OMPRESS-NÍGER (23-09-20) Se cumplen dos años del secuestro del misionero Luigi Maccalli. Un compañero suyo de misión en Níger asegura a Popoli e Missione, la revista de las Obras Misionales Pontificias en Italia, que Luigi sigue vivo. Mauro Armanino, misionero de la Sociedad de Misiones Africanas (SMA) en Niamey, la capital de Níger, relata la esperanza que experimenta la comunidad local de recuperar a su hermano en la misión, Pierluigi Maccalli, desaparecido la noche del 17 de septiembre hace dos años.

“En Bomoanga, en la comunidad donde trabajó el padre Maccalli hasta el día de su secuestro, dan por descontado que está vivo. La gente no tiene dudas: que vuelva, dicen, es sólo cuestión de tiempo. Hay confianza pero también mucho miedo”, dice el misionero. Luigi es una de las muchas víctimas (cientos de secuestrados) de los grupos armados de matriz yihadista que tienen ya el control de gran parte del país. “Los grandes grupos islamistas”, añade el misionero, “no se han atribuido la autoría del secuestro, pero sabemos que estos pequeños grupos armados radicales, presentes aquí en Níger desde hace al menos diez años, tienen el control de toda la zona más alejada de la capital”.

“Como todos los años desde aquel 17 de septiembre de 2018, cada vez que se acerca la fecha, tenemos un período de oración y ayuno; pero no imaginen marchas o manifestaciones por la liberación de Pierluigi -explica el misionero-, aquí no es posible hacerlo: mucha gente común, gente del lugar, e incluso varios extranjeros, siguen en manos de los secuestradores y no es posible movilizarse por ellos”. Aún así la comunidad cristiana de Bomoanga, guiada por el obispo Djalwana Laurent Lompo, todavía está muy ligada al padre Maccalli y sigue sufriendo por él.

“Para el obispo Laurent, perteneciente a la etnia local predominante en el pueblo donde vivía Gigi, este secuestro es una herida abierta”, dice Armanino. “Y lo es por varias razones: en primer lugar por la responsabilidad que siente que tiene. Todos los misioneros están bajo la protección del obispo de la diócesis de referencia, pero Mons. Lompo siente este vínculo aún más fuerte porque él es del lugar. ¡Es como si no hubiera podido protegerlo lo suficiente! Lo siente como un ataque personal y sé que está en contacto constante con las autoridades locales”.

El misionero describe una realidad cotidiana hecha de gran fragilidad, inseguridad y hambre en Níger: “Hay que imaginarse que no solo falta de todo en Bomoanga y sus alrededores, sino que desde que el padre Pierluigi fue secuestrado, los demás sacerdotes y misioneros que vivían en los alrededores han sido trasladados a la ciudad”. Las aldeas vecinas “son tan inseguras que la gente sabe que si se quedan en estas zonas, tarde o temprano serán asesinados o secuestrados. Por eso todos huyen”. Es una especie de Lejano Oeste en el desierto africano, continúa el misionero, “en el que la comunidad cristiana se pregunta tres cosas: cómo mantener la fe, qué comer y dónde vivir físicamente”.