OMPRESS-NUEVA ZELANDA (22-10-20) Suzanne Aubert, religiosa francesa, fundadora y misionera en Nueva Zelanda, se desvivió por curar a los maoríes, diezmados por las enfermedades importadas de Europa. Esta misionera era conocida por ellos como “la mujer que lleva a los muertos a la vida”. La que puede que pronto sea la primera santa de Nueva Zelanda, comenzó “viviendo la misión” en Lyon, Francia, como miembro de la Obra de la Propagación de la Fe. Las primeras aportaciones del Domund a las misiones las hicieron sobre todo las obreras y obreros textiles de Lyon, donde se fundó. Cada uno de ellos daban un “sou”, una moneda de cinco céntimos de franco, y esta moneda la recogía una “responsable de diez”, que, tras aportar su propio “sou”, pasaba los donativos para las misiones a una “responsable de cien”. De esta forma sencilla lo había organizado la fundadora del Domund, Paulina Jaricot. Suzanne Aubert fue precisamente una “responsable de diez”.

Además de los donativos en la Sociedad de la Propagación de la Fe, que así se llamaba el Domund en aquel entonces, se leían los Anales de la Propagación de la Fe, la publicación de la sociedad. Los Anales recogían las cartas de las misiones que llegaban desde todos los lugares del mundo. Suzanne devoraba las páginas de esta publicación que con el tiempo, acabaría siendo la de más tirada de toda Francia. De ahí a decidir marcharse como misionera no había más que un decir “aquí estoy, envíame”, como dice el lema del Domund de este año.

Aunque en su país de origen es poco conocida, Suzanne Aubert, en Nueva Zelanda, es una figura nacional. Nació en Saint-Symphorien-de-Lay, cerca de Lyon. Cuando quiso hacerse religiosa sus padres se opusieron, por lo que fue a consultar al párroco más famoso de Francia, Juan María Vianney, el Cura de Ars, uno de los mejores amigos de Paulina Jaricot. Lo que le dijo el santo cura fue: “Mi querida niña, usted partirá a las misiones en dos años… Le ayudaré más en la muerte que en vida… ¡Cuántas cruces, dificultades le esperan en la vida!”. Y efectivamente, se le presentó la ocasión de partir como misionera. En 1860 se une a un grupo de misioneros, que encabezados por el obispo de Auckland, el francés Mons. Pompallier, parten para Nueva Zelanda.

En Francia, cuando descubrió su vocación religiosa y misionera, estudió en secreto cursos de medicina, reservados a los hombres. Esto le ayudó mucho en Nueva Zelanda. Recorrió los bosques a pie o a caballo, aprendió a nadar, experimentó con medicamentos, a partir de sus conocimientos y a partir de las plantas de la medicina tradicional. Buscó, sobre todo, curar a los maoríes, diezmados por las enfermedades importadas de Europa – la difteria, la fiebre tifoidea, la escarlatina… María, “la mujer que lleva a los muertos a la vida”, como la llamaban los maoríes, también publicó un diccionario inglés-maorí para facilitar el diálogo entre los maoríes y los pakeha, los no maoríes, que fue diccionario de referencia durante cincuenta años.

Tras unos años en Auckland y en Meanee, donde acogía a enfermos de todas las religiones, llegó a la población de Hiruharama, el nombre maorí de Jerusalén, a orillas del gran río Whanganui. Allí fundó en 1883 la primera congregación religiosa neozelandesa, las Hijas de Nuestra Señora de la Compasión. Su carisma, “compartir los sufrimientos de todos”. Pronto empezaron a acoger en un orfanato a niños, en su mayoría, blancos, porque los maoríes raramente abandonan a sus hijos. Para sufragar los gastos del orfanato, comienza a comercializar medicinas elaboradas a partir de las plantas maoríes. Así aparecen en todos los hogares del país estos remedios medicinales “Mary Mother Joseph Aubert Medicine”. Las cajas y los frascos llevan su imagen y, debajo, la nota de que han sido preparados bajo la directa supervisión de la misionera.

En 1912 volverá a Europa para que su pequeña congregación sea reconocida por el Papa Benedicto XV, que en sus numerosos encuentros la llamó “la hermanita del Cura de Cars”. A su vuelta, creará en 1920 una escuela de enfermería. Cuando muere, el 1 de octubre de 1926, se reúne una multitud inmensa, en la que se mezclan desde el primer ministro del país hasta el último de sus amigos maoríes. No es de extrañar que una biografía suya, fuera el libro del año en Nueva Zelanda en 1996: “Suzanne Aubert, una francesa entre los maoríes”.