OMPRESS-TIMOR ORIENTAL (19-02-21) Cruza los montes a pie o en moto para hacer llegar la Eucaristía a los lugares más remotos de este país ubicado en el extremo oriental de Indonesia y separado de Australia por el mar que lleva su nombre, el Mar de Timor. Cecilia, una joven argentina, Esclava del Sagrado Corazón de Jesús, cuenta en este testimonio, recogido en la revista para jóvenes de las Obras Misionales Pontificias, Supergesto, cómo comenzó su vocación.

Nacida en Buenos Aires, desde pequeña fue al colegio Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús. Cuando tenía 15 años escuchó por la megafonía del colegio que ofrecían la posibilidad de hacer una experiencia misionera de verano. “Tenía unas ganas locas de ir, pero yo no era tímida, era recontra tímida; y a ninguna de mis amigas les interesaba el asunto. Así que implicaba ir sola, con gente desconocida, a un lugar desconocido… pero me animé, y fui”. Así que ese verano se fue, con un grupo de 10 personas –ella la más pequeña-, a Vinal Esquina, en el noroeste de Argentina.

“Yo creo que la misión abrió mi mundo, le dio un giro de 180º, en todas las dimensiones” ¿En qué sentido? Lo primero, para darse cuenta de la realidad. “Antes de eso yo vivía dentro de una burbuja, es decir, consideraba como normal sólo mi propia realidad. No había luz, el agua la sacábamos de un pozo, los baños eran letrinas, el calor llegaba a 50º de sensación térmica… y yo era una ignorante de todo eso. Ese fue un primer golpe de realidad”. En segundo lugar, esta experiencia le ayudó a conocerse más a sí misma. Y por último, esta experiencia le enseñó a conocer más a Dios. “Dios se me reveló como nuevo, como el Dios presente en los más pobres y sufrientes, que esperan en Él. Yo, que tenía la experiencia de un Jesús amigo, pero que en última instancia estaba en mi corazón, tenía ahora la experiencia de un Dios presente en la vida y fe de los más pobres. Y eso me cambió. Después de ese verano, lo supe: había llegado a casa, ese era mi lugar.”

Tras esta experiencia misionera, la vida de Cecilia había dado un vuelco. “Por un tiempo estuve confundida no sabía qué es lo que tenía que hacer. ¿Cuáles pasos dar? El momento crítico fue ese último año de secundaria, porque era el momento de decidir, y yo no sabía por dónde enfilar”. En unos ejercicios espirituales, le pusieron la película de La misión. “La escena final, en la que el cura Gabriel camina con Jesús en la Eucaristía, en medio del pueblo que es masacrado, se me clavó en la retina y en el corazón, y se me agolparon en la mente todas las personas que en la misión había conocido, las situaciones de injusticia y dolor y… colapsé. Y después de calmarme un poco (para no asustar a los que estaban ahí, que por suerte eran pocos), fui a la capilla, lloré un poco más, pero sabía que Dios me pedía que hiciera algo. Ese tiempo, también un seminarista amigo me había prestado un libro “Oriente en llamas”, sobre la vida de Francisco Javier, y me había volado la cabeza. Todo eso me hacía encender el corazón.”

Con mucha indecisión, empezó a estudiar Teología, y su vida siguió con normalidad, incluso con un noviazgo. “Después de mucha búsqueda, de mucho rezar, de mucho resistirme, al final me di cuenta de que Dios no quería partecitas de mi vida: que fuera de misión, que estudiara sobre Él, que rezara… Él lo quería todo, quería todo mi corazón.”. Así que decidió entrar en la congregación de su colegio, con mucho miedo, pero segura de que Dios estaba con ella.

Tras formarse en Argentina, Bolivia, Uruguay e Italia, lleva tres años en Timor Oriental. “La verdad es que durante toda mi formación he soñado con ir en misión. No tenía en mente ningún país o región en particular, lo único que deseaba era poder vivir entre los más pobres. Durante varios años lo deseé, y pedí a mis superioras, pero nuestra formación es larga, y tenía que terminarla.” Finalmente, su deseo fue escuchado.

Timor Oriental recuperó la independencia en 2002, tras 500 años de colonialismo portugués y 24 años de dominación indonesia. Fueron años de mucho sufrimiento a causa de la guerra, de la violencia y de los enfrentamientos. Al terminar la guerra inició un tiempo de esperanza por el desafío de reconstruir la nación.

Allí, las Esclavas de Sagrado Corazón de Jesús están presentes en dos comunidades: en Dili capital y en Bazartete, la zona de montaña, donde actualmente está Cecilia. En el país sostienen residencias para jóvenes estudiantes, guarderías, centro de atención para niños con desnutrición… Y además, participan en la pastoral. “En la aldea no hay ningún sacerdote viviendo, por lo que sólo tenemos misa los domingos, el resto de los días nosotras hacemos Celebraciones de la Palabra, y muchos domingos vamos a aldeas más alejadas, que no tienen misa, para celebrar allí también. Además llevamos la comunión a los enfermos y personas mayores”.

“Jesús es el tesoro más grande que tenemos, y es un tesoro para compartir. Llevarlo a los más pobres y enfermos, por más que implique horas de caminata, de cansancio y sol, sí que merece la pena. Voy de peregrinación con Jesús dentro de mi bolso, que viene con nosotros. Es llevar a Jesús presente en la Eucaristía al encuentro de Jesús presente en los más pobres. Y el ser testigo de esto es para mí un gran regalo.”.

“Una de las veces que volvía en moto, subiendo por la montaña, algo cansada, se me vino el texto de la multiplicación de los panes y el pedido de Jesús ‘Denles ustedes de comer’. En las constituciones de mi Congregación se nos invita a ‘Ser pan que se parte y vino que se ofrece para la redención del mundo’. Y un poco esta es mi experiencia en esos momentos”.