OMPRESS-BURKINA FASO (18-02-19) El misionero asesinado en Burkina Faso este viernes, Antonio César Fernández, escribía a las Obras Misionales Pontificias, en la celebración del Domund de 2013. Entonces estaba en Costa de Marfil. De la carta se desprende el profundo entusiasmo misionero de este religioso:

“De niño me gustaba oír a los misioneros que pasaban por el colegio salesiano de Pozoblanco. Me hice salesiano a los 17 años. Me gustaban las misiones. De sacerdote en España organizábamos misiones en los pueblos de la sierra, con grupos de jóvenes. Después de mucho insistir, me enviaron por fin a África. Era el sueño de mi vida: compartir con los que tiene menos. Compartir mi vida, mi trabajo, mi vocación salesiana y sacerdotal. Me preocupaba el problema de la evangelización de tantas gentes en el mundo y yo sentía que mi vida estaba allí. Me enviaron a Togo con otros dos hermanos. Allí vivimos durante dos años una experiencia única. Fundar una misión, partir casi desde cero. Creo que ha sido de las experiencias más bonitas que he vivido en mi vida. Mi sueño se realizaba. Me di cuenta, con el tiempo, que no era yo el que daba sino que era la gente la que me daba a mí lecciones de humanidad, de religiosidad, de paciencia, de compartir. He aprendido mucho. Al principio uno se siente un poco Quijote y cree que va a redimir al mundo. Poco a poco uno se da cuenta que Salvador no hay más que uno, Jesús. Y que lo que nosotros hacemos es colaborar con Él, compartir lo que hemos recibido de Él. Al compartir, uno se enriquece. Esta es la experiencia de mi vida misionera”.

La carta cuenta las muchas necesidades que tienen: escuelas, alfabetización, lucha contra la enfermedad, formar personal autóctono, y hacer obras, nuevas y reparación de las antiguas… “Cuando uno hace un don por las misiones lo que está haciendo es beneficiarse, recibir, enriquecerse. Pues compartir es eso. Sé que para muchos, como para mí cuando hacíamos las campañas del Domund, dar un simple donativo sabe a poco, uno querría dar su vida. Sé que muchos, jóvenes y mayores, desearían sinceramente vivir esta experiencia. No siempre es posible. A veces hay que limitarse a hacer un don. El mundo no es tan malo como a veces pensamos. Hay personas sensibles, con ganas de hacer algo por los otros, y CON los otros. Y esas personas son muchas. Probablemente tú te encuentras entre ellas. Enhorabuena. Tú allí, con tus límites y pecados, yo aquí con los míos, pero todos podemos responder a la llamada del Señor de hacer un mundo más solidario y más reconciliado; salir de nosotros, abrirnos a horizontes más amplios. Y tender una mano, sí tender una mano, la vuestra, a tantos pobres que no tiene medios pero que os pueden enriquecer con su pobreza, que nos dan lecciones, de los que tenemos mucho que aprender. Me encantaría contaros cosas de por aquí. Otra vez será. Y no dejéis de rezar por nosotros y por la evangelización en el mundo. El Señor sigue suscitando misioneros, religiosos-as, sacerdotes y seglares, voluntarios, para compartir su vida, para descubrir y vivir cada día que dándose, uno se enriquece. Para experimentar el gozo de anunciar a todos que Dios Padre nos quiere a rabiar por muy trastos que seamos. Venga, a rezar; yo por vosotros y vosotros por mí y por esta gente maravillosa pero que lo está pasando regular. Gracias. Vuestro amigo César (un viejo de casi setenta años, pero con ganas de seguir en la brecha. Mientras el cuerpo resista, aquí estamos)”.