OMPRESS-ECUADOR (11-12-18) Mercedes de Jesús Molina fue proclamada beata por San Juan Pablo II durante su visita pastoral a Ecuador, en Guayaquil, el 1 de febrero de 1985. En aquella ocasión, el Santo Padre fijó su memoria litúrgica el 12 de junio. La Conferencia Episcopal de Ecuador, el 24 de abril de 2015, durante la 137 Asamblea Plenaria de los Obispos, ha declarado a la beata Mercedes de Jesús Molina materna patrona de los misioneros ecuatorianos “ad gentes”.

Mercedes nació en la provincia de Los Ríos, departamento de Guayaquil, el 20 de febrero de 1828, llenando de amor y alegría la casa de sus padres, Miguel Molina y Rosa Ayala. Habiendo perdido a sus padres precozmente – a los dos años el padre y, a los quince, la madre – Mercedes fue confiada a su hermana mayor y se trasladó a Guayaquil, donde pudo disfrutar de toda la comodidad que le otorgaba su gran herencia. Pronto encontró el amor: un joven quedó fascinado por su belleza, por su dulzura y pureza, y la pidió por esposa. Sin embargo, un día, durante un paseo con la familia de su novio, Mercedes se cayó del caballo y se fracturó un brazo. Durante el periodo de rehabilitación, contemplando a Jesús en el camino del Calvario, la joven rompió su promesa conyugal, a pesar de la cercanía del día de la boda, decidiendo desde aquel momento en adelante amar y dedicar su vida solo a Dios. Mercedes no fue ya la misma, otros intereses ocuparon su corazón, los mismos intereses de Dios. Inició así una vida de penitencia, mortificación y ayuno. Aunque todavía vestía lujosos vestidos, llevaba sobre el cuerpo instrumentos de penitencia. Acompañada por un director espiritual, en aquellos años Dios se le manifestó muchas veces a través de visiones y locuciones. Mercedes dejó finalmente la comodidad de la casa de su hermana María, despojándose de cualquier posesión, dinero, joyas, vestidos preciosos. Entró a formar parte de la casa de las Recogidas, en Guayaquil, aceptando con humildad un gallinero como habitación. Se convirtió en una tierna madre para las jóvenes huérfanas, cuyo corazón conquistó. En 1870, los padres jesuitas la invitaron a una misión situada en la parte oriental de Ecuador. Mercedes era tan pobre que, para emprender su viaje misionero y para su supervivencia, tuvo que pedir limosna por las calles de Guayaquil. Recorrió caminos difíciles e intransitables en los que la mula sobre la que viajaba se cayó varias veces, afortunadamente sin que ella se lastimases, y experimentó el frío y la soledad de la noche. Los poderosos ríos de la Amazonía ecuatoriana amenazaron muchas veces con interrumpir su viaje. Sin embargo, ninguna de estas experiencias extremas logró apagar el fuego por la misión que ardía en su corazón. Fue la primera mujer ecuatoriana en adentrarse en esta zona de la selva y pronto se convirtió en un consuelo para la tribu Shuar, curando las heridas materiales de sus miembros y brindándoles consuelo espiritual. Debido a una epidemia de viruela, las condiciones de salud de los padres misioneros empeoraron hasta tal punto que se vieron obligados a abandonar la misión. Mercedes se quedó sola con dos compañeras. Unos meses después, el obispo de Cuenca les pidió también que abandonaran la misión. Mercedes, sin embargo, no tuvo la intención de abandonar a sus “pacientes” y pidió permanecer en la misión hasta que se superara la emergencia. Sin perder la alegría de anunciar siempre la Buena Nueva, cuando los Shuar superaron la epidemia de viruela, Mercedes fue a Cuenca y fundó allí un orfanato. Después de tres años, se fue a Riobamba, donde el 14 de abril de 1873 fundó la primera congregación religiosa ecuatoriana femenina con el nombre de Instituto de Santa Mariana de Jesús, de la que ella misma adoptó los votos. El Señor la llamó el 12 de junio de 1883.

Mercedes vivió las devastaciones y el dolor de la guerra entre las tribus de Méndez y Gualaquiza, afrontando al lado de los Shuar la plaga de la viruela que diezmó la población. Curó a los enfermos con dulzura y ternura dentro de una tienda-hospital improvisada. Se quedó junto a los pacientes durante todo el curso de la epidemia: los animó con la palabra, los curó con las manos, los amó con el corazón.

 

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