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Desde hace casi dos décadas Paul Okwir vive desconcertado. A este campesino del norte de Uganda su padre y su abuelo le enseñaron que las primeras lluvias empezaban siempre en marzo y a partir de ahí aprendió a seguir un calendario invariable: en febrero se preparan los campos; en marzo se siembra maíz, mijo y cacahuetes; en abril se escarda; a finales de mayo se cosecha el maíz; en junio hay una pequeña estación seca; en julio se recoge el mijo y los cacahuetes y se planta el sésamo, el sorgo y las alubias; cosechas que madurarán a finales de noviembre, cuando empiece la estación seca larga y con ella la época de la caza.
Okwir, que siempre se ha sentido orgulloso de que en su casa había comida en abundancia, empezó también a iniciar a sus hijos en los detalles de este ciclo agrícola. Pero ahora ya nada funciona como antes. Desde hace varios años ya no llueve en marzo, y a menudo tampoco lo hace en abril ni en mayo. Y, cuando el agua descarga, lo hace cuando debería ser la estación seca y de forma torrencial. Los últimos años han sido una pesadilla para él y su familia. Al final, tras varios periodos de sequías seguidas de inundaciones, Paul Okwir tomó la decisión más dolorosa de su vida: coger sus pocos bártulos y marcharse a la capital a buscar trabajo. Ahora malvive como vigilante nocturno de seguridad por 80.000 chelines (unos 30 euros) al mes, mientras su mujer pasa el día sentada en un mercado vendiendo cuatro chucherías. Ahora, sus hijos comen sólo una vez al día y han dejado de ir a la escuela por falta de medios.
Paul Okwir no ha oído hablar de la Cumbre de Copenhague ni del cambio climático porque, entre otras cosas, ni siquiera tiene dinero para comprarse una radio. Pero millones de campesinos africanos como él comparten su poco envidiable historia y son el rostro del sufrimiento humano causado por este fenómeno cada vez más alarmante. Y, por si fuera poco, el calentamiento global está agravando otro problema endémico en África: los conflictos por el control de los recursos acuíferos. Algunos estudios realizados a mitad de 2009 por organizaciones de ayuda al desarrollo revelaban que las sequías se han convertido en una de las principales causas de brotes de conflictos violentos en muchas partes de África. Así sucede sobre todo en zonas de Sudán, Kenia, Chad o Uganda, en las que grupos de pastores seminómadas invaden zonas de agricultores sedentarios en busca de pastos y agua. El resultado suele ser brotes de violencia que terminan por convertirse en conflictos crónicos.
África se planta
Con todo esto, no es de extrañar que los países africanos hayan terminado por plantarse. Su protesta más sonada ocurrió el pasado 14 de diciembre, cuando pararon la negociación formal en Copenhague durante varias horas. Algo parecido hicieron anteriormente, en una reunión preparatoria celebrada en septiembre en Barcelona, en la que si algo quedó claro fue que se cerraba la posibilidad de alcanzar un tratado internacional que sustituyera al de Kyoto. A lo largo del año pasado, los representantes de los países africanos mostraron un gran escepticismo ante la Cumbre de Copenhague. En numerosas ocasiones pidieron a las naciones desarrolladas que redujeran sus emisiones de gases de efecto invernadero un 40% en 2020 respecto a los niveles de 1990.
Se trata de una petición que los países ricos dijeron que consideraban irrealizable y que, como mucho, sólo estaban dispuestos a llegar al 25% de recorte. Además, África exigió que se prorrogara el protocolo de Kyoto, que no le imponía obligaciones. Los países africanos pidieron también un gran fondo de compensación para adaptarse a las consecuencias del cambio climático. Se avanzó incluso una cantidad: 150 mil millones de dólares como compensación. Si nos parece mucho esta cifra, recordemos que es la misma cantidad que se dispensó como rescate financiero de la compañía AIG durante la tormenta financiera de finales de 2008.
Las razones para estas exigencias se comprenden si consideramos dos factores. Primero, que África sólo es responsable de apenas un 3% de las emisiones de dióxido de carbono del mundo, según datos del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Un africano produce 0,3 toneladas por persona al año, mientras que por ejemplo un estadounidense emite 20. Pero lo más grave es que además de ser África el continente que menos contribuye al calentamiento global, es el que paga más sus consecuencias.
Estas secuelas son, principalmente, dos: las inundaciones causadas por el cambio climático, que en 2009 afectaron a 75 millones de africanos, y el aumento de las sequías en muchos países, sobre todo en África del Este, África Austral y Madagascar. Las previsiones más pesimistas señalan que para 2020 la producción agrícola de África se reducirá a la mitad, y esto en un tiempo en que la población ha crecido con más rapidez. Hace pocos meses los datos más actualizados de Naciones Unidas revelaban que los africanos son ya algo más de mil millones. Y todos ellos necesitan alimentos. Pero quizás no haga falta esperar tanto tiempo. El pasado mes de julio la ONG Oxfam Internacional alertaba de que los países de África subsahariana están perdiendo ya 2.000 millones de dólares al año como consecuencia de la disminución de sus cosechas de maíz, un alimento que es el pan cotidiano de la gente de esas regiones. Y otras cosechas, como el café y el té, que son una importante fuente de ingresos para los habitantes de África del Este, también están disminuyendo.
Latinoamérica se seca
También en América Latina las comunidades más pobres se ven golpeadas por este fenómeno. En opinión de Martín Lago, de Cáritas Española, “se puede constatar la relación directa que existe entre la vulnerabilidad climática y la pobreza”. Durante la presentación el Informe 2009 sobre el Estado de la Población Mundial, Marcela Suazo, directora del Fondo de las Naciones Unidas para la Población (UNFPA), afirmó que, durante los últimos 20 años, en el subcontinente se ha cuadruplicado la incidencia de los desastres naturales. “Las personas afectadas por estos fenómenos extremos han llegado ya a 250 millones”, dijo la funcionaria. El informe reveló otros datos preocupantes, como la desaparición de casi el 40% de la superficie forestal en los últimos 20 años y la superpoblación de zonas en las que el agua es insuficiente. Según el informe de la UNFPA, el país más afectado por los efectos del cambio climático es Colombia, que en los próximos años sufrirá, según los climatólogos de la ONU, una reducción de las lluvias que puede traer periodos de sequías largas.
También Bolivia ha sufrido durante los últimos años un cúmulo de desastres que no había conocido nunca antes: deshielo de los glaciales andinos, incendios forestales y clima inconstante. Según un estudio de Oxfam Internacional, presentado durante la reunión preparatoria de Barcelona, entre 1975 y 2006 el volumen de los glaciares de la Cordillera Central se redujo en un 40%, poniendo en peligro la provisión de agua para los campesinos de los Andes, y de agua y electricidad a los habitantes de ciudades como La Paz y El Alto. Hay que tener en cuenta que, en Bolivia, casi la mitad de la energía eléctrica es producida por centrales hidroeléctricas, y una disminución drástica en el volumen de agua tiene consecuencias muy negativas para la producción de energía. Por otra parte, entre 2006 y 2008 un rosario de desastres –inundaciones, aludes y heladas– afectaron a más de 600.000 bolivianos y costaron al Gobierno entre el 3 y el 4% del Producto Interior Bruto anual. Algunos estudios afirman que el aumento de las temperaturas también contribuyó a la difusión de enfermedades como la fiebre dengue, al permitir que el mosquito vector se adaptara a vivir en alturas cada vez mayores.
Quizás el único país sudamericano con los recursos necesarios para hacer frente a las amenazas del cambio climático es Brasil. En años recientes ha reducido en un 45% su tasa de deforestación. De entre las economías emergentes, es la que parece tener planes mejor estructurados, con una meta de reducir el 40%, respecto a los actuales niveles, sus emisiones contaminantes.
Año Internacional de la Biodiversidad
Y todo esto sucede cuando Naciones Unidas ha declarado 2010 como Año Internacional de la Diversidad Biológica, en una campaña mundial para la sensibilización de la protección de la biodiversidad.
La iniciativa pretende “celebrar la diversidad de la vida en la Tierra y combatir la perdida de biodiversidad en el mundo”. El ritmo de extinciones es “alarmante”, según la ONU, mil veces el ritmo que sería normal. “Esta pérdida es causada por la actividad humana y se estima que pueda ser agravada por las alteraciones climáticas”, afirma la organización.
El lema de la campaña, “La biodiversidad es la vida. La biodiversidad es nuestra vida”, subraya “el papel crucial de la naturaleza en apoyo de la vida en la Tierra, incluyendo la nuestra”. El cambio climático está considerado la principal amenaza a la biodiversidad, sobre todo porque está aumentando las sequías. El segundo peligro es la pérdida de los hábitats naturales, particularmente de los bosques. Resulta bastante evidente que ambas amenazas provienen de factores humanos y, por lo tanto, podrían ser corregidas si hubiera una voluntad firme de hacerlo así.
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