OMPRESS-ROMA (14-10-19) Ayer tenía lugar la misa y canonización de cinco beatos, presidida por el Papa Francisco. Se trata de Santa Giuseppina Vannini, fundadora de la Congregación de las Hijas de San Camilo; Santa María Thresia Chiramel Mankidiyan, fundadora en la India de la Congregación de la Sagrada Familia; Santa Dulce Pontes, una hermana franciscana, volcada en los pobres, en Salvador de Bahía, Brasil; Santa Margarita Bays, laica suiza, costurera, catequista y miembro de la tercera orden franciscana; y San John Henry Newman, el cardenal inglés, converso del anglicanismo, que tanta influencia tuvo entre sus contemporáneos.

La figura de Newman está muy ligada a la Congregación para la Evangelización de los Pueblos y a las Obras Misionales Pontificias, puesto que en la sede central de Roma de ambas instituciones se encuentra la Capilla Newman. El futuro cardenal, tras su conversión, vivió y estudio en el entonces Colegio de Propaganda Fide y en dicha capilla celebró su primera misa. Tras ella entraría en el noviciado de la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri. Su lema fue “cor ad cor loquitur”, el corazón habla al corazón, e insistía en la idea de que Jesucristo ha asignado una tarea específica a cada uno de nosotros, un “servicio concreto”, confiado de manera única a cada persona concreta: “Tengo mi misión, soy un eslabón en una cadena, un vínculo de unión entre personas. No me ha creado para la nada. Haré el bien, haré su trabajo; seré un ángel de paz, un predicador de la verdad en el lugar que me es propio… si lo hago, me mantendré en sus mandamientos y le serviré a Él en mis quehaceres”.

“Hoy damos gracias al Señor por los nuevos santos, que han caminado en la fe y ahora invocamos como intercesores”, decía en la homilía el Papa Francisco. “Tres son religiosas y nos muestran que la vida consagrada es un camino de amor en las periferias existenciales del mundo. Santa Margarita Bays, en cambio, era una costurera y nos revela qué potente es la oración sencilla, la tolerancia paciente, la entrega silenciosa. A través de estas cosas, el Señor ha hecho revivir en ella, en su humildad, el esplendor de la Pascua. Es la santidad de lo cotidiano, a la que se refiere el santo Cardenal Newman cuando dice: «El cristiano tiene una paz profunda, silenciosa y escondida que el mundo no ve. […] El cristiano es alegre, sencillo, amable, dulce, cortés, sincero, sin pretensiones, […] con tan pocas cosas inusuales o llamativas en su porte que a primera vista fácilmente se diría que es un hombre corriente» (Parochial and Plain Sermons, V, 5). Pidamos ser así, ‘luces amables’ en medio de la oscuridad del mundo. Jesús, «quédate con nosotros y así comenzaremos a brillar como brillas Tú; a brillar para servir de luz a los demás» (Meditations on Christian Doctrine, VII, 3). Amén”.