OMPRESS-MADRID (31-05-18) José Montes Martín es un laico malagueño que vive la misión en Chad. Miembro de los Misioneros de la Esperanza (Mies) escribe animando a sumarse a la misión:

“Esta experiencia misionera que vivo en Chad, como creo que son y han sido a lo largo de dos milenios otras innumerables que se realizan en nombre de Jesucristo y por los valores de su Evangelio, es algo indescriptible para mí desde la lógica humana normal, porque me faltan razones y justificaciones, pero, a la vez, es ciertamente algo extraordinario desde la sorprendente y maravillosa «ilógica» del plan de Dios.

Yo me atrevo a recomendar a cualquiera que quiere ser seguidor del resucitado, que sea consecuente con la inseparable llamada al apostolado -discípulo y apóstol- y que se abra a la posibilidad -si es que Dios lo quiere y lo propicia- de salir de sus mundos habituales para ir a anunciar en cualquier parte del mundo aquello que ha venido a ser fundamento de su vida, especialmente allí donde más lo esperan y lo necesitan.

En pocas palabras: os animo a plantearos venir, haréis bien, os hará mucho bien, insisto, si Dios lo quiere así para vosotros. Pero, a la vez, me siento obligado a decir que nadie debería esperar de la misión lo que ésta normalmente no ofrece. Quisiera aportar algo para desmontar cualquier construcción fantasiosa idealizada sobre la misión cristiana y también, en un sentido estrictamente laico, sobre la cooperación voluntaria al desarrollo en países empobrecidos o subdesarrollados que, aunque no son lo mismo, tienen muchas cosas bastante coincidentes, ya que entiendo que la misión debe contener siempre acciones de desarrollo integral como algo consustancial con el Evangelio.

Y es que las cosas que se hacen en estos lugares, al menos las que hacemos aquí y conocemos de otros, son muy normales, nada deslumbrantes. En nuestro caso, acogemos y atendemos en un centro educativo a niños y jóvenes en situación de gran vulnerabilidad y les acompañamos durante algunos años hacia una inserción familiar y comunitaria. Madrugamos, trabajamos con normalidad y cotidianeidad, con éxitos y fracasos; intentamos hacer las cosas bien, pero muchas veces nos salen mal; conducimos camionetas, hacemos cuentas, muchas cuentas que deben cuadrar, discutimos con los trabajadores y proveedores, corregimos cosas, nos corrigen a nosotros, ayudamos si podemos a quienquiera que nos lo pide, enseñamos y educamos lo mejor que sabemos, aprendemos mucho cada día, caemos enfermos, nos hinchamos de reír, paseamos, vamos al mercado; nos quejamos unas veces del calor, otras de la lluvia, siempre de las carreteras y de la telefonía; intentamos que no nos engañen, nos engañan, rezamos, tenemos añoranzas, disfrutamos de la belleza del lugar, nos agotamos, vigilamos nuestra huerta, intentamos solucionar el problema nuestro de cada día «dánosle hoy», comemos y bebemos con sobriedad o sin ella dependiendo de con qué comparamos; compartimos cuanto podemos y nos permite nuestra generosidad aún débil; descansamos cuando corresponde, hablamos a los niños de Dios y a Dios de los niños y de la pobre gente que nos cruzamos, leemos y escribimos, rellenamos papeles, celebramos la misa, sufrimos con nuestra gente y nos alegramos con ellos, danzamos de vez en cuando, mal, pero nadie nos lo reprocha; rezamos otra vez… Todo muy normalito, como podéis deducir. Apenas nada de aventuras intrépidas para gente valerosa, ni acciones cargadas de abnegación y sacrificio, ni proyectos sublimes y notablemente transformadores de la realidad. Eso sí, no hay rutina y en su conjunto tiene su dureza. En su perseverancia estriba su dificultad y tal vez su mérito discreto o casi anónimo, como debería ser. Dificultad porque no siempre es fácil aceptar ser como la levadura si no vas a ver que por serlo la masa va fermentar y saldrá buen pan. No siempre se tiene paciencia y humildad para aceptar ser como grano de mostaza si no te va a tocar regocijarte al comprobar cuán grande es el árbol que «dependió de ti», que creció y en el que incluso anidaron pájaros.

Un día aceptamos con más o menos agrado, pero con una convicción profunda, que seríamos enviados por nuestra Asociación, por la Iglesia y, en definitiva, por Dios, a esta misión en Chad. Para dar cumplimiento a esa llamada tuvimos que renunciar a muchas cosas de las que componían nuestra vida cotidiana. En mi caso no fue fácil, pero dadas mis opciones fundamentales en la vida, no tuvo tanto mérito como parecen adjudicarme personas de buenos sentimientos y pensamientos. Creo, sin más, que hicimos lo que teníamos que hacer y ahora estamos donde tenemos que estar. Hoy día ya ha pasado casi un año desde nuestra salida y consiguiente llegada y muchas veces, aunque no quisieras darle vueltas a esa cuestión, sin embargo, por las cosas que van sucediendo, por las conversaciones que tenemos en nuestro equipo misionero, por las comunicaciones que mantenemos con familiares y amigos, por el testimonio que te piden frecuentemente, te ves llevado a plantearte e intentar contestar las preguntas: ¿merece la pena?, ¿cosas como éstas o incluso más efectivas no las podría hacer en mi tierra?…

Pues sí, merece la pena. Pues sí, en mi país podría hacerlo, pero debo hacerlo aquí. Los miro a ellos, a los niños y jóvenes del centro, a los trabajadores, a las que me encuentro y saludo en la ruta o en el mercado, a los que observo mientras trabajan duramente y a las que me miran curiosas, a los que me piden y a los que me ofrecen, a los que comparten este mismo empeño… y les interrogo: en efecto, confirmado, aquí me quiere Dios. Ni una palabra más”.

 

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