia en España se reconoce deudora con Dios por suscitar en sus comunidades tantas vocaciones misioneras. Es Dios quien llama con persuasión irresistible: “¡Sígueme!”. Y dejándolo todo, se han puesto en camino marchando a donde les ha enviado la Iglesia. Su deseo de seguir al Maestro ha nacido de la fe. En su vocación han descubierto la necesidad de anunciar el Evangelio porque “la fe viene de la predicación, y la predicación, por la Palabra de Cristo” (Rom 10,17). ¿Cómo lo han hecho? Siguiendo el ejemplo del maestro de los misioneros, nuestro Francisco Javier. ¡Cuántos imitadores ha tenido, a través de los siglos, entre sus compatriotas españoles y entre los hijos de la Iglesia en otros pueblos! Verdaderamente, “por toda la tierra se ha difundido su voz y hasta los confines de la tierra sus palabras” (Rom 10,18).
Nuestro reconocimiento para todos y cada uno de los españoles que, con generosidad y alegría, han “salido”, como lo hicieron los primeros evangelizadotes, a decir, con gestos y palabras, que la mesa está preparada. Pero no han ido solos, les acompaña la oración y el cariño de los suyos, de los que quedamos en retaguardia pero nos identificamos con ellos. Entre todos, deseo destacar a sus familias. La familia, en cuyo seno ha surgido una vocación misionera, se ha transformado en misionera por excelencia. En el origen de tantas vocaciones misioneras está el cuidado amoroso de la familia que ha contribuido al descubrimiento de la vocación, a su seguimiento y a su fidelidad. Hasta el punto de que se puede constatar el orgullo de las familias que “presumen” de tener un hijo, un hermano, un familiar misionero. Siguen siendo estímulo de ejemplo y colaboración.
Obras Misionales Pontificias, con la colaboración de la Comisión Episcopal de Misiones y de los institutos religiosos y misioneros, están rastreando todos los lugares de donde ha partido un misionero y misionera español. Sería impensable que alguno permaneciera en el olvido, circunstancia deseada por la mayoría de ellos por su sencillez y humildad. Más aún, este rastreo tiene el objeto de sorprenderles en su lugar de destino para mostrarle nuestro agradecimiento y cercanía. Mientras llegamos a cada uno y a cada una, vaya por delante nuestro deseo, para ellos y para la comunidad eclesial a la que sirven, de un año 20112 lleno de paz, alegría y esperanza cristiana.
Revista Misioneros Tercer Milenio, enero de 2012
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