Los kikuyu vivían en Kenia. Eran corpulentos y estaban todo el día peleándose como leones, llenos de lanzas y flechas. Las mujeres kikuyu tenían una risa tan escandalosa que hacía temblar hasta a las hojas de los árboles. Sin embargo, Irene había deseado estar con ellos desde pequeña, y ahora, en África, ya podía ser su amiga. Lo primero que hizo fue irse a trabajar a las plantaciones de café para escucharles hablar todo el día y así aprender su lengua (que era bastante difícil).

Ser misionera era lo que más había querido en el mundo aunque para ello tuvo que dejar a su familia y su bonita casa del norte de Italia. Allí, Irene había crecido feliz, sobre todo junto su madre, Annunziata, a la que cuidó durante mucho tiempo ya que estuvo muy enferma. Annunziata contagió a su hija su enorme fe pero nunca consiguió enseñarle algo tan común como era coser. Aunque Irene se esforzaba por aprender, ese tipo de tareas no se le daban bien. A ella lo que más le iba era visitar a los pobres en sus chabolas, eran su gran pasión. Sus padres, también muy caritativos, la animaban a hacerlo e incluso le daban comida para que se la llevara. Ella también se privaba de su fruta o de monedas para compartirlas con estos amigos tan especiales.

Dios había hecho a Irene dos regalos que la “entrenarían” como misionera: este amor a los pobres y la humildad. Desde niña, pedía a otros que le dijeran sus defectos para corregirse o aceptaba que la regañaran por cosas que no había hecho.

Ya siendo misionera en África volvió a demostrar ese amor a los pobres en los paupérrimos hospitales de Tanzania, un país en guerra, donde faltaba de todo, hasta el agua. Los enfermos yacían sobre un montón de hierba seca, y olía todo tan mal que a Irene le costaba mucho aguantar cerca de ellos para curarlos. Al final lo hacía con tanto cariño, que cada tarde esperaban ansiosos su visita ¡y bautizó a unos 3.000 antes de morir!

Terminada la guerra en ese país, Irene regresó a Kenia para trabajar en la escuela de los kikuyu. Se preocupaba tanto por los niños, que si alguno faltaba, iba a buscarlo a su chabola aunque tuviera que caminar durante horas hasta un pueblo lejano.

Y si de niña Irene acudía sin poner excusas siempre que la necesitaban, de misionera ese fue uno de sus grandes rasgos. Había un anciano al que llamaban por su edad “el abuelo de los abuelos”. Vivía solo en una cabaña casi más vieja que él y a la que Irene tenía que entrar arrastrándose por el suelo. Aunque era muy cascarrabias, ella confiaba en que algún día se ablandaría. Después de 6 años de visitas, al fin pudo hablarle de Dios. El abuelo le pidió que lo bautizara y así lo hizo poniéndole el nombre de su padre: Giovanni. Irene estaba tan feliz de haber acercado a este anciano a Dios que, en seguida olvidó todos los esfuerzos.

El milagro que hizo beata a Irene:  En 1989, cientos de personas estaban atrapadas en una iglesia de Mozambique. Llevaban días sin agua ni comida. Todos a una, pidieron ayuda a Sor Irene y de pronto el agua de la pila bautismal comenzó a salir a borbotones y les dio de beber durante días.

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