Testimonio de comunión y esperanza |
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as carmelitas misioneras tienen una función primordial en la Iglesia: ser signo visible, expresión profética de la comunión con Dios y con los hermanos. Este espíritu lo han recibido de Francisco Palau, su fundador.
Francisco
Palau y Quer nació el 29 de diciembre de 1811 en Aytona (Lérida).
Ingresó en los Carmelitas Descalzos en 1832, profesó en 1833 en el
convento de Los acontecimientos políticos de España interrumpieron bruscamente su actividad apostólica obligándole a exiliarse en Francia, donde estuvo casi once años (1840-1851). Al regresar definitivamente a España se incardinó en la diócesis de Barcelona y reanudó su actividad apostólica. Hombre emprendedor y dinámico funda y dirige, en la parroquia de San Agustín, la “Escuela de la Virtud”, obra catequética que consigue extraordinarios frutos de recristianización. Acusada injustamente de implicaciones en los trastornos sociales surgidos en la ciudad (marzo de 1854), es clausurada y su director confinado a la isla de Ibiza. Permaneció en el destierro seis años largos (1854-1860), entregado a la vida solitaria, a la contemplación del misterio de la Iglesia y a la propagación de la devoción mariana. Reconocida su inocencia y recobrada la libertad de acción, se entregó con entusiasmo al servicio de la Iglesia. Concentró sus energías en la predicación del Evangelio en las grandes ciudades: Madrid, Barcelona, Palma de Mallorca, Ciudadela y otras. Su vida está marcada, por un lado, por la búsqueda, el encuentro y el compromiso. Y por otro, por la vida solitaria y el servicio a su amada, la Iglesia. Francisco Palau tenía conciencia clara de su espíritu profético y misionero. Enamorado de su vocación de Carmelita vivió su consagración a Dios y su servicio a los hermanos de una forma característica y personal: desde el misterio de la Iglesia, “Dios y los prójimos”. Le urgía el amor a Dios y a los prójimos. Esta pasión eclesial le llevó a dar respuesta concreta a los desafíos del momento histórico con los medios que poseía: la dirección espiritual; la pluma, como escritor y defensor de la Iglesia; la catequesis y enseñanza religiosa; la predicación y misiones populares... Y su obra fundacional: las carmelitas misioneras. Francisco Palau, el 20 de marzo de 1872, se reúne en la casa del Padre, donde podrá ver cara a cara el rostro de su Amada la Iglesia. Sus palabras: “Vivo y viviré por la Iglesia, muero y moriré por ella”, quedan resonando como testamento y compromiso eclesial para las carmelitas misioneras. Las primeras hermanas, invadidas del espíritu palautiano se lanzan a cumplir la misión animadas por su palabra y testimonio. Donde Dios me llameLas carmelitas misioneras, marcadas por la conciencia viva de una vocación eminentemente eclesial, sentido profundo de comunión, actitud contemplativa y espíritu misionero, han prestado siempre sus servicios a la Iglesia y a la humanidad en el campo de la educación cristiana, la salud, la pastoral social y la evangelización misionera, proclamando la buena noticia del Evangelio a los pobres. “Iré donde la gloria de Dios me llame...”. Estas palabras de Francisco Palau nos llevan a constante revisión. Somos conscientes de que estamos llamadas, en este presente histórico, a reencender la llama de la fidelidad, a recorrer en la Iglesia los caminos del Espíritu y a dar respuestas creativas a los desafíos de la historia. Desde estas “fronteras”, que focalizan nuestra misión evangelizadora, las carmelitas misioneras queremos escuchar la realidad del mundo con sus grandes desafíos y vivir en comunión con Dios y en servicio a los hermanos, al estilo y con el compromiso eclesial del Beato Francisco Palau. Por América LatinaLa primera gesta misionera llegó en 1910. Ese año las carmelitas misioneras cruzaron el Atlántico y fundaron en Argentina. El año 1925 fue un año de acontecimientos extraordinarios en la trayectoria de la Congregación. Entre ellos, una expedición de seis Hermanas llegaba a Colombia y se establecía en la zona misional de Urabá. Ésta era la primera misión viva que se le encomendaba a la Congregación. Desde allí se extendió rápidamente por todo el país.
Por AsiaEn 1954 el Carmelo Misionero llega a la India e inicia su presencia misionera en el basto continente asiático. Hoy la semilla de aquel entonces ha dado sus frutos y nos encontramos, además de en India, en Filipinas, Corea, Taiwán, Japón, Tailandia, Indonesia. Por ÁfricaEn África trabajamos en los pequeños hospitales y centros de misión. A ellos acuden diariamente un sinfín de enfermos. No todos se curan. Los enfermos terminales y del SIDA, abandonados de sus familias y muchas veces expulsados de sus aldeas, permanecen en estos centros hasta el final de su vida. Acogemos al nuevo ser que abre sus ojos a la vida. Ayudamos al niño a crecer y desarrollarse; acompañamos a los jóvenes en su formación integral, en su preparación para vivir con dignidad dentro de su realidad y cultura. La promoción de la mujer es otro campo de acción. Una formación a todos los niveles, desde enseñarles a leer, escribir y coser hasta las normas higiénicas y de salud. En una palabra, tratamos de acompañar a los pueblos en su proceso de promoción y desarrollo para que sean ellos los protagonistas de su propia historia.
El Carmelo Misionero es hoy la prolongación de la experiencia carismática de Francisco Palau, enriquecida por la fidelidad y creatividad de las hermanas. Contemplando la realidad del mundo, las carmelitas misioneras nos sentimos urgidas a ser agentes de Evangelio; testigos de comunión y esperanza. Una esperanza activa y creadora que promueve desde el amor, la justicia, la paz y la solidaridad.
Por Mª
Pilar Miguel |