OMPRESS-FRANCIA (19-12-18) Anne-Marie Javouhey nació el 10 de noviembre de 1779 en Chamblanc, en la Borgoña francesa, en un ambiente sencillo y lleno de fe: todavía era niña cuando estalló la revolución francesa que acarreó grandes trastornos para la Iglesia, con persecuciones de los fieles y de las órdenes religiosas. Esta persecución no favoreció precisamente el discernimiento de Anne-Marie, que no tenía un director espiritual a quien dirigirse. Finalmente, el 11 de noviembre de 1798, en la clandestinidad, Anne-Marie Javouhey se consagró a Dios. Se convirtió en religiosa profesa en Chalon-sur-Saône el 12 de mayo de 1807, dando inicio a la Congregación de las Hermanas de San José.

La instrucción y educación de los pobres se convirtieron en las piedras angulares de su actividad, lo que la llevó a abrir pequeñas escuelas. Además, en 1810, durante la guerra con España, junto con las hermanas, prestó asistencia hospitalaria. En 1812, su padre compró el antiguo convento de los Récollets en Cluny, donde organizó su primer noviciado. Desde ese momento en adelante, el nombre de Cluny estará vinculado al de las Hermanas de San José.

Su capacidad en el campo educativo llamó la atención de Desbassyns de Richemont, intendente de Ile Bourbon, un departamento francés en el Océano Índico (la actual isla de La Reunión), quien le pidió que educase a los jóvenes locales. Anne-Marie Javouhey se había preparado toda su vida para esa tarea y, así, el 16 de enero de 1817, cuatro jóvenes hermanas abandonaron Rochefort para comenzar la actividad misionera: pronto se ampliaron los horizontes de su Congregación y, tras la isla de La Reunión, las hermanas de la Congregación de San José llegaron a Saint-Louis, Senegal, y a Goree en 1819, a La Guyana y a Guadalupe en 1822, a Martinica, a San Pedro y Miquelón en 1826, a Pondicherry en 1827, a Tahití en 1844, a algunas pequeñas islas de Madagascar y a Mayotte en 1846, a las islas Marquesas en 1847.

Anne-Marie Javouhey soñaba con formar “apóstoles” indígenas que pudieran hablar de Dios a sus propios hermanos mejor que cualquier otro y se empeñó en llevar a jóvenes africanos a Francia para que se instruyeran, a costa de su Congregación, convirtiéndose en sacerdotes o maestros. Tres de ellos llegaron al sacerdocio en 1840 y fueron los primeros sacerdotes africanos.

Anne-Marie Javouhey en África se hizo más consciente de su misión: educar para que cada persona pudiera tomar el control de su propia vida, ser autosuficiente e integrarse en la sociedad, reconocer la dignidad e igualdad de hombres y razas (incluida la abolición de esclavitud), promoviendo la evangelización de la población local a través de fieles que pertenecieran a su misma comunidad y a quienes había que abrir las puertas del sacerdocio.

Durante su servicio, tuvo que vencer prejuicios, afrontar maldades, luchar contra la hostilidad, no sólo de los colonos, sino también de religiosos y religiosas, y sufrir persecución por parte de las autoridades eclesiásticas que intentaron devolver a la diócesis la congregación fundada por ella. Convencida de que todos somos hijos del mismo Padre, la Madre Javouhey vivió una total confianza en Dios: “Nunca tengáis miedo de vuestra fortaleza cuando confiéis en Él. Solo Dios puede alejarte de todo”. La madre Javouhey murió en París el 15 de julio de 1851 y fue beatificada por el Papa Pío XII, el 15 de octubre de 1950.

 

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