Más de diez años de guerra civil, millares de muertos y cientos de miles de refugiados han situado a Burundi entre los países más pobres del planeta, donde el 89% de la población gana menos de dos dólares diarios, la malnutrición es generalizada y dos de cada diez niños mueren antes de cumplir los cincos años. El mayor reto humanitario que afronta el país hoy es la repatriación e integración de los burundeses que aún permanecen en la vecina Tanzania, algo que, dada la escasez de tierras, la pobreza crónica y los períodos de intensa sequía, no es fácil de atender.

Por Alenjandro Fernández Pombo

 

 

Burundi es un pequeño país localizado en la región centro-oriental de África; limita al norte con Ruanda, al este y al sur con Tanzania y al oeste con el Congo y el lago Tanganica. Sus 27.830 kilómetros cuadrados forman un territorio que describe la silueta de un corazón humano, lo cual ha permitido que se hagan metáforas cordiales con el amor y el sufrimiento, que han estado muy presentes a lo largo de toda su historia, y a la vez ocupa una posición central de un continente que ojalá tenga un mejor futuro que pasado.

La superficie de Burundi es algo menor que, por ejemplo, la Comunidad española de Galicia. Pero sus casi  ocho millones de habitantes le otorgan una densidad de población muy grande, aunque no siempre bien avenida. Los odios tribales han dado ocasión a feroces enfrentamientos con un impresionante número de muertos, heridos y huidos. 

Montañoso, rural, pobre...

Burundi es montañoso y mesetario con alturas que llegan a los 2.500 metros de altura. Las rocas graníticas que dan forma a esta estructura están, a veces, cubiertas por materiales de origen volcánico. Ríos importantes son el Rovova y el Ruzzi; este último sirve de frontera con el Congo.

El clima es tropical debido al inmediato lago Tanganica. La flora es la propia de la sabana arbórea. El país es predominantemente rural y agrícola, aunque la agricultura esté poco desarrollada. Los productos que mantienen su subsistencia y nutren su escasa exportación son café que es el más exportado, té, algodón, arroz, trigo, mijo, mandioca...

La ganadería es, principalmente, de ganados bovino, ovino y caprino. El lago Tanganica proporciona abundante pesca. La minería es caolín, níquel y oro. La industria es más bien artesanal y explotadora de los productos alimentarios. 

Moderna independencia

La independencia, largamente deseada por Burundi, se alcanzó en 1962 después de haber sido, junto con Ruanda y Tanzania, colonia de Alemania hasta 1919; y luego, con Ruanda y con el nombre de Urindi, dominio de Bélgica. Pero con la independencia no llegó ni la felicidad ni la prosperidad esperadas, como pasó en otros países africanos que también dejaron de ser colonias europeas en la segunda mitad del siglo XX.

Muchos de los nuevos Estados habían conservado sus reyes y caudillos, aunque sometidos a los colonizadores quienes, en la mayoría de los casos, se habían beneficiado de los recursos naturales de sus colonias sin preocuparse de su desarrollo, crecimiento y civilización.

En Burundi, el primer rey que ya no dependía de los europeos fue Mwambuensa IV, que en seguida fue derrocado por su hijo Ntaré V, que a su vez fue destronado en 1988 por Michel Miracombero que proclamó la república como presidente del Comité Nacional Revolucionario.

Siguen así veinte años de golpes de Estado, elecciones frustradas, cambios constitucionales, guerrillas, guerras civiles, asesinatos y otras violencias e irregularidades como sucede en casi todos los Estados que se han encontrado con una libertad que no siempre saben manejar. En el caso de Burundi esta violencia adquirió mayores proporciones, llegando al genocidio y a las deportaciones por las luchas tribales de dos etnias: hutus y tutsis. Esta penosa situación es, en ocasiones, compartida por los Estados vecinos, los que componen la llamada Región de los Grandes Lagos, a los que afectan en forma igual o parecida las rivalidades étnicas, que venían de antiguo.

Las tensiones no tardaron en Burundi en convertirse en enfrentamientos armados que en 1973 dieron una primera victoria a los tutsis, los que, aun siendo menores en número, causaron miles de muertos a sus enemigos y obligaron a que 200.000 hutus huyeran del país.

No nos es posible seguir paso a paso la sucesión de estos años y solo nos cabe marcar los acontecimientos más trascendentes y desagradables.

En 1988 hay nuevas agresiones que se cobran decenas de miles de muertos. En los años 2000 y 2003 hay conversaciones para un tratado de paz y llega a firmarse un acuerdo que no resulta definitivo para liquidar todas las cuestiones pendientes.

Por fin en 2006 muchos de los burundeses que se habían autoexiliado pensaron que podían volver a su país, ya en paz; y, efectivamente, fueron bien acogidos, pero sus casas estaban destruidas y no había trabajo para todos, por lo que muchos se volvieron. En aquellas fechas había todavía 250.000 acampados en la vecina Tanzania, por falta de seguridad.

En algún momento se piensa que la solución puede estar en la intervención de la ONU y la presencia de una misión de paz, en forma de tropas africanas.

La paz y el entendimiento, deseados por todos los hombres de buena voluntad, de cualquier etnia, ideología y religión acabarán siendo una realidad y el “corazón" de Burundi volverá a latir como es querido.

La abolición de la pena de muerte y la introducción en los códigos penales de los crímenes de tortura y violencia sexual aprobados el año pasado por una gran mayoría parlamentaria, no es sólo una cuestión legal, sino una señal de que las cosas están cambiando para bien. 

Mayoría de católicos

De los ocho millones de habitantes que tiene Burundi, hay un 62 por ciento de católicos, y otro cinco por ciento de cristianos no católicos. El resto, un 23 por ciento, son seguidores de creencias tradicionales, algunos musulmanes y practicantes de otras religiones.

Esa mayoría de católicos está distribuida en una archidiócesis y seis diócesis que tienen 140 parroquias. Nueve obispos, 462 sacerdotes diocesanos y un centenar de sacerdotes religiosos, entre ellos muchos misioneros, están al frente de este pueblo de Dios, con la ayuda de unos doscientos religiosos y casi 1.300 religiosas. Hay también algunos misioneros seglares, y más de cinco mil fieles que trabajan en las parroquias como catequistas.

Siete seminarios menores y tres mayores forman a los futuros sacerdotes. Ocho hospitales, casi 250 ambulatorios, dos leproserías y otros sanatorios y clínicas especializados, son sostenidos por la Iglesia. Igualmente los 15 orfanatos y otros tantos jardines de la infancia, así como cerca de un centenar de centros de educación, enseñanza y consejería. 

Creciente evangelización

La primera evangelización del actual Estado de Burundi fue llevada a cabo por los Padres Blancos a finales del siglo XIX. En 1898 nació la primera parroquia, Muyaga. En 1912 Burundi, unido a Ruanda, formó el vicariato de Kivu. En 1922, ya solo Burundi fue erigido en vicariato que sería encomendado a monseñor Gorju. En 1925 fue ordenado el primer sacerdote burundés, y ese mismo año se funda el primer seminario. En 1953 se estableció la jerarquía episcopal y, ya con Burundi independiente, fueron creándose las distintas provincias eclesiásticas a la vez que la Nunciatura Apostólica.

En 1990 Juan Pablo II visitará las ciudades de Bujumbura y Gitega en su viaje pastoral.

La Iglesia burundesa, que había ido creciendo a lo largo de su época colonial y luego de su independencia llena de disputas, enfrentamientos y muertes, también sufrió en su propia comunidad y en su jerarquía las consecuencias de las azarosas circunstancias políticas y bélicas.

Además de las tensiones que fueron surgiendo desde el primer momento del nuevo Estado, al llegar 1976 y hasta 1987 la Iglesia se vio privada en gran parte de su libertad por la postura antieclesiástica del régimen gobernante. En 1987 un cambio político restituyó a la Iglesia su libertad. Tres años después, en 1990, padeció una terrible guerra civil que causó, entre otros males, la violenta muerte del arzobispo de Gitega, como, más adelante, la del Nuncio Apostólico.

Pero, en todo momento, tanto el pueblo cristiano como sus pastores se han pronunciado por la paz y la unión de los pueblos.

 

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