Hermanas del Ángel de la Guarda

Proclamando el Reino de Dios

 

La Congregación de las Hermanas del Ángel de la Guarda fue fundada en 1839 en Quillán, Departamento de l´Aude (Francia), por el sacerdote Luis Antonio Ormières y la Madre San Pascual.

El padre Ormières siente la necesidad de atender a los niños y jóvenes que debido a los efectos de la revolución francesa, sobre todo en las zonas rurales, estaban faltos de cultura, de formación y carentes de instrucción religiosa. Tal es su celo apostólico que acude a algunas congregaciones de Bretaña solicitando el envío de religiosas para ayudarle en tan noble tarea.

Después de muchos diálogos y no pocas dificultades, las Hermanas de la Instrucción Cristiana, cuya casa madre está en Saint Gidas de Bois (Francia), aceptan enviar a la Madre San Pascual y a otras dos religiosas de su congregación para empezar la “pequeña obra de los Pirineos”, como gustaban llamarla.

Y así, el día 3 de diciembre de 1839, empieza en Quillán una escuelita que en pocos años se irá extendiendo por el sur de Francia. De modo que aquello que comenzó como una pequeña semilla derivó en una nueva congregación que tomó el nombre de Hermanas del Ángel de la Guarda.

 

Los fundadores

El P. Luis Antonio Ormières nace en Quillán el 14 de julio de 1809, en plena época de la post-revolución francesa. Estudió en el seminario de Carcassonne y pronto sus superiores descubrieron en él una clara vocación pedagógica. Es un hombre de generoso corazón, que se muestra siempre abierto a lo que el Señor le va pidiendo. El servicio a los demás estaba por encima de cualquier otro interés, incluso el de su propia vida, como lo demostró en algunos momentos en que la arriesgó.

Como educador muestra siempre esmerada atención a la formación de los niños y jóvenes más desfavorecidos, pues estaba persuadido de que donde están los pobres allí tiene que estar presente la Iglesia. Sacerdote sencillo, conoce bien su tiempo y sabe interpretar la realidad a la luz del Evangelio. Es hombre de acción que se deja tocar por las llamadas más apremiantes de la sociedad y responde a ellas con gran fidelidad.

Juliana Mª Lavrillou, Madre San Pacual, nació en Josselin (Francia) el 4 de enero de 1809. Se educó con las Hermanas de la Instrucción Cristiana donde, siendo aún muy joven, entró religiosa. Destacó por su juicio equilibrado, su capacidad de discernir y su gran rectitud. Muy pronto ocupó cargos de responsabilidad en su congregación, a la que ama profundamente.

Mujer de oración, valiente y arriesgada, siempre atenta a la voluntad de Dios, no duda en partir lejos de sus hermanas de congregación cuando la obediencia la envía a la nueva obra de Quillán. Renuncia a la seguridad que le ofrece su comunidad de Saint Gildas y parte hacía el sur, convencida de que, cuando Dios algo nos pide, siempre da la fuerza para llevarlo a cabo.

Como educadora repetía con frecuencia: “A las niñas no solo hay que amarlas, es necesario también que sientan nuestro amor”. La sencillez caracterizaba toda su conducta y modo de vivir, siendo este el distintivo que nos legó como rasgo de nuestra espiritualidad. Siempre supo conjugar su espíritu firme con una gran dulzura.

 

Rasgos definitorios

La Madre San Pascual y el Padre Luis Antonio Ormières, como Abraham, supieron escuchar la voz de Dios que les dice: “Sal de tu tierra y vete a la tierra que yo te mostraré…”. Y así, en fidelidad a la vocación recibida, transmiten a las hermanas el carisma que perdura a lo largo de tantas generaciones: “Formar verdaderos discípulos de Jesús”. Este es nuestro fin principal.

El nombre de Hermanas del Ángel de la Guarda, con el que somos reconocidas como familia religiosa, es para nosotras símbolo y programa en nuestro modo de ser, y debe reflejarse en las tareas apostólicas. Como los ángeles, a los que la escritura muestra con una misión de salvación, nosotras debemos de estar prontas para cumplir la voluntad de Dios, en actitud de servicio y disponibles para el anuncio del Reino.

La sencillez evangélica es nuestro carácter distintivo. En el espíritu de la congregación, “sencillez” significa buscar solo a Dios y su Reino, fe humilde y confiada en el Señor, hacernos pequeñas con los pequeños; transparencia, humildad y rectitud de corazón. Hemos de llevar una vida sencilla para ocuparnos solo de Cristo y de nuestros hermanos. Tratamos de reflejar en nuestra vida la disponibilidad, el celo, el abandono en la Providencia, la mansedumbre y la abnegación, por ser las virtudes especialmente recomendadas por nuestros fundadores.

 

La Misión

Nuestra congregación ha recibido de Dios una misión que prolonga dentro de la Iglesia la que Cristo recibió del Padre: proclamar el Reino de Dios.

El carisma que nos ha sido transmitido –“hacer verdaderos discípulos de Cristo”–, tratamos de hacerlo vida a través de la educación, las misiones y el cuidado de enfermos, con preferencia por aquellos sectores de la sociedad que tengan mayor necesidad. Siempre con el estilo del Ángel, que cuida, guía, acompaña, ilumina y protege; se encarna, anuncia y denuncia.

Esta misión evangelizadora la realizamos en cuatro continentes y dieciséis países. En Europa estamos presentes en Francia, España, Alemania e Italia. En Asia, en Japón y Filipinas. En África, en Malí, Guinea Ecuatorial y Costa de Marfil. Y en América, en Venezuela, Colombia, Ecuador, Estados Unidos, México, Nicaragua y El Salvador.

Esta variedad de países, realidades sociales y culturales, nos sitúa en un mundo complejo, globalizado y en continuo cambio. Un universo que nos reclama apertura, para leer la realidad con sentido crítico, y mirada contemplativa, para reconocer que el Espíritu de Dios nos precede en todas las culturas y está presente en toda realidad social.

En el XXIII Capítulo General, celebrado el verano de 2010, nos reafirmamos en la necesidad de revitalizar el espíritu misionero en todas las hermanas –desde las primeras etapas de formación-, de cuidar de modo preferente la pastoral vocacional en estos países y en el gozo de ir recreando y enriqueciendo nuestro carisma con la diversidad de lenguas, culturas y pueblos.

Convencidas de que el envío a la misión nace del la experiencia del encuentro con Jesús Resucitado, queremos, allí donde estamos, ser testigos de fe, para comunicar lo que hemos visto y oído, para proclamar que la vida vence a la muerte y para anunciar, como los Ángeles, la Buena Nueva de la salvación.

 

 

 

DATOS DE CONTACTO

HNAS DEL SANTO ÁNGEL DE LA GUARDA
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28003 - Madrid

Tfno.: 91 533 58 60

 

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Por María Teresa Melendro
Hermana del Ángel de la Guarda

Artículo publicado en Misioneros Tercer Milenio, nº 112, febrero 2010