Al leer la realidad, los creyentes descubrimos la voluntad de Dios detrás de todo lo que ocurre. Y su voluntad está siempre inclinada al amor, a veces misteriosamente, pero siempre al amor. Por eso, también detrás de la pandemia del coronavirus descubrimos que Dios nos está invitando a amar más. Somos frágiles y necesitamos de los demás; el coronavirus nos lo ha recordado.

El coronavirus ha hecho eclosión en el tiempo de Cuaresma, un tiempo de especial intensidad en la oración, el ayuno y la misericordia. Un tiempo en que nos proponemos morir a nosotros mismos, a nuestro egoísmo, para resucitar a la vida nueva que Cristo nos trae con su Resurrección. En la Cuaresma, la Iglesia nos invita al recogimiento, al silencio, a la renuncia voluntaria a tantos caprichos, a la caridad. El confinamiento dictado para hacer frente al coronavirus ha dado lugar, sin ser su pretensión, a un “entrenamiento” propicio.

A cada uno de nosotros, estos días se nos presentan muchas ocasiones para suplicar la ayuda de Dios, porque percibimos que solo con Él podremos pasar la crisis. Estos días nos enseñan que abrir las ventanas para aplaudir a otros es solo un signo de la apertura del corazón y el reconocimiento que debemos siempre al quehacer de los demás. Las escenas de carros atiborrados de productos son una llamada de atención ante los desequilibrios que produce un consumismo desmesurado, que vivimos durante todo el año. La impotencia que sentimos ante los contagios masivos y las muertes nos recuerda que la Vida es algo enorme que no entra en nuestras pequeñas manos y escapa a nuestro control. Y tal vez esto nos haga mirar al cielo para suplicar ayuda.

Muchos misioneros están lejos de sus casas. Ellos no corren el riesgo de ser repatriados, porque dejaron sus países para siempre. Voluntariamente se han aislado junto a los desheredados de la tierra, junto a muchos seres humanos que sufren y mueren todo el año sin que nos acordemos de ellos.

Y en esta crisis del coronavirus (sobre todo, europea), ellos sí piensan en nosotros; en su país sacudido por el sufrimiento (un sufrimiento al que tal vez no está demasiado acostumbrado); en sus familias (muchas formadas ya solamente por padres y hermanos ancianos, que forman parte de los grupos de riesgo potencial de la enfermedad).

Una vez más, los misioneros nos enseñan que Dios está presente en todas las circunstancias, que, como dice el papa Francisco, Él nos primerea. Antes de que el virus, invisible a nuestros ojos, llegara a nuestras ciudades, aquí también, Dios primereó. Él ya estaba en nuestras calles y en nuestras almas; aunque lo hayamos ignorado…, al menos hasta ahora.