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El Papa Benedicto XVI ha salido más que airoso del viaje más complicado que ha realizado hasta el momento como dirigente máximo de la Iglesia católica: este que acaba de llevarle a Tierra Santa. Un territorio donde la diplomacia se convierte en necesidad, porque cualquier palabra que se diga corre el riesgo de convertirse en excusa, causa o arma arrojadiza que altere aún más los susceptibles ánimos y odios de las poblaciones que pueblan estos territorios.
Parecía, además, que existiese un interés especial y oculto porque este Papa –que partía con el handicap de ser un alemán en visita, entre otros, al pueblo que padeció el holocausto– no estuviese a la altura de las circunstancias. Constantemente se recordaban en los medios de comunicación hechos como el famoso discurso que Benedicto XVI pronunció en la Universidad de Ratisbona hace tres años, que exacerbó el ánimo de los musulmanes, o el no menos polémico caso del obispo lefebvrista Richard Williamson, del que se desconocían sus posturas negacionistas del holocausto y cuyo levantamiento de la excomunión, junto a los otros obispos de este grupo secesionista de la Iglesia católica, provocó airadas protestas en el seno del judaísmo.
Lo cierto es que la cosa no pintaba nada bien. A las dificultades propias de visitar una tierra en estado permanente de guerra se sumaban estos problemas añadidos. Pero creciéndose ante la dificultad, el Papa supo comunicar con guante de terciopelo, pero con la firmeza necesaria, las motivaciones de su peregrinar: “Rezar por el don precioso de la unidad y de la paz. [...] Una paz duradera, generada por la justicia, por la integridad, por la humildad, por el perdón y por el profundo deseo de vivir en armonía como única realidad”.
Y ¿qué es necesario para que esta paz llegue? “Que sea internacionalmente reconocido –afirmó el Papa– que el Estado de Israel tiene el derecho a existir y a gozar de paz y seguridad dentro de los confines internacionalmente reconocidos”. Pero hay otra parte. Que “sea igualmente reconocido –añadió– que el pueblo palestino tiene el derecho a una patria independiente y soberana, a vivir con dignidad y a viajar libremente”.
He aquí los dos pilares sobre los que el Papa Benedicto XVI quiso dejar claro que debe asentarse la paz en Tierra Santa. Pero para comenzarla a construir habrá, primero, que romper con el círculo vicioso de la violencia. Por eso clamó: “¡No más derramamiento de sangre, no más combates, no más terrorismo, no más guerra!”. No olvidó tampoco el papel fundamental que en este cometido tienen las tres grandes religiones monoteístas. En este sentido, señaló que “el diálogo trilateral debe seguir adelante, porque es importantísimo para la paz y también para que vivamos cada uno mejor nuestra propia religión”.
Sólo así, quizás algún día, se cumpla el deseo que proclamó todo un peregrino de la paz llamado Benedicto XVI: “Ojalá pueda instaurarse una paz duradera basada en la justicia, que haya una verdadera reconciliación y una verdadera curación”. Sin lugar a dudas, esa paz tan ansiada es lo que reclama esta tierra para ser santa.
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