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Dos acontecimientos van a marcar este mes de enero con el que iniciamos el estrenado 2010. Por un lado, el tradicional mensaje del Papa Benedicto XVI con motivo de la Jornada Mundial de la Paz, que se celebra el 1 de enero, y que este año –que Naciones Unidas ha proclamado como Año Internacional de la Biodiversidad– lleva el oportuno lema de “Si quieres promover la paz, protege la creación”. Por otro lado, la Jornada Nacional de Infancia Misionera, que tiene lugar el 24 de enero y que proclama a los cuatro vientos que “Con los niños de África... encontramos a Jesús”. Dos acontecimientos que se presentan por separado, pero que, no por ello, se encuentran desvinculados. Ya que no hay mejor manera de proteger la creación que cuidando a nuestra infancia, garantizando sus derechos y dignidad; y nadie mejor que la Obra Pontificia de la Infancia Misionera –lo lleva demostrando nada más y nada menos que desde hace 170 años– para acometer esta misión.
Benedicto XVI comienza su Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz reconociendo que, a causa de la crueldad del hombre, hay muchas amenazas a la paz y al auténtico desarrollo humano integral. Y cita entre otras: guerras, conflictos internacionales y regionales, atentados terroristas y violaciones de los derechos humanos. Todas ellas, sin duda, de terribles y vergonzantes repercusiones para la humanidad. Pero el Papa advierte a continuación que no menos preocupantes para esta paz son “los peligros causados por el descuido e incluso por el abuso que se hace de la tierra y de los bienes naturales que Dios nos ha dado”. Y por si a alguien le quedaba alguna duda, lanza a continuación un aldabonazo de inquietantes preguntas: “¿Cómo permanecer indiferente ante los problemas que se derivan de fenómenos como el cambio climático, la desertificación, el deterioro y la pérdida de productividad de amplias zonas agrícolas, la contaminación de los ríos y de las capas acuíferas, la pérdida de biodiversidad, el aumento de sucesos naturales extremos, la deforestación de las áreas ecuatoriales y tropicales?”. Y continúa: “¿Cómo descuidar el creciente fenómeno de los llamados ‘prófugos ambientales’, personas que deben abandonar el ambiente en que viven –y con frecuencia también sus bienes– a causa de su deterioro, para afrontar los peligros y las incógnitas de un desplazamiento forzado? ¿Cómo no reaccionar ante los conflictos actuales, y ante otros potenciales, relacionados con el acceso a los recursos naturales?”...
Parece que la respuesta lógica y racional de la comunidad internacional frente a estas alarmantes realidades debería ser la de ponerse manos a la obra para solucionar cuestiones que tanto amenazan a derechos humanos fundamentales como el derecho a la vida, a la alimentación, a la salud y al desarrollo. Sin embargo, a juzgar por el gran fiasco cosechado en la reciente Cumbre del Clima de Copenhague, parece que los intereses, cómo no, de las grandes potencias mundiales no van por ahí. Otros, los de siempre, los más pobres, pagarán las consecuencias de esta nefasta decisión. Como ya la están pagando, el elemento más importante de la creación, los niños y niñas de muchos países empobrecidos a los que trata de atender la Infancia Misionera.
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