OMPRESS-MADAGASCAR (11-01-19) “Akamasoa” es el fruto del compromiso iniciado en Madagascar en 1989 por el padre Pedro Opeka CM, de familia eslovena que emigró a Argentina en 1945 para escapar de la persecución contra los cristianos. “Akamasoa es una comunidad en la que se comienza un viaje para recuperar la propia dignidad, convertirse en personas responsables y respetadas, iniciar una nueva vida de trabajo, educación y disciplina, aceptando vivir en la Verdad y luchando cada día por la justicia”, explica el padre Opeka.

En el año 2004 “Akamasoa” fue reconocida oficialmente por la República de Madagascar como un proyecto de utilidad pública, cuyos resultados son notables. En cifras, hay 25,000 personas que se benefician de este proyecto social y viven en sus aldeas, donde hay dispensarios, lugares de trabajo para adultos y escuelas que ofrecen enseñanza a 13.000 niños. Cada año, hay 30.000 personas pobres que reciben ayuda con alimentos, medicamentos y ropa, mientras que hasta el momento se han construido 3.000 nuevas casas.

“Akamasoa” comenzó a existir en 1989, cuando el padre Pedro fue llamado por sus superiores en Antananarivo, la capital de Madagascar, para que colaborara en la formación de seminaristas. El padre Opeka, hijo espiritual de San Vicente de Paúl, comprendió entonces que la atención a los pobres nace allí donde viven los pobres, para “ayudarlos a ayudarse a sí mismos”. De ahí nació “Akamasoa”, que significa “buen amigo”, una ciudad donde no se vive de la asistencia sino de lo que cada uno en concreto logra hacer. El padre Pedro vio a jóvenes y ancianos viviendo en un vertedero, desenterrando residuos para encontrar comida y sustento. También vio que cerca del vertedero había una cantera de granito y comprendió que cualquier persona que estuviera dispuesta a trabajar podía producir ladrillos, piedras, losas y grava para vender a las empresas de construcción, recibiendo un pequeño salario con el que comprar arroz y alimentar a su familia. Y así, bajo la dirección del padre Pedro, los habitantes del vertedero se unieron, y comenzaron a entrever, a través del trabajo, un rayo de esperanza. Hoy, esta realidad, hecha posible gracias a la ayuda de todos, quiere ser un aviso que garantice que “Akamasoa” no sea un proyecto aislado, sino un ejemplo a copiar en otras partes del mundo.

“Akamasoa se basa en la alegría, la fraternidad, el trabajo, la lucha y, lo más importante, en la felicidad de nuestros niños. En Akamasoa hay niños que vivían una vida inhumana en un vertedero y ahora son verdaderos niños”, dice el padre Pedro, quien añade: “Nunca dejaré de mencionar la misa dominical, que es una verdadera celebración para todas las personas porque todos participan en ella: todos rezamos, bailamos, cantamos en comunión. Es una expresión de gratitud a Dios por toda la ayuda que ha brindado a este pueblo de buena voluntad. No hay una fórmula mágica para ayudar a los pobres. En cada país, cultura y civilización, siempre habrá siempre gestos diferentes, enfoques diferentes, pero todos deben ser dictados por el amor. Cuando nos mueve el amor, sabemos que hemos elegido el camino correcto”.