Vocaciones Nativas Obras Misionales Pontificias España

8 de mayo de 2011: Jornada de Vocaciones Nativas


 

Jornada Vocaciones Nativas 2011

 

Por Jan Dumon
Secretario General de la Obra Pontificia de San Pedro Apóstol

 

 

     

No existe vocación sin misión

 

Cuando leo los evangelios, me sorprende siempre constatar que junto al relato y al testimonio de Jesucristo (su vida, su obra y su identidad más profunda), encontramos la historia de aquellos que han sido llamados para ser sus discípulos y testigos.

Apenas Jesús empieza a predicar, ya podemos leer que llama a algunos pescadores: “Venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres” (Mc 1,17). Esta expresión nos muestra ya claramente que la invitación a seguirlo implica al mismo tiempo una misión hacia los otros. Poco más adelante podemos leer que Jesús llama a los Doce “para que estuvieran con Él, y para enviarlos a predicar y con poder de expulsar los demonios” (Mc 3,14-15). Teniendo en cuenta que Jesús vivió enteramente empeñado en la misión que había recibido de su Padre –“Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra” (Jn 4,34)–, no se podía ser sus compañeros sin estar asociados a su obra. No es extraño, por lo tanto, que más tarde, Jesús envíe a los Doce de dos en dos (cf. Mc 6,7-13). El evangelio de Mateo dedica todo el capítulo 11 a este envío a la misión y a las características del discípulo misionero.

Hay que entender bien que el discípulo tiene necesidad de un largo aprendizaje y de una profunda conversión para purificar sus propios ideales, demasiado apegados a sus propios intereses y deseos, para poder llegar a ser un verdadero servidor-misionero del Evangelio. Solamente pasando a través de la prueba de la cruz, ellos podrán entender, en el encuentro con el Resucitado, que no se pertenecen a sí mismos, sino a Cristo, que les envía como testigos “a todas las naciones, empezando por Jerusalén” (Lc 24,47-48). Los Hechos de los Apóstoles y los otros escritos del Nuevo Testamento nos narran esta primera aventura misionera del primer siglo.

Desde el primer momento, aquellos que recibían el bautismo y el Espíritu, convirtiéndose así en cristianos, estaban llamados a compartir su nueva vida con los demás. Incluso una comunidad recién nacida, gracias al anuncio del Evangelio por parte de los misioneros que le habían sido enviados, estaba inmediatamente llamada a participar en el anuncio del Evangelio en su propio ambiente e incluso entre los más alejados.

Esta es la razón por la cual la Iglesia, a través de los siglos, ha impulsado el nacimiento de vocaciones sacerdotales y religiosas en las jóvenes comunidades de las tierras de misión. El movimiento inaugurado por Juana Bigard al final del siglo XIX, y que luego tomará el nombre de Obra Pontificia de San Pedro Apóstol, se inscribe, precisamente en este cuadro. Se trata de sostener, con la amistad, la oración y la recogida de medios financieros, a las jóvenes Iglesias en sus esfuerzos por asegurar una buena formación a los candidatos al ministerio presbiteral y a la vida religiosa.

Cuando Juana Bigard inició la Obra de San Pedro Apóstol, la mayoría de los europeos no consideraba una prioridad la formación de los sacerdotes autóctonos. Un complejo de superioridad entre algunos cristianos y misioneros, y una falta de confianza en que el Señor llamó “a los que Él quiso” (Mc 3,13), estaba en el origen de la convicción de que las Iglesias de reciente fundación eran todavía demasiado jóvenes para disponer de sus propios presbíteros y obispos, religiosos y religiosas. En contraposición con esta actitud, los papas han tomado la palabra en numerosas ocasiones. Quiero señalar aquí la llamada que Pablo VI lanzó en Kampala (Uganda), en 1969, pidiendo a los africanos que fueran misioneros en sus propias Iglesias locales y por todo el mundo. Después de más de cuarenta años, y de modo cada vez más amplio, las Iglesias de África, Asia y América Latina han tomado conciencia de su responsabilidad en la Iglesia universal de ser testigos de Jesucristo ante aquellos que todavía no lo conocen o aquellos otros que se han alejado de la fe. Al mismo tiempo estas Iglesias dan una gran importancia a la formación misionera de los cristianos y, en particular, de los presbíteros y seminaristas.

 

 

 

Profunda formación misionera

¿Cómo formar una persona para que sea misionera del amor de Dios en 2011? Pienso que podemos encontrar las orientaciones fundamentales siguiendo el camino por el cual Jesús ha convertido a los pescadores del lago de Galilea en “pescadores de hombres”.

Él los ha invitado, en primer lugar, a seguirlo en su camino. De este modo, ellos serán introducidos en el fundamento de su vida: su unión con ese Dios que Él llamará familiarmente, Abba, ‘papá’. Ellos ven cómo Él libra a las personas de sus males, de su aislamiento, de sus enfermedades, de los espíritus inmundos e, incluso, del peso de sus propios pecados. Ellos serán testigos de la acogida que Jesús ofrece a todos aquellos que en su ambiente o su religión eran considerados como personas poco recomendables para relacionarse, y de su oposición a los especialistas religiosos de su tiempo. Y viendo la increíble autoridad con la cual Él sigue su camino, con simplicidad y sin miedo, ellos comprenden, poco a poco, el secreto de su vida, tal como el evangelio de san Juan nos narra: “El Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre: lo que hace Él, eso también lo hace igualmente el Hijo” (Jn 5,19). Ser misionero no tiene nada que ver con un vendedor que vende su mercancía o un propagandista que intenta convencer a los otros de sus ideas. El misionero, como el mismo Jesús, no hace otra cosa que compartir aquello que él mismo ha recibido. Aprendiendo a través de las parábolas y las enseñanzas –a menudo como reacción a disputas y acontecimientos concretos– los futuros misioneros empiezan a entender el verdadero sentido de las palabras que su Maestro repite: “El Reino de Dios está cerca” (Mc 1,15). Ellos pueden, sobre todo, familiarizarse con el espíritu de este Reino, porque ellos están directamente asociados al estilo de vida de Jesús, a su oración, sus aptitudes y   reacciones ante los encuentros que “casualmente” suceden durante la ruta.

En la medida en que el candidato-misionero, hoy como en los tiempos de los apóstoles, es iniciado en el misterio del Reino de Dios, es invitado a la conversión, es decir, a cambiar sus actitudes espontáneas en un estilo de vida que se conforme a los valores del Reino de Dios, que significa, entre otras cosas, formar comunidades donde todos sean hermanos, en vez de asambleas donde los jefes hacen ver su poder sobre los otros, compartir en vez de acumular riquezas, perdonar en vez de vengarse, aprender a servir en lugar de buscar los mejores lugares, perder su vida, renunciando a sus propios intereses, ventajas y placeres, para ponerse al servicio de los demás y dar su vida por la vida de la multitud.

Es necesaria toda la vida para convertirse a un semejante estilo de vida y adquirir estos “reflejos evangélicos” capaces de superar los reflejos espontáneos que habitan dentro de cada persona humana. En este sentido, el seminario o el noviciado constituyen un tiempo fuerte y privilegiado para encaminarse hacia el “hombre nuevo” del que habla san Pablo: solo hombres nuevos pueden compartir el Evangelio y ser testigos creíbles. La evangelización no se realiza, en un primer momento, con acciones sistemáticas, sino que es, sobre todo, una presencia auténtica. Yo no puedo contar a los otros la historia de Dios con los hombres si esta no se ha convertido en mi historia personal.

Si el Evangelio de Jesucristo nos da las bases y las orientaciones de la formación misionera, muchos otros conocimientos son también preciosos. El cuarto evangelio nos dice que Jesús “conocía lo que hay en el hombre” (Jn 2,25). Un proverbio inglés dice: “El que quiere aprender el inglés de Juan tiene que conocer bien a Juan”. Un buen misionero debe tener una mirada atenta sobre “lo que hay en el hombre”, no solamente en el hombre en general, sino el hombre en la multiplicidad de las culturas y la complejidad de las sociedades. En un mundo cada vez más influenciado por las investigaciones científicas en todos los campos y por una mentalidad técnica, se necesita un espíritu misionero que exige un mínimo de conocimiento de este ambiente, y en todo caso, una mente abierta. No se aprende a ser misioneros si nos encerrarnos en nuestro propio mundo, donde uno se siente seguro y bien acomodado y donde la fe cristiana parece evidente.

 

 

Por la vida del mundo

 En la gran mayoría de las jóvenes Iglesias, los obispos, presbíteros, religiosos autóctonos han recogido el relevo de los misioneros extranjeros. Al mismo tiempo, ellos se encuentran delante desafíos que no se limitan a las comunidades y obras que los misioneros han dejado, sino que deben convertirse en fundadores de nuevas comunidades, acercándose a nuevos sectores de la sociedad, respondiendo con creatividad a las nuevas necesidades dentro de su propio ambiente y también respecto a los que están lejos.

Los evangelios de Marcos y Lucas (cf. Mc 1,35-39; Lc 4,42-44) cuentan un episodio que ilustra bien la actitud misionera que hay que tener hacia aquellos que se encuentran todavía alejados, recordándonos que no hay que quedarse tranquilos junto a los que se han acercado. El episodio nos narra cómo, después de un día en Cafarnaúm donde Él ha enseñado, expulsado demonios y curado a muchos de sus enfermedades, todo el mundo lo busca y quieren impedirle que se vaya. Pero Jesús reacciona: “También a otras ciudades tengo que anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, porque a esto he sido enviado” (Lc 4,43).

El misionero es siempre aquel o aquella que dejando el ambiente familiar va hacia aquellos o aquellas que están fuera de la comunidad. El buen pastor-misionero es aquel que toma la actitud de Jesús, que dice: “También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a esas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor” (Jn 10,16).

Las jóvenes Iglesias, incluso allí donde los primeros bautismos han tenido lugar hace menos de un siglo, manifiestan un espíritu misionero asombroso. En numerosas congregaciones y movimientos misioneros, fundados en los países de larga tradición católica, en la actualidad, la mayoría de sus miembros provienen de las jóvenes Iglesias. Muchos sacerdotes diocesanos de estas iglesias salen hacia otras diócesis de sus países o de otras naciones donde faltan presbíteros.

También en las Iglesias de Europa está trabajando un gran número de sacerdotes de las jóvenes Iglesias. No se trata solamente de un remedio a la falta de sacerdotes en Europa. Estos presbíteros, venidos desde Iglesias hermanas, son una expresión elocuente de la naturaleza profunda de la Iglesia, es decir, ser una comunidad universal; de aquí, precisamente, deriva el sentido de la palabra católico. Su presencia y ministerio les permite ser un signo de acción de gracias por la labor de los misioneros que un día llevaron el Evangelio a sus regiones, y que ha hecho que naciesen Iglesias capaces, ahora, de “ofrecer  sacerdotes y religiosos para el trabajo misionero y pastoral en todo el mundo, en signo de agradecimiento a Dios” (del Mensaje de la Asamblea de los representantes del Simposio de las Conferencias Episcopales de África y Madagascar y del Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa, que tuvo lugar en Abiyán, Costa de Marfil, del 10 al 14 de noviembre de 2010).

Por último, al acoger a los misioneros que vienen de más allá del mar, la Iglesia de Europa ofrece un testimonio elocuente al viejo continente de su fe en que en Cristo “no hay griego y judío; circuncisión e incircuncisión; bárbaro, escita, esclavo, libre, sino que Cristo es todo y en todos” (Col 3,11). ¿No es esta experiencia de fraternidad universal en un mismo Cristo la que atraerá pronto a miles de jóvenes a la JMJ de Madrid? Si Dios “tanto amó al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16), entonces, el mejor servicio que nosotros podemos ofrecer a este mundo es presentar al Dios de Jesucristo. Para que la globalización de nuestro mundo sea la globalización de la paz, de la justicia y del amor.