OMPRESS-ROMA (18-11-20) Fundado en 1980 esta institución ha dedicado toda su actividad a “acompañar, servir y defender”, como dice su lema, a cientos de miles de personas, haciendo realidad la visión de quien la fundó, el padre Pedro Arrupe, general de la Compañía y misionero en Japón durante muchos años. La actuación del Servicio Jesuita a los Refugiados ha ofrecido a tantos refugiados una atención a todos los niveles: sanitario, educativo, religioso, social.

La población con la que trabaja comprende a todos los que han sido apartados de sus hogares por los conflictos, los desastres humanitarios o las violaciones de los derechos humanos. Su actuación se despliega en 50 países en todos los continentes y beneficia a casi 680.000 personas. En sus 40 años de historia ha estado presente en conflictos como las guerras civiles en Centroamérica, en los Grandes Lagos africanos y Oriente Medio, siempre defendiendo los derechos de los refugiados, encarcelados, zonas de conflicto y áreas fronterizas desde la cercanía y el acompañamiento.

El Papa Francisco enviaba una carta al director internacional de este Servicio jesuita, el padre Thomas H. Smolich SJ, en la que recordaba “a los muchos hombres, mujeres y niños que buscan refugio y asistencia del JRS. ¡Que ellos y sus familias tengan siempre presente que el Papa está cerca y reza por ellos!”.

“El Padre Arrupe”, recordaba el Papa, “transformó su conmoción por el sufrimiento de quienes huían de su tierra en busca de seguridad tras la guerra de Vietnam en una preocupación profundamente práctica por su bienestar físico, psicológico y espiritual. Este deseo profundamente cristiano e ignaciano de aliviar la situación de quienes se encuentran en la desesperación absoluta ha inspirado y guiado el trabajo del JRS durante los últimos cuarenta años: desde sus inicios con los vietnamitas que huían por mar a principios de la década de los 80, hasta el día de hoy, en que la pandemia del coronavirus ha dejado claro que toda la familia humana está ‘en el mismo barco’, enfrentando desafíos económicos y sociales sin precedentes”.

“Son demasiadas las personas en el mundo”, proseguía el Santo Padre Francisco, “ las que todavía se ven obligadas literalmente a aferrarse a balsas y botes en un intento por encontrar refugio frente a los virus de la injusticia, la violencia y la guerra. Ante estas graves desigualdades, el JRS tiene un papel clave que desempeñar en la sensibilización sobre la difícil situación de los desplazados forzosos. Les corresponde a ustedes  la tarea vital de tender la mano de la amistad a los que están solos, separados de sus familias, o incluso abandonados, acompañándolos y dándoles voz, especialmente ofreciéndoles oportunidades para crecer a través de programas educativos y de desarrollo. Su testimonio del amor de Dios al servir a los refugiados y migrantes es, además, esencial para construir la «cultura del encuentro», que es la única que puede sentar las bases de una solidaridad auténtica y duradera por el bien de nuestra familia humana”. Concluía poniendo todo el apostolado que lleva a cabo el Servicio Jesuita a los Refugiados “en manos de la amorosa intercesión de María, Madre de la Esperanza y Consuelo de los Migrantes”.