OMPRESS-MURCIA (4-09-20) Pascual Saorín, misionero del Instituto Español de Misiones Extranjeras, el IEME, acaba de volver de Japón, tras haber sido vicario general de la diócesis de Takamatsu, para ser también misionero en su tierra. Fue precisamente en el mes de septiembre, hace 20 años, cuando Pascual Saorín llegó a Japón en misión. Recuerda que fue una semana después del atentado en las Torres Gemelas. El pasado mes de julio regresó a la Región de Murcia, a su diócesis de origen, para incorporarse como párroco de Nuestra Señora de los Remedios de Albudeite y San Juan Bautista de la Puebla de Mula, así como de capellán en el Centro Penitenciario Murcia II de Campos del Río. Se marchó a Japón con 32 años y a sus 52 se enfrenta ilusionado ante esta nueva etapa en su ministerio sacerdotal.

En una entrevista concedida a los medios diocesanos de su diócesis de Cartagena, este sacerdote misionero explicaba que “ha sido una vuelta muy emocionante, un poco problemática a causa del coronavirus”, y dice estar “muy ilusionado porque supone un reencuentro con mi familia, con mi Iglesia y también triste porque dejo allí muchos amigos, un trabajo misionero, una misión muy necesitada de que haya más manos colaborando y trabajando en la evangelización. Es una mezcla de sentimientos, entre la alegría de volver a la tierra y la tristeza de dejar otra que siento como mía, porque han sido muchos años y parte de mi corazón es japonés”.

Preguntado por la Iglesia japonesa, dice que “es muy pequeña, minoritaria. Creo que, de alguna forma, es como será la Iglesia europea dentro de 50 o 100 años, una Iglesia pequeñita en número, pero de un testimonio de vida y una influencia social muy grande, de calidad y de experiencia espiritual que nos tiene que enseñar mucho. Es una Iglesia querida, respetada, sin muchos escándalos, muy fraterna y familiar, donde las relaciones humanas están un poco al margen del protocolo o de la institucionalidad donde es muy fácil sentirte acogido. De hecho, la mitad de los cristianos en Japón son inmigrantes, ahora filipinos y vietnamitas. Es el germen de un mundo nuevo que está naciendo, un mundo muy plural, muy diferente. También a nivel práctico, es autosuficiente, muy pocos cristianos mantienen su Iglesia con un esfuerzo muy grande”.

Está convencido de que también aquí hay que ser misionero: “Yo es que no entiendo mi vocación como sacerdote si no es siendo misionero, para mí es lo mismo. Un sacerdote debe pensar en los que no vienen, en los que no están, y tender puentes para relacionarse con personas de otras culturas. Una Iglesia que no es misionera se está haciendo el harakiri japonés, está erosionando sus cimientos, porque la Iglesia o es misionera o no es Iglesia. Con esa actitud voy a donde tenga que ir, la misión va a estar siempre presente en mi vida y el día que yo no pueda físicamente, por edad o por enfermedad, mi oración y mi apoyo económico y espiritual será para los que sí puedan. Hace 20 años, antes de marchar a Japón, el envío que me hicieron en mi pueblo (Cieza) fue en el convento de las clarisas. Ellas han estado en misión conmigo, ellas me han apoyado, gracias a ellas he resistido 20 años y a mi vuelta fui a darles las gracias. Y sé que he estado en contemplación en su corazón, esa unión entre el corazón y las manos, esa es la Iglesia, esa es la hermosura: que no todos tenemos que hacerlo todo”.