OMPRESS-MARRUECOS (28-09-20) Este misionero chadiano se incorpora a la comunidad de los Misioneros Javerianos, recién creada. Saleh ha experimentado lo que decía el fundador de su congregación, San Guido María Conforti: “el encuentro con Jesús es un acontecimiento que cambia la vida”. Él mismo nos da el testimonio de su conversión y de su vocación misionera.

“Soy SALEH MOLL François, misionero javeriano. Nací el 21 de julio de 1991 en Magao, una localidad de la región de Mayo-Kebbi Este en Chad (África). Soy el cuarto de seis hijos de mi madre y de una familia no cristiana en su mayoría. Cabe recalcar que mi papá es polígamo (y no pertenece a ninguna denominación religiosa), pues mi país es en mayoría de tradición musulmana, además, la poligamia en mi tribu es legal. Sus hijos somos más de treinta y nos valoramos como si fuéramos de una sola mujer (vivimos juntos en el mismo hogar a excepción de los casados). Dentro de esta bella y unida familia, se viven los valores humanos y tradicionales: además, la ganadería, la agricultura y la pesca, etc. constituyen nuestras actividades anuales. Mi infancia fue animada por la ganadería, me encantaba pastorear las vacas y participar en los ritos tradicionales de mi tribu.

Mi sueño era ser periodista o doctor en matemáticas para tener una gran fortuna (coches, dinero, habitaciones, familia, etc.). ¿Cómo llegué a convertirme y por qué respondí al llamado de Dios a ser misionero religioso Javeriano? Al término de mis estudios de primaria (2003), mi hermano mayor me llevó consigo -en una localidad lejos de mi pueblo nativo- donde él trabajaba como enfermero. Estando ya en la secundaria, tuve la curiosidad de leer una parte de la Biblia (esta curiosidad nace después de una conversación con un amigo y compañero, hijo de un protestante, quien me contaba cómo su papá leía mucho la Biblia la cual es válida para nuestra vida). Yo leía unos versículos cada día antes de ir a la escuela, aunque no entendía casi nada, pues la consideraba como cualquier libro de literatura o historia… (Empecé a leerla en 2005).

Sin embargo, fui intrigado un día al leer Mateo 6, 24 que dice: ‘nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien, se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al dinero’. Pasé toda la jornada en crisis después de haberlo leído porque sentí que se oponía a mi sueño de ser periodista y tener fortunas. Algo dentro de mí me invitaba a servir a Dios, pero no sabía cómo hacerlo. Este texto marcó mi conversión y mi vocación a la vida consagrada. Durante un periodo más o menos de dos meses de dudas frente a este texto, decidí convertirme al cristianismo: la verdad, no logro explicar lo que me motivaba en mi conciencia, es un misterio, era Dios mismo quien hablaba en mi corazón y me llamaba a convertirme. Y cuando fui por primera vez a la celebración el domingo (era liturgia de la Palabra por escasez de sacerdote), me inscribí también a la catequesis (la catequesis dura tres años antes de ser bautizado).

Necesitaba algo más, pues estaba casi ‘loco por Dios’, él me había poseído y yo sentía que su amor por mí era demasiado. Por eso, buscaba cómo servir a Dios de manera radical. Y entendí la respuesta cuando un domingo, vi a un sacerdote presidiendo la celebración eucarística y escuchando el comentario de algunos diciendo que éste era el que se dedica totalmente al servicio de Dios: desde luego, quise ser sacerdote. De manera breve, en 2005 me convertí y nació el deseo de consagrarme y durante mis años de preparatoria, entré en contacto con los combonianos pero no supe cómo es su estilo de vida, y al leer bien el carisma y la espiritualidad de los misioneros Javerianos, me sentí atraído. En 2008, fui bautizado y confirmado en 2009. Después de obtener mi bachillerato en 2009, empecé el proceso formativo con los Javerianos en Bafoussam (Camerún).

Dos cosas me motivaron a entrar con los misioneros Javerianos: su carisma que consiste en anunciar el mensaje de Cristo en donde no hay todavía cristianos (como yo antes de mi conversión y, además, dado que muchos de mi familia no son cristianos todavía, yo me imaginaba que en el mundo hay todavía gente que necesita de Dios); la segunda cosa es el lema javeriano ‘hacer del mundo una sola familia’. Este lema me hizo comprender la realidad de mi país: hay muchas tribus, pero un solo país. Comprendí que siendo de distintas religiones, tribus, continentes, ideologías, culturas, podemos ser de la misma familia humana con dignidad, igualdad y obviamente fraternidad. Y si muchos lo han olvidado, es mi tarea recordar y fomentarlo para un mundo mejor.

Actualmente, me siento realizado, comprometido en mi opción; nada me falta, pues tengo a Dios, tengo un corazón libre y alegre, toda la humanidad ya es mi familia. Mi oración es ser un sacerdote alegre, humilde, que comprende a la gente gozando o compadeciendo con ellos en sus distintas situaciones existenciales. El mundo actual, más que nunca necesita de Dios como yo lo necesito. Mis estudios críticos de filosofía y teología me hacen comprender que Dios no es una ideología, sino una vivencia. Ser sacerdote no es un puesto, sino una opción de vida con sentido dejándome iluminar y orientar por el Espíritu Santo y confiando en mi Congregación”.