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ablar
de nuestra identidad es hablar de la misión universal, vivida
como una aventura en comunión, al servicio de la vida y de la
esperanza. Pero, ¿qué es la misión universal para nosotras,
Franciscanas Misioneras de María, hoy? Es una llamada para
anunciar la Buena Noticia. Este don nos invita a estar prontas
para ir dondequiera que seamos enviadas. Para la misión y sus
riesgos María de la Pasión –nuestra fundadora– nos quiere
disponibles y fuertes en la fe para dejarlo todo, por llevar el
Mensaje de Jesús.
¿Quiénes
somos?
Una familia, formada por un grupo de mujeres de todas las razas,
clases sociales y de 74 nacionalidades distintas que, reunidas
por el Espíritu, formamos una fraternidad internacional que
sigue la identidad y carisma de María de la Pasión (Elena de
Chappotin). Una mujer de fuerte y tierna personalidad, que no
tuvo miedo al riesgo ni a la dificultad y logró abrir un camino
nuevo en la Iglesia. No sólo para ella sino para miles de
mujeres que desde el principio le siguieron de todos los países
y a las que envió a todos los continentes. Tras diferentes
avatares, esta mujer audaz alentada por el Papa, el 6 de enero
de 1877, a sus 37 años, emprende la tarea de fundar un
instituto misionero en la Iglesia.
Pronto
se ve rodeada de jóvenes de todo el mundo que desean vivir y
compartir su ideal misionero en los países más lejanos y
remotos. Tras las dificultades de los primeros tiempos, a partir
de 1884 comienza el desarrollo alternando la expansión por
Europa, Asia, África, y América. Por fin, y tras muchos años
deseándolo, llega a fundar a España, el 23 de junio de 1900.
Cuando el 15 de noviembre de 1904 muera en San Remo (Italia),
dejará abierta más de 80 casas, con 2.069 Franciscanas
Misioneras de María trabajando en toda clase de actividades y
en casi todos los continentes.
Siguiendo
la impronta de esta gran mujer y como herederas de su espíritu,
muchas de sus seguidoras han sellado su testimonio con la
sangre. Ya en vida de la fundadora, tiene lugar el martirio de
las siete primeras Franciscanas Misioneras de María en Taiyuan-fu
(China). “Mis siete dolores y mis siete alegrías”, dirá
María de la Pasión.
A
lo largo del siglo, veintinueve más han sellado con el
holocausto de sus vidas, su presencia misionera en los distintos
países del mundo. Sin contar las secuestradas, maltratadas,
encarceladas y demás. Son las que han vivido hasta el fin la
ofrenda total por la salvación del mundo, propia del carisma.
Además, muchas otras han dado su vida contagiadas por las
epidemias a las que trataban de llevar alivio. Entre éstas
destaca la beata María Assunta Pallota, víctima del tifus en
1905 en China, beatificada en 1954. Son ellas las que han dado
al instituto su fecundidad misionera.
Otras
11.086 Franciscanas Misioneras de María han seguido el surco
abierto por María de la Pasión llevando la Buena Noticia de la
salvación a todos los pueblos.
¿Adónde
vamos y qué hacemos?
El Instituto ha estado siempre al servicio de la Iglesia, allí
donde se nos ha solicitado. En la actualidad, las Franciscanas
Misioneras de María somos 8.010 y estamos presentes en 77 países
de los cinco continentes, unidas por un mismo ideal y una idéntica
misión: servir a la misión universal.
Para
lograr el objetivo común del instituto –la transmisión del
mensaje de Cristo– las Franciscanas Misioneras de María se
hacen presentes entre los hermanos a través de múltiples
actividades. En concreto, se trabaja por el desarrollo, la
justicia y la liberación integral, como exigencia del Mensaje
de Jesús. Allí donde no es posible el anuncio expreso de
Jesucristo, por prohibirlo así las leyes del país, se
evangeliza por el testimonio de presencia y vida. Su servicio a
los más pobres, su solidaridad con el pueblo se convierte así
en manifestación y signo del amor de Dios. Y como artífices de
paz, se comprometen y luchan por un mundo más humano.
Como
Francisco de Asís, prefieren a los más pobres, los marginados,
excluidos. Viven entre los que reclaman pan y justicia, sin
distinción de raza, cultura o nacionalidad, sin preguntarles
por su religión o partido político. Siempre junto al débil,
al disminuido físico o psíquico, con los analfabetos, en los
campos de refugiados políticos, con los emigrantes, los que no
tiene los papeles en regla o los que nunca pudieron tenerlos.
Con los campesinos pobres, sin tierras y los sin país: en medio
del pueblo palestino y del sirio, con los judíos, los libaneses
o argelinos. Con los presos, los enfermos, los leprosos...
De
una manera especial se preocupan de la promoción de la mujer en
todos los países, por que son siempre las más pobres y por su
trascendencia en la vida socio-familiar. También se trabaja en
los barrios de delincuencia, prostitución, entre las familias
hacinadas, con las minorías étnicas. Y por supuesto, con el
mundo de la drogadicción y el Sida. ¡Ningún campo está
cerrado a su misión!
Nuestra
presencia en tantos y tan diferentes campos exige estar abiertas
tanto a las necesidades del mundo actual como a la Palabra de
Dios, mediante la oración personal y comunitaria. La oración
es una parte esencial de nuestra vida. Y muchas veces la única
evangelización posible cuando, después de treinta, cuarenta o
cincuenta años en una misión, hay que regresar a casa para
cuidar los achaques que los años y los trabajos han ido
acumulando. Esta misión de ofrenda y oración es la que todas
podemos realizar sin que cuente la edad o la salud. Una oración
contemplativa para estar dispuestas como María: Su “Heme aquí...
Hágase...” es nuestro lema.
Nuestro
Carisma

Participamos en la misión universal de la Iglesia, aportando el
carisma que fue dado a María de la Pasión. Pero un carisma no
como algo estático, sino como un compromiso de creatividad. Y
por eso, hoy se vive como al principio pero recreado en su
triple dimensión:
-
Nos
comprometemos a seguir a Cristo en su entrega al Padre,
por la salvación del mundo, en el misterio de la
Encarnación y de la Pascua; ofreciendo la propia vida
para que se realice en el mundo el designio amoroso del
Padre: su Reino.
-
Por
eso y para eso se es misionera: enviadas para anunciar
esta Buena Noticia de Salvación a los más pobres,
marginados y despreciados, con prioridad a quienes no la
conocen, porque el amor de Cristo no les ha sido nunca
revelado.
-
El
trabajo misionero encuentra su dinamismo en la contemplación
y seguimiento de Cristo. La Eucaristía es el centro de
nuestra vida, tanto en la celebración –que es la
actualización de la entrega de Cristo por la salvación
del mundo–, como en la adoración, presencia viva, hecha
Palabra y Pan que se parte y reparte para que el mundo
tenga vida. Con ella aprendemos a ser "cuerpo
entregado" y "sangre derramada", por todos
los hermanos.
Esta triple dimensión del carisma se vive con un estilo: como
María, la Mujer que, en total disponibilidad de amor, supo
acoger, en la sencillez de su vida, el mayor Acontecimiento de
la Historia: el misterio de un Dios que se hizo hombre en su
ser, entregándolo al mundo, con la misma gratuidad con que lo
recibió. La actitud de María, que en la fe y el servicio
humilde ofreció todo su ser en completa disponibilidad de amor,
para que el Espíritu realizara en ella la obra del Padre, debe
ser la característica propia de una Franciscana Misionera de
María.
Y
con un talante: Como Francisco de Asís, viviendo el Evangelio
en medio del mundo, con sencillez, paz y gozo. Con las hermanas
que Dios nos da, y construyendo nuestra vida comunitaria desde
la fe, en torno a Cristo, Palabra y Pan.
Por
Marí Carmen Urbano
Franciscanas Misioneras de María
Revista
Misioneros Tercer Milenio
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