La iglesia desarrolla el amor hacia los empobrecidos y excluidos de nuestro mundo a través de Cáritas y, como en casi todos los países del mundo, en España contamos también con este regalo para poder expresar nuestro Amor por los más necesitados, sin perder de vista lo que es debido por causa de la justicia.
Estoy contento de poder trabajar aquí como voluntario, como presidente, pero ahora vivimos un tiempo difícil por las consecuencias que la crisis económica está teniendo sobre las personas. Como dice Benedicto XVI en la encíclica Caritas in veritate: "los costes humanos son siempre también costes económicos, y las disfunciones económicas comportan igualmente costes humanos" (CIV32).
Estoy viendo cómo aumenta el número de personas que llaman pidiendo ayuda a las puertas de Cáritas (parroquias, centros diocesanos). Hemos pasado de recibir 400.000 a 600.000 personas en los servicios de acogida en solo un año (esto es un aumento del 50%). Muchos es la primera vez que vienen a Cáritas, pero también hay una cantidad importante de personas que durante años acompañamos para que lograran su inclusión social y ahora, como el equilibrio era tan precario, han vuelto a ser empobrecidas y excluidas socialmente.
Demasiado para nuestra red, aunque todos hacemos verdaderos esfuerzos para que nadie se quede sin ser escuchado, acogido, acompañado… Muchos de los agentes de Cáritas (más de 60.000 voluntarios), desde las parroquias y lugares de acogida, se enfrentan cada día -psicológica y emocionalmente- a la impotencia, a la angustia y a la frustración por la falta de medios para ayudar a tantas personas en situación desesperada. Este desbordamiento no es de Cáritas, es de una sociedad con escasa voluntad y base para poner en el centro a sus propios ciudadanos.
La crisis me muestra el rostro de sufrimiento de muchas personas que se han quedado sin trabajo o que tienen unas condiciones laborales muy precarias (no hay trabajo; se tarda mucho tiempo en encontrar algo; muchos inmigrantes ven cómo su tiempo de autorización de residencia y trabajo se termina; hay trabajos muy precarios, con contratos de corta duración, inestables, escasamente remunerados). Las familias empobrecidas tienen muchas deudas, o peor, han sido embargadas y desahuciadas de sus viviendas. Cada vez más nos cuentan que en estas familias aparecen muchas tensiones y discusiones que, a menudo, necesitan de un apoyo psicológico y social (depresiones, ansiedad, sensación de fracaso, pérdida de autoestima, tristeza…).
Las personas que acuden a Cáritas nos piden ayuda económica para alimentación, vivienda y gastos sanitarios, por este orden. Pero también nos piden cursos para formarse, u orientación para encontrar un trabajo digno, y es que el empleo sigue siendo una gran puerta de entrada para la inclusión, aunque no es la única. También son muy importantes las relaciones familiares, sociales y vecinales, porque cuando viene la crisis están ahí, acompañando este camino.
Cáritas mantiene y defiende que la asistencia debe darse con dignidad y que no debe aparcar la necesidad de justicia. Por ello lucha por unos ingresos mínimos para todos; por una política de empleo enraizada en la inclusión social; por una política de vivienda que –como bien básico–, limite el abuso de la usura bancaria y del enriquecimiento ilícito de gestores y constructores; y por unos servicios sociales eficaces con las necesidades más básicas y con las situaciones más desesperadas.
Junto con el Papa creo que "… la crisis se convierte en ocasión de discernir y proyectar de un modo nuevo" (CIV 21).
Así, nos hemos puesto a trabajar en varios frentes no sólo desde la acción, sino también desde la reflexión que nos lleva por estas mareas de realidad tan descarnada. Por este motivo hemos decidido denunciar públicamente que:
Cáritas complementa, acoge y acompaña las necesidades básicas, pero no es el único reducto para las situaciones urgentes, no es la sustitución del Estado. ¿Dónde están los servicios sociales públicos y los políticos que deciden sobre sus prioridades, orientación y recursos? Pensamos que en el limbo de:
– La falta de medios e inoperancia para necesidades básicas y urgentes, derivando estas personas a Cáritas.
– Del desajuste funcional con criterios inadecuados y endurecidos en el acceso a las ayudas.
– De la lentitud en la respuesta, con cerca de cien días de espera como media para empezar a recibir una renta mínima, básica para la supervivencia.
La sociedad acumula –e incluso despilfarra– y, estructuralmente, ha dejado de lado la redistribución de la riqueza que genera y que es vital para el desarrollo integral de las personas y de todas las personas.
La protección social se ha congelado en nuestro país en tiempos de bonanza económica, lo cual no es justo. Si cuando "hay" no se hace, cuando "no hay", ¿qué podemos hacer?
El modelo de crecimiento económico no es un modelo de desarrollo, porque olvida a la PERSONA como el centro principal y significativo. La economía debe estar al servicio de las personas y no al revés.
La crisis no es algo sólo es España, es una crisis planetaria que tiene tres manifestaciones básicas: alimentaria, medio ambiental y financiera. Más allá de nuestro país, el hambre se extiende y arrasa la vida de millones de personas cada día.
Creo que la crisis no es sólo económica, que es sobre todo una crisis de valores que se ha olvidado que el centro son las personas con toda su dignidad humana como guía del verdadero desarrollo. No podemos dejar que siga dominando un modelo económico y de crecimiento de apetito voraz e inhumano por encima de las personas.
Sin embargo, esta globalización o "estallido de la interdependencia planetaria" es "una gran oportunidad" (CIV 33) para que la humanidad reconstruya de nuevo las relaciones en el mundo y que esta vez consigamos que estén fundadas y efectivamente articuladas en principios como la solidaridad, la fraternidad y la paz.
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