“«Aquí estoy, mándame» (Is 6,8). Es la respuesta siempre nueva a la pregunta del Señor: «¿A quién enviaré?» (ibíd.). Esta llamada viene del corazón de Dios, de su misericordia que interpela tanto a la Iglesia como a la humanidad en la actual crisis mundial”; son palabras de Francisco en el mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2020 publicado el domingo de Pentecostés.

Cada palabra del texto del profeta Isaías tiene en sí misma una tremenda profundidad; es el resumen de toda vocación divina y respuesta humana. Además, estos aspectos de la vocación se evocan en el mensaje del Papa: Aquí hace referencia a “la actual crisis mundial”, al “hoy de la Iglesia y de la historia”; estoy es la conciencia de que “la vida constituye ya una invitación implícita a entrar en la dinámica de la entrega de sí mismo”; mándame, por último, es “la invitación a salir de nosotros mismos por amor de Dios y del prójimo”. Pues, como dice el Santo Padre, “Dios continúa buscando a quién enviar al mundo y a cada pueblo, para testimoniar su amor, su salvación del pecado y la muerte, su liberación del mal (cf. Mt 9,35-38; Lc 10,1-12)”.

En su mensaje, el Papa propone continuar el programa impulsado por el Mes Misionero Extraordinario que se recogía en el lema: “Bautizados y enviados: la Iglesia de Cristo en misión en el mundo”. Este programa coincide con el de todo su pontificado: “la conversión misionera”. Para ser real tiene que darse en las concretas circunstancias que estamos viviendo todos, “la actual crisis mundial”. El Papa las ve como una interpelación desde la realidad que se convierte en una propuesta de salida misionera. En este contexto, se da “la llamada a la misión, la invitación a salir de nosotros mismos por amor de Dios y del prójimo […] La misión que Dios nos confía a cada uno nos hace pasar del yo temeroso y encerrado al yo reencontrado y renovado por el don de sí mismo”. Porque el origen de la misión está en la cruz; en ella “se cumple la misión de Jesús”, se manifiesta el amor de Dios que nos amó primero, enviando a su Hijo: “Él es Amor en un movimiento perenne de misión, siempre saliendo de sí mismo para dar vida”.

Jesús con su amor nos atrae y su Espíritu “anima a la Iglesia, nos hace discípulos de Cristo y nos envía en misión al mundo y a todos los pueblos”. Así toda la vida cristiana se entiende como vocación: “Dios siempre nos ama primero y con este amor nos encuentra y nos llama”. Para el Papa la vocación tiene su origen en la dignidad humana: “Haber recibido gratuitamente la vida constituye ya una invitación implícita a entrar en la dinámica de la entrega de sí mismo”. Por el bautismo esta semilla madura “como respuesta de amor en el matrimonio y en la virginidad por el Reino de Dios”, ya que “la vida humana nace del amor de Dios, crece en el amor y tiende hacia el amor”.

“La misión es una respuesta libre y consciente a la llamada de Dios”, si bien la llamada a salir, a la misión, solo se percibe cuando vivimos “una relación personal de amor con Jesús vivo en su Iglesia”. Por eso el Papa lanza estas 3 preguntas: “¿Estamos listos para recibir la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida?”; ¿Estamos dispuestos a ser enviados a cualquier lugar para dar testimonio de nuestra fe en Dios?”; ¿Estamos prontos, como María, Madre de Jesús, para ponernos al servicio de la voluntad de Dios sin condiciones (cf. Lc 1,38)? La respuesta tiene que darse “en el hoy de la Iglesia y de la historia” por medio de los cuales Dios nos habla y se convierten en “un desafío para la misión de la Iglesia”.

«Aquí estoy, mándame» (Is 6,8). Es la respuesta siempre nueva a la pregunta del Señor: «¿A quién enviaré?» (ibíd.)”. El mensaje del Papa recoge elocuentemente la preocupación de Dios de encontrar “a quién enviar al mundo y a cada pueblo” y la necesidad de la respuesta a la misión de cada bautizado. La crisis actual de la pandemia nos ha hecho “experimentar nuestra fragilidad humana; pero al mismo tiempo todos somos conscientes de que compartimos un fuerte deseo de vida y de liberación del mal”. La invitación del Papa en su mensaje es a experimentar la vida como una vocación que viene de Dios y se concreta en la misión de servicio a los demás. En estas circunstancias que no podemos eludir el cuestionamiento que el Papa nos dirige para escuchar a Dios y responder con todo el corazón:

  • ¿Cómo vivo la crisis mundial? ¿Estoy preocupado solo por mí mismo o siento la angustia, el dolor y la tragedia de mis hermanos?
  • ¿Qué hago con la vida que he recibido gratuitamente? ¿Respondo a Dios desde el amor? ¿Me doy a los demás?
  • ¿Estoy listo para sentir al Espíritu? ¿Estoy dispuesto a ser enviado? ¿Estoy pronto para servir a la voluntad de Dios?

Muchos jóvenes ya se han sentido interpelados por la realidad “en la vida ordinaria de todos los días” y han respondido a Dios con creatividad misionera; en medio de los acontecimientos que tenemos que vivir, “es posible vivir la misión si le pedimos a Jesús que nos ayude a ‘discernir y encontrar el pulso del Espíritu’ que sin lugar a duda nos llevará a ser misioneros”, aunque no salgamos a una experiencia de #VeranoMisión. El mensaje de Francisco tiene especial importancia para los jóvenes, porque nos anima a ser misioneros, a seguir saliendo para testimoniar el amor de Dios, su salvación y su liberación.

Con este mensaje, Francisco también nos deja un precioso programa de pastoral vocacional misionera, sea “en la vía del matrimonio como de la virginidad consagrada o del sacerdocio ordenado”, con la disponibilidad “a ser enviados a cualquier lugar” y ponerse “al servicio de la voluntad de Dios sin condiciones (cf. Lc 1,38)”. Como resume el Papa: “Esta disponibilidad interior es muy importante para poder responder a Dios: ‘Aquí estoy, Señor, mándame’”.