Seminarista japonés en la Jornada de Vocaciones Nativas

 

La historia de Masahiro Yuki, es la de un japonés proveniente de una familia con tradición sintoísta y budista ‒aunque atea en la práctica‒ que descubrió, a través de la “caridad cristiana”, el camino que lleva de la increencia a la fe, y de ésta a la vocación sacerdotal.

Su testimonio pudo oírse ayer, martes 17 de abril, en la Parroquia Nuestra Señora del Pilar, en la mesa redonda vocacional convocada por la Conferencia Episcopal Española (CEE), la Conferencia Española de Religiosos (CONFER) y Obras Misionales Pontificias (OMP), de cara a la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones y la Jornada de Vocaciones Nativas, que se celebrará en España el próximo domingo 22 de abril. El director de OMP, Anastasio Gil ‒presente en el acto‒ dijo que “no tenemos derecho a quejarnos de que no hay vocaciones”, y subrayó que debemos ayudar a las que Dios está suscitando en todo el mundo, para que puedan salir adelante. Ver vídeo de la mesa redonda

 

Masahiro Yuki contó en su testimonio que desde muy pequeño sentía curiosidad por la historia universal, especialmente por la historia de la Iglesia y de los Papas. Le llamaba la atención que esa Iglesia se hubiera sostenido en pie 2.000 años a pesar de los pecados de muchos Papas. Para ver de cerca un templo católico, se acercó un día a la Catedral de Oita mientras se celebraba una Misa y una mujer le animó a hablar con el sacerdote al finalizar la Eucaristía. Damian Kazuki fue el cura que inició a Masahiro en su camino de fe.

“Empecé las catequesis, había muchas cosas que no sabía”, dijo Masahiro, que confesó que lo que más le impresionó fue la caridad cristiana: “Me quedé muy sorprendido al leer el evangelio de Juan, cuando Jesús dice: «amaos los unos a los otros como Yo os he amado». No había oído nada parecido”. Cuando en 2011 tuvo lugar el terremoto y el tsunami, Masahiro comprobó que no eran sólo palabras y pudo conocer de primera mano esa caridad cristiana.

De la mano de Damian Kazuki, Masahiro fue conociendo cada vez más la historia del cristianismo, especialmente en Japón. Conoció la figura de san Francisco Javier (primer misionero que llevó la fe a Japón, hoy patrón de las Misiones) y la historia de los mártires (especialmente la de un jesuita de su misma diócesis, hoy beato, Pedro Kibe). Después de un año de catequesis, en 2010 Masahiro recibió los sacramentos de la iniciación cristiana en la Vigilia Pascual: Bautismo, comunión y confirmación. Se convirtió en el primer cristiano de su familia, y de su círculo de amigos. Poco a poco se fue dando cuenta que Dios le llamaba a algo más, que le llamaba a ser sacerdote. “Mis padres no entendían nada, ni del sacerdocio, ni de la Iglesia, ni de Jesús… Mi madre tenía miedo y se enfadó mucho”, explicó.

Desde 2015 estudia en el Seminario Internacional Bidasoa (en Pamplona). Su objetivo es formarse bien y poder volver a Japón (sin duda tendrá mucho trabajo en un país donde solo el 3% es cristiano, y solo el 0,34 es católico). Aunque actualmente Masahiro es el único seminarista de su diócesis, Oita, es optimista respecto a las vocaciones: “Creo que hay esperanza para las vocaciones en Japón. Aunque hay un proceso de secularización y materialismo parecido al de España, estamos llamados a vivir nuestra vocación con alegría”.

 

Además de Masahiro, en la mesa redonda vocacional también intervinieron un seminarista de Gandía y una religiosa madrileña.

Aunque Lucas Blanes era monaguillo y desde pequeño estuvo en contacto con el seminario menor, nunca pensó que la vocación sacerdotal fuera para él. En el instituto era el único cristiano, y se avergonzaba de hablar de Jesús. Tal vez por eso, en la JMJ de Madrid quedó muy impresionado de ver a tantísimos jóvenes que estaban orgullosos de su fe. Allí sintió una llamada muy fuerte del Señor al sacerdocio, pero intentó acallara. Después de dos años de lucha interna, finalmente dio el paso de entrar en el Seminario. “Seguir a Cristo no vale la pena: vale la vida”, dijo.

Mar Camargo, por su parte, contó cómo había crecido en un ambiente de parroquia muy intenso, en la parroquia de San Germán de Madrid. Sin embargo notaba una fractura entre su vida de fe y otras facetas de su vida, hasta que descubrió que sólo en Dios podía saciar el deseo de plenitud que no encontró ni en su profesión (como cámara de TV) ni en el amor humano. Después de unos Ejercicios en la casa de las Esclavas de Cristo Rey, entendió que Dios le llamaba a seguirle con toda su vida, y concretamente en esa congregación, para ayudar a otros a escuchar la voz del Señor y encontrarse con Él.

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