A los 10 años de la Revista Misioneros III Milenio

El tiempo pasa, la misión permanece

 

   

La revista Misioneros cumple diez años. Han pasado muchas cosas en todo este tiempo, todos somos un poco más viejos, pero lo que en nada ha cambiado son las ganas de transmitir el mensaje de Jesús, la solidaridad, la caridad y todos esos valores que conlleva el Evangelio y que nuestros misioneros y misioneras predican uno y otro día a las personas más desfavorecidas.

 

 

Por Israel Íñiguez

 

 

¿Cuántas veces hemos oído aquello de “qué rápido pasa el tiempo” o “el tiempo vuela”? En nuestras vidas, continuamente hacemos referencia a lo efímero del tiempo. Parafraseando al gran Carlos Gardel y su famoso tango “Volver”, en el que dice “veinte años no es nada…”, lo podemos traer a colación con el argumento de este reportaje. Y es que Misioneros cumple nada más y nada menos que diez años, y parece que fue ayer cuando este proyecto echó a andar. Está claro que uno no es verdaderamente consciente de las cosas hasta que no vuelve la vista atrás.

Pero aunque Gardel diga que veinte años no es nada, los diez años de vida de nuestra revista dan para mucho y, por ello, nos disponemos a dar un repaso a lo que ha evolucionado y ha cambiado la labor de la Misión durante la última década.

Para muchos, como Lino Herrero, provincial de los Misioneros de Mariannhill, “la Misión de la Iglesia durante los últimos diez años está marcada por la muerte del Papa Juan Pablo II y por los primeros años de Pontificado de su sucesor, el Papa Benedicto XVI. El rico y cuantioso caudal sobre cómo entender y vivir la misión de la Iglesia que aportó Karol Wojtyla está siendo ahora sabiamente administrado por la agudeza nada artificiosa de Joseph Ratzinger”.

 

Presencia en un mundo globalizado

Toda evolución requiere de un crecimiento y la Iglesia lo ha conseguido durante los últimos diez años. Cada vez hay mayor presencia de nuestros misioneros por el mundo y el mensaje de Jesús es conocido poco a poco por un mayor número de personas. “Tenemos presencia en todo el continente africano, donde se ha producido un desarrollo muy grande de la Iglesia, que cada vez tiene un peso mayor en la sociedad. Esto ocurre porque la Iglesia es una institución que funciona, que da estabilidad...; la población lo sabe y lo entiende”, comenta José Ramón Carballada, provincial de la Sociedad de Misiones Africanas.

La Iglesia y la Misión tampoco han sido ajenas al fenómeno de globalización que se ha producido en nuestras sociedades. “Nuestros grupos comunitarios tienden a ser  cada vez más heterogéneos, formados por miembros de varias nacionalidades, siendo en la Iglesia y en el mundo signos de universalidad”, apunta la hermana Nírmala Nabás, de la Compañía Misionera del Sagrado Corazón. Lógicamente, esto tiene que tender a favorecer el diálogo interreligioso, que en tantos momentos de la Historia ha causado grandes problemas. Por ahí pueden venir muchas de las soluciones a conflictos internos en países, y por ello luchan cada día tantos y tantos de nuestros misioneros en los cinco continentes. Son conscientes, según apunta Lino Herrero, de que “la evolución o desarrollo no impide una buena evangelización, porque el desarrollo es parte integrante de la evangelización”.

Uno de los aspectos prácticos que da origen a la integración y la internacionalidad de la Iglesia católica nos lo muestran desde el Instituto Español de Misiones Extranjeras (IEME), con la gran cantidad de actividades que llevan a cabo y en las que participan todo tipo de gente y condición. “Cada vez se produce una mayor unión entre las comunidades de base, las diferentes parroquias... Ése sentimiento de unión lo podemos observar a diario en las misas participadas que nosotros llevamos a cabo”, nos cuenta Paco Ortega.

 

Apoyos gubernamentales

Siempre es importante el respaldo que los países de misión puedan ofrecer a la hora de facilitar el trabajo a los misioneros y misioneras. Y, salvo excepciones de países con graves conflictos armados, los apoyos de los diferentes gobiernos a nuestros misioneros son cada vez mayores. “Hay un gran reconocimiento por nuestra labor, por ello las relaciones con las administraciones públicas son realmente buenas”, según advierte Ismael González Fuentes, director general del IEME. En el mismo sentido se expresa María Jesús    Sahagún, misionera de Cristo Jesús, al contarnos su experiencia por el continente africano. “Nosotras –indica– siempre hemos  recibido una ayuda positiva de nuestras embajadas, poniendo al servicio de los pueblos, a través de los misioneros las ayudas materiales y, sobre todo, el apoyo del que ellos disponen”.

Pero siempre existen excepciones. No en todos los lugares del planeta se encuentra el sostén deseados y las condiciones idóneas para trabajar. Así, por ejemplo, en Burkina Faso “contamos con el apoyo humano y el respeto de la gente, pero allí las instituciones no ayudan, muchas veces simplemente por el mero hecho de que no pueden”, nos relata Carmen García Sedaño, provincial de las Misioneras de Nuestra Señora de África (Hermanas Blancas).

 

¿Seguridad o inseguridad?

En el ámbito de la seguridad, las cosas han podido cambiar según en qué partes del mundo se ejerza la labor misionera. Ahora bien, como en todas las zonas del planeta en las que hay pobreza, el apelativo de la inseguridad va prácticamente unido a la Misión. “El aspecto de la seguridad o no va por zonas y horas. Perfectamente sabemos dónde están los problemas, porque inevitable y desgraciadamente la delincuencia existe de forma extensa. La gente no tiene qué comer y dónde vivir y decide tomar el camino de la violencia para conseguir sus objetivos. Algo triste, pero que está a la orden del día en las sociedades del Tercer Mundo”, nos comenta José Ramón Carballada.

¿Y puede haber capacidad de mejora en este aspecto? Pues, como todo en la vida, parece que sí. “No nos vamos a engañar. La inseguridad existe, pero nuestra esperanza crece al ver que el nivel de delincuencia cae, aunque sea poco a poco”, dice Carmen García Sedaño. Y ante este tipo de actitudes –en la mayoría de los casos de la juventud de los distintos  países–, las diferentes congregaciones e institutos católicos buscan llevar a estas zonas “una alternativa de respuesta, basada en el amor y la fe”, según apunta   Ismael González Fuentes.

 

Balance esperanzador

Como se puede ver, aunque la situación siga sin ser un camino de rosas, la realidad nos dice que, poco a poco, mejora y la esperanza nos llama a seguir luchando y peleando porque las personas más pobres y más injustamente tratadas puedan optar a  una vida mejor gracias al mensaje de Jesús y, cómo no, a la labor impagable de nuestros misioneros. Como último apunte hay que decir que, después de haber hablado con algunas de las diferentes congregaciones e institutos católicos que ejercen estas tareas misioneras,  todos ellos quieren transmitir un mensaje, y éste es que es importante dar apoyo económico a los que lo necesitan, pero también que hay que dar su auténtica relevancia a otros aspectos a los que quizá no damos su verdadera valía. “Ofrecer medios económicos es una forma de ayudar, pero en la sociedad en la que estamos hay otras cosas importantes que dar y compartir. Por ejemplo, la escucha, la atención, el tiempo, el respeto... desde nuestra común condición humana. Y esto no exige ni el ir ni el enviar”, cree María Jesús Sahagún.

En un sentido muy parecido se manifiesta Lino Herrero, que tiene claro que “al misionero le motiva Cristo y no un vago sentimiento de solidaridad o humanitarismo”, lo que engrandece aún más su labor. Y continuando con este hilo argumental, desde las Misioneras de Cristo Jesús, se lanzan una serie de preguntas sobre las que debemos reflexionar y, si lo hacemos, seguramente las cosas vaya a mejor: Cuando se piensa en ayudar ¿conocemos las necesidades no sólo económicas, sino, sobre todo, humanas, de la sociedad a la que queremos ayudar? ¿Nuestro conocimiento de ellos viene de lecturas o de encuentros con esas realidades y personas? ¿No se habla demasiado del aspecto de pobreza material?...

Las cosas seguirán cambiando, las personas también, pero lo que jamás debe variar es ese espíritu solidario, de justicia, libertad, amor y perdón que Jesús nos enseñó, y que debe permanecer vivo para que tengamos una sociedad cada día mejor. Todos podemos contribuir a ello, pero lógicamente debemos agradecérselo (quizá nunca lo haremos lo suficiente) a nuestros obispos, sacerdotes, religiosas, religiosos y laicos que trabajan por ello. Y, por supuesto, allí estará Misioneros para contarles todas y cada una de esas tareas de anuncio evangelizador.

 

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