Evangelización y liberación

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os trinitarios son conocidos por la liberación de los cautivos. Fueron fundados por san Juan de Mata para responder a la plaga de tantos sufrimientos de los cautivos y sus familias. Personas que, a causa de la cautividad, corrían el peligro de perder incluso la única consolación de la fe y de la oración, pues con frecuencia eran perseguidos a causa de su fe.
          La evangelización practicada por los trinitarios era concreta, encarnada en la vida. “El pobre grita y el Señor lo escucha” (Sal 34, 7). El cautivo pedía ser liberado y volver al seno de su familia. Y ¡qué canto de gratitud le nacía de lo más profundo de su corazón cuando veía a un hombre vestido de blanco, casi un ángel, con una cruz rojiazul en su pecho, que, sin ninguna explicación ni motivo plausible, venía a pagar el precio de su rescate y restituirlo libre a su casa! ¡Qué emoción! ¡Qué milagro!

Los trinitarios hoy

        Hoy día los trinitarios trabajan en el campo misionero para anunciar la Palabra de Dios, que nos hace libres y liberadores, que da la fuerza y el ánimo para llevar día tras día la propia cruz, que da un sentido a nuestros esfuerzos y sacrificios, y ayuda a comprender y vivir el mandamiento del amor. Misión es salir de sí mismo e ir hacia los otros.
        Aun habiendo quedado reducidos a un pequeño grupo a causa de las supresiones de los últimos siglos, los trinitarios han mantenido siempre su condición de liberadores. A comienzos del siglo pasado abrieron misiones en Madagascar, luego en América Latina y, por último, en algunos países de África y de Asia, con objeto de anunciar el Reino de Dios; un reino de amor, del que procuran ser testigos y portavoces en respuesta a las necesidades más urgentes de los pueblos.
        En efecto, desde el principio su labor evangelizadora en tierras de misión no se ha limitado al anuncio de Jesucristo y de la palabra de Dios, a la catequesis, a la administración de los sacramentos, al acompañamiento espiritual, etc., sino que, enclavados como están en zonas pobres y subdesarrolladas, han instituido obras de caridad y de desarrollo social, como escuelas para los niños, las jóvenes y las madres, dispensarios y centros sanitarios, centros nutricionales para indigentes, escuelas de capacitación agrícola para los campesinos y profesionales para los jóvenes mejor dispuestos. 

Apostolado de las cárceles

         En estos últimos decenios se ha ido desarrollando otra actividad: el apostolado en las cárceles, donde a los reclusos y a sus familias más necesitadas se presta asistencia espiritual, pero también un servicio social y jurídico. Como se sabe, aun en los países en que el sentido de justicia e igualdad ha avanzado más, las condiciones de vida en las cárceles dejan a veces mucho que desear en el plano humano, afectando en especial a las personas pobres, que no disponen de medios para hacerse valer dentro de la cárcel y, menos aún, para recabar ayudas aliviadoras de la pena.
         Claro que hay también reclusos que pueden permitirse el lujo de comprar a carceleros, jueces e incluso ministros del Gobierno. Los abusos y la corrupción, que en los países respetuosos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos son por lo general una excepción, aunque no muy rara, se puede decir que constituyen casi la norma habitual en los países pobres.
         El pobre en estos últimos países corre el riesgo de permanecer en la cárcel más tiempo del que corresponde a su culpa. Algunos siguen en prisión durante años y años sin ni siquiera ser juzgados. Hay que pensar además en las penosas condiciones carcelarias: alimentación, higiene, sanidad muy deficientes; debido también a la promiscuidad y a la excesiva concentración de reclusos. Muchos reclusos, que no pueden recibir ayuda de sus familias, porque éstas viven lejos o en la indigencia, mueren en la cárcel sin el consuelo de sus seres queridos. En tales situaciones la cárcel se convierte en pena capital y, a menudo, para los menos culpables, que han tenido que robar para sobrevivir. En Tananarive –capital de Madagascar– nos hemos organizado para procurar una comida diaria a los 2.500 reclusos existentes.

Por un mundo libre

         Todavía hoy los trinitarios están llamados a trabajar por la liberación de las personas. Y ello no sólo ocupándose, como se hacía antes, del rescate de algunos esclavos en concreto -pagando un precio puntual, pero tal vez dejándoles en peligro de poder caer de nuevo en cautiverio a causa de la avaricia de los opresores-, sino sobre todo favoreciendo y promoviendo un mundo de solidaridad, de amor y respeto hacia la dignidad de las personas. Se trata de infundir un espíritu de caridad que nos haga sentirnos los unos respecto a los otros no dominadores sino siervos.
          Y ¿qué o quién puede dar tal cultura y tales convicciones si no es el Evangelio? El trinitario liberador se transforma entonces en misionero y evangelizador. Trabaja para construir un mundo libre, un mundo en el que la justicia y el amor preparen el camino de la paz: la paz anunciada por los ángeles en el momento del nacimiento de Jesús y por el mismo Cristo en su resurrección.

Cristo en la cárcel

         Las cárceles constituyen un campo privilegiado para los trinitarios. En él desarrollan el compromiso social de sostener a quienes pierden sus derechos y su dignidad (más que criminales, con frecuencia son víctimas de las estructuras y prácticas sociales, que penalizan a los más pobres, sin descartar los casos, nada raros, en que son acusados injustamente) y viven en situación de esclavitud. Ésa es ya una acción verdaderamente liberadora, sobre todo cuando, como ocurre en Madagascar y en otros países menos desarrollados, toca a los aspectos jurídicos, sanitarios, formativos, etc., y comprende la asistencia a los familiares de los detenidos.
         Por otro lado, en las cárceles se pueden ejercitar plenamente las obras de caridad y la evangelización se convierte en fuerza de conversión para quien ha pecado, moviéndolo a ser un constructor del Reino de Dios. Esa acción hace del recluso un hombre libre y liberador. En una palabra, se trata de un auténtico apostolado para la liberación.
        El que subscribe -32 años de misionero en Madagascar- ha conocido reclusos que han encontrado a Cristo en la cárcel, convirtiéndose en catequistas, apóstoles de sus aldeas, perdidas en el bosque. Sabemos que a veces la ayuda material se reduce a asistencialismo, favoreciendo la dependencia del pobre respecto a la ayuda que recibe. En tal caso estamos ante una forma de esclavitud. Sin embargo, es necesario trabajar para que los pobres sean ellos mismos agentes de su propia liberación y de la de los demás.
        La evangelización y las obras de desarrollo social son para los trinitarios un medio destinado a preparar un mundo más libre y justo, donde todos los cristianos, además de recorrer el propio camino de liberación, se sientan enviados por Dios Trinidad a ofrecer a los demás lo mejor de sí mismos para que sean libres.

 

DATOS DE CONTACTO

ORDEN SANTÍSIMA TRINIDAD
Echegaray 30
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Web: http://www.trinitarios.net

Por Angelo Buccarello
Trinitario
Revista Misioneros Tercer Milenio