OMPRESS-FRANCIA (19-02-19) Nacida el 24 de octubre de 1904 en Mussidan, en Dordoña, Anne-Marie Madeleine Delbrêl durante su juventud no estuvo especialmente cerca de la fe, distraída por el pensamiento laico y positivista de su tiempo. La conversión, que comenzó a la edad de 20 años tras una adolescencia atea, se completó a los 29, cuando realizó una opción radical de vida en sentido cristiano. Anne-Marie Madeleine comprendió que Dios ama el mundo de hoy, que no es ni mejor ni peor que el mundo antiguo: Jesús continúa dando su vida para salvarlo.

A los 29 años, tras estudiar para convertirse en trabajadora social, se estableció con algunas compañeras en una chabola al final de una calle sin salida, en el barrio parisino de clase trabajadora de Ivry-sur-Seine. Anne-Marie Madeleine eligió esta profesión porque quería convivir con hombres y mujeres, compartiendo cada momento del día: era poeta y mística, mujer de oración y acción, ansiosa por ofrecer a una sociedad secularizada y a la Iglesia un testimonio de vida cristiana en diálogo con el ateísmo y la miseria en todas sus formas.

Anne-Marie Madeleine no escatimó esfuerzos en medio de una población incrédula y pobre, convencida de que era necesario trabajar para formar una multitud de mujeres y hombres ricos en dulzura y humildad. Para ella, la única manera de anunciar el Evangelio era hacerlo viviendo la dulzura y la humildad de Cristo. Así se desarrolló su misión en Ivry, donde le fue posible hablar de Cristo solo en la humildad de una presencia capaz de acogida a los pobres.

En la periferia industrial de Ivry, el marxismo fue el motivo de su confrontación con el ateísmo. “Misionera sin barco”, anunció el Evangelio como la Buena Nueva que da la vida verdaderamente feliz. “Anne-Marie Madeleine Delbrêl”, escribió el padre Jacques Loew, amigo de San Pablo VI que lo llamó a predicar los ejercicios espirituales de la Cuaresma de 1970, “dedicó su vida a la lucha contra las injusticias sufridas por los hombres y a vivir libre y públicamente el Evangelio en medio del mundo”.

Contemplativa y activa al mismo tiempo, mujer de profunda complejidad y pequeña hermana espiritual del beato Charles de Foucauld y de Santa Teresa de Lisieux, Anne-Marie Madeleine, por su testimonio de vida y sus ideas sobre la misión, fue tenida en consideración en las fases de preparación del Concilio Ecuménico Vaticano II. Es digna de recordar su respuesta, titulada “Ateísmo y evangelización”, a la solicitud que monseñor Sartre, Arzobispo emérito de Tananarivo, Madagascar, le hizo en nombre de la Comisión para las Misiones establecida por la Congregación de Propaganda Fide sobre la misión en el entorno marxista.

Anne-Marie Madeleine Delbrêl realizó numerosos viajes en nombre del Evangelio, entre ellos, a Varsovia, a Roma, a Abiyán y Edimburgo. En Abiyán, por ejemplo, se reunió con grupos de jóvenes africanos y numerosas personas que trabajaban en los barrios de chabolas. Fue recibida por el Arzobispo monseñor Bernard Yago, el futuro primer cardenal de Costa de Marfil, que la acompañó con su automóvil a la ciudad, permitiéndole captar algunos aspectos de su responsabilidad episcopal.

El 13 de octubre de 1964, Anne-Marie Madeleine fue encontrada sin vida, entre la cama y el escritorio, dos días después del 31 aniversario de su primera llegada a Ivry. Sobre Madeleine, San Juan Pablo II declaró en 2004: “Participó en la aventura misionera de la Iglesia en Francia en el siglo XX, en particular en la fundación de la Misión de Francia y de su seminario en Lisieux”. Por decreto publicado en enero de 2018, el Papa Francisco reconoció las virtudes heroicas de Madeleine Delbrêl.