Marcelo Callo fue un niño scout, lleno de coraje y grandes ideales. Tenía un gran corazón y madera de líder: con 12 años ya era responsable de los scouts, y con 17, presidente de un grupo de jóvenes obreros cristianos (JOC). En su época, los trabajadores tenían el autoestima por los suelos, y Marcelo les ayudó a sentirse valiosos y a no ver el trabajo como un castigo. Siempre estuvo convencido de esto, también cuando los alemanes le reclutaron para realizar trabajos forzosos durante la Segunda Guerra Mundial.

Marcelo nació en Rennes, una tranquila ciudad francesa. Allí vivía con sus padres y sus ocho hermanos. A los 12 años comenzó a trabajar como aprendiz en una imprenta. Sus compañeros le incomodaban con conversaciones groseras y con sus continuas quejas. Él aprovechaba el tiempo para hablarles de Jesús y ayudarles en todo lo que podía. Poco a poco fue ganándose su cariño. Comenzaron a acompañarle a Misa y dejaron de protestar al comprender que con el trabajo podían ser colaboradores de la obra de Dios. “Sin Jesús, nuestro esfuerzo no serviría para nada”, solía decir.

Hasta aquí, la vida de Marcelo había sido bastante normal. Pero las cosas cambiaron cuando Alemania invadió Francia al estallar la guerra. Su ciudad quedó destruida por las bombas; el edificio donde trabajaba su hermana se derrumbó y Marcelo la encontró bajo los escombros. Ese mismo día se enteró de que los alemanes le habían reclutado para trabajar en una fábrica de aviones en Turingia (Alemania). Esto aumentó el dolor de sus padres y de Margarita, su novia, con quien ya pensaba en casarse. Aunque no le quedaba otra opción porque no podía negarse, decidió que no iría “como un simple trabajador, sino como misionero, para dar a conocer a Jesús”.

A pesar de sus buenas intenciones, al principio lo pasó muy mal; en la fábrica pasaba de pie 10 horas al día, sus compañeros eran muy maleducados, no había iglesias donde ir a rezar… Se encontraba perdido. Pero Jesús le hizo reaccionar pidiéndole que se ocupara de sus compañeros, como había hecho en Francia. Hacerlo, le devolvió la alegría.

La policía alemana vigilaba a Marcelo porque no le gustaba lo que hacía y le detuvo, en marzo de 1944, por considerar que era “demasiado católico”. Fue encarcelado en la prisión de Gotha hasta que en septiembre le condenaron a un campo de concentración, un lugar mucho peor que la cárcel. Allí se puso enfermo y murió poco después, con sólo 23 años.

A pesar de todo mantuvo siempre la alegría, porque para él “resultaba muy dulce sufrir por aquellos a quienes se ama”. Y Marcelo lo había ofrecido todo a Dios por su familia, su prometida y sus compañeros.

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