OMPRESS-ROMA (29-04-20) 176 sacerdotes llegados de 51 países diferentes son acogidos en el Colegio San Pedro de Roma, que se convierte en su casa mientras estudian en las mejores universidades eclesiásticas del mundo. Todos provienen de territorios de misión, la tercera parte de las circunscripciones – diócesis, vicariatos apostólicos, prelaturas, prefecturas – de la Iglesia en el mundo. En Roma se preparan para regresar a sus Iglesias locales y llevar lo aprendido. Se forman en la Ciudad Eterna para tomar el relevo de los misioneros, y hacer crecer la Iglesia en sus propios países. El Colegio San Pedro, “un planeta en miniatura”, está financiado por las Obras Misionales Pontificias y la campaña de Vocaciones Nativas, que celebraremos este domingo 3 de mayo. Su rector el misionero español del Verbo Divino, el padre Carlos del Valle, explica el sentido de este colegio.

P: ¿Qué es el Colegio San Pedro? ¿Cuál es su finalidad?

El Colegio San Pedro es un lugar donde vienen sacerdotes jóvenes de los así llamados “países de misión”. Están aquí para estudiar, normalmente tres años, y sacar títulos de licenciatura o doctorado, en diversas especialidades de la Teología o de las ciencias humanas. La mayoría se prepara para ser profesores en los seminarios de sus países. El Colegio está para ayudar y apoyar el desarrollo de las Iglesias jóvenes, ante todo en África y Asia. Uno de los grandes desafíos de la Iglesia hoy es la formación de sus sacerdotes. Por eso, el Colegio San Pedro es un lugar de dinamismo multiplicador a través de la formación.

P: ¿Cuántos sacerdotes hay y de qué nacionalidades?

Este año tenemos 176 sacerdotes, de 51 países. Un 60% son de África y el 40% de Asia, con algunos representantes de América Latina y Oceanía. Los grupos más grandes son de India, Nigeria, China, Indonesia…. Hay sacerdotes de países menos significativos en número y extensión, pero no en dinamismo misionero: representantes de Kazajistán, Papúa Nueva Guinea, Sudán del Sur, Centroáfrica, Lesoto… En esta casa uno entiende eso de “llegar a los confines de la tierra”.

P: ¿Por qué es importante que los sacerdotes estudien en Roma?

Hoy se puede estudiar en muchas partes. Hay buenas universidades católicas en Kinshasa, Nairobi, Manila… También uno puede hacer estudios a distancia, on-line, encerrado en la propia soledad. Pero con nuestros sacerdotes no se trata solo de estudios, sino de formación. El ambiente romano ofrece oportunidades únicas. Aquí hacemos experiencia de la catolicidad de la Iglesia. ¿En qué parte del mundo se encuentra una casa para sacerdotes que albergue representantes de 51 países, con culturas tan diferentes? El nacionalismo cerrado hace daño, y hoy más que nunca, dada la inmigración y el revoltijo de culturas en todos nuestros contextos sociales. Un sacerdote hoy, humanamente sano y profundamente cristiano, debe ser formado en la interculturalidad. Y qué bueno que esa formación se pueda hacer desde la experiencia.

P: ¿Los sacerdotes se quedan en Europa o regresan a sus países?

Nos interesa mucho este asunto. Estamos formando sacerdotes para ayudar a que las Iglesias jóvenes se desarrollen. Es una inversión también financiera que hacen las Obras Misionales Pontificias (y sus bienhechores) en favor de las Iglesias de los así llamados “países de misión”. Si el sacerdote que ha sido formado en Roma se queda en Europa, eso significa que ayuda a la Iglesia europea, y no a la de su país. Nuestro trabajo en la formación de estos sacerdotes, y los medios económicos empleados, son para enriquecer las jóvenes Iglesias en otros continentes.

P: ¿Qué tienen en común vocaciones de lugares tan alejados?

En esta casa de rincones del mundo alejados, con tantas culturas, colores de piel, experiencias de vida tan diversas… cuando la madre de alguien muere, todo hijo llora; y ante el humor, todos ríen. Debajo de la piel, los seres humanos tenemos la misma humanidad. Las vocaciones de lugares tan diversos tienen siempre la roca de la misma fe, la misma motivación, aunque tengan expresiones religiosas y roles sociales diferentes. Sin distinción de culturas, nuestros jóvenes viven con entusiasmo su vocación; son alegres, disponibles, serviciales, respetuosos con las canas de los mayores, con ganas de aprender. En el Colegio vivimos la fraternidad entre nosotros y el servicio al pueblo de Dios, y en eso sintonizamos todos.