OMPRESS-MADRID (28-05-18) El arzobispo de Ayacucho, Mons. Salvador Piñeiro, valoraba la labor de los misioneros llegados de España a la tierra de la que es pastor. Lo hacía a su paso por la sede de las Obras Misionales Pontificias, el pasado jueves 24 de mayo.

“Ayacucho es una diócesis muy antigua. A mitad de camino entre Lima y el Cuzco. Con un clima muy bondadoso y gente muy acogedora. Para los misioneros de la primera evangelización, era una estación de descanso, de reciclaje, de estudio”. Mons. Piñeiro recordaba la evangelización fundante que llevaron a cabo los primeros misioneros, que traían todo su estilo sevillano, con los pasos, las procesiones, las imágenes. También recordó que Ayacucho, desgraciadamente, ha conocido el terror. Allí nació Sendero Luminoso, con más de 70.000 muertos, y más de 16.000 desaparecidos.

“Cuánto tengo que agradecer la presencia de misioneros”, decía el arzobispo. Y recordaba a uno de ellos, amigo suyo, el sacerdote Santiago Javier Obón Molinos, de Tortosa: “Cuando cumplió sus 25 años de sacerdote, le pidió la gracia a su obispo de ir a la misión. Y llegó a Ayacucho, pasó 22 años entregado a la obra misionera. Fundando parroquias, centros de asistencia para niños. Hace dos años la enfermedad lo marcó y en dos meses se fue. Un cáncer al páncreas. Yo le dije que el tratamiento iba a ser muy largo. Nos vamos a Tortosa para que te atiendan. No, me dijo, me llevas a Ayacucho y entrego mi vida por la arquidiócesis. Y la víspera de Cristo Rey cerraba sus ojos al mundo, se abría su alma a Dios. Verdaderamente el sepelio, las despedidas parecía un acto de beatificación, todo el pueblo se volcó y acudió”.

“Les tengo que agradecer a los misioneros de la primera hora, que trajeron el Evangelio, y también a esos misioneros que siguen acompañando”, y recordó a los misioneros de Granada, a los que ha tenido oportunidad de visitar y dar las gracias en este viaje, a los de Toledo, a los de Mallorca. “Cuánto tenemos que agradecer la presencia de misioneros venidos de España, que nos han dado su cariño, su tiempo. El Papa Francisco en su viaje a Perú bendecía a una gran misionera, la madre Covadonga, asturiana, 95 años, que todavía sigue activa y sigue yendo a la cárcel. También están cuatro religiosas vascas, de Oñate, que levantaron un monasterio hace 50 años también tienen la fatiga, cuánto tenemos que agradecer esa cercanía, esa ayuda misionera”.

 

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