OMPRESS-PERÚ (10-06-20) La misionera Laura Valtorta cuenta cómo el virus se ha extendido por la Amazonia siguiendo la red fluvial, como “las venas y arterias del cuerpo humano”. La hermana Laura forma parte de un equipo itinerante misionero que viaja habitualmente por la Amazonia, pero el virus ha hecho que ella y sus compañeros misioneros hayan tenido que quedarse en Iquitos.

La revista Popoli e Missione de las Obras Misionales Pontificias de Italia se ha puesto en contacto con ella. La misionera cuenta que “el virus entró en la Amazonía desde grandes ciudades como Manaos y Belem en Brasil, o desde Iquitos en Perú. Después de azotar sobre todo los suburbios de estas grandes aglomeraciones urbanas, comenzó su carrera hacia las áreas más aisladas en las que viven los pueblos indígenas, subiendo por la gran red fluvial que cruza todo el Amazonas, como las venas y arterias en el cuerpo humano”. Esta religiosa de las Misioneras de la Inmaculada lleva en Iquitos, en el vicariato apostólico de San José del Amazonas. Allí ha llegado el virus con consecuencias desastrosas. “Es una historia que se repite”, explica la religiosa. “En el periodo colonial, los indios fueron diezmados debido a las enfermedades traídas de Europa y hoy de nuevo un virus que viene del otro lado del mundo probablemente se convierta en la causa de un nuevo exterminio. Davi Kopenwa, líder yanomami, un pueblo con pocos contactos fuera de las comunidades locales, dice: Toda esta destrucción no tiene nuestra marca, es la huella de los blancos, su rastro en la tierra”.

La región amazónica sigue siendo el epicentro de la pandemia en América Latina y el virus ha llegado a los pueblos indígenas. “Los indígenas son especialmente vulnerables a los virus debido a la falta de memoria inmunológica”, explica la misionera. “En muchas zonas, no llega ningún tipo de medicamento, practican curas tradicionales, la única defensa eficaz es cerrar las comunidades a los contactos externos. Cuando entra el virus, es muy difícil detenerlo y los ancianos, los depositarios de la lengua, la cultura y el conocimiento antiguo, son los primeros en verse afectados y morir”.

Desde Iquitos cuenta que “el vicariato de San José del Amazonas se encuentra en la región más septentrional del Perú. El territorio es muy grande y de difícil acceso, tiene una extensión de más de 150 mil kilómetros cuadrados (la mitad de Italia) con una población predominantemente indígena de aproximadamente 150 mil habitantes, dispersos en pequeñas comunidades a lo largo de los cuatro ríos principales que cruzan el territorio (Amazonas, Napo, Javarí y Putumayo). Hay 16 puestos de misión, no todos tienen un sacerdote. Es una misión femenina, de hecho, las mujeres representan casi el 80% de la presencia misionera”.

Su equipo itinerante sirve de respaldo a toda esta red misionera, pero se impone la prudencia y no se han quedado de manos cruzadas. Han tenido la oportunidad, dice la hermana, de ver y experimentar el esfuerzo de una Iglesia pobre, la del Vicariato de San José del Amazonas, “que ha tenido la capacidad de unir fuerzas y canalizar todo tipo de ayuda, tanto alimentaria como médica, para llegar incluso a las zonas más distantes y aisladas del vicariato. Desde el principio, se creó un mapa de la infección, buscando información con personas de confianza en los diferentes puntos de misión. Porque se dieron cuenta de que los datos oficiales no se correspondían con la realidad. Con esta visión comenzamos a considerar las necesidades de cada lugar, hicimos planes, compras y envíos articulados. La lucha contra Covid-19 es una lucha contra el tiempo y, en muchos casos, el vicariato ha sido más rápido y más activo que el estado, reemplazándolo. No debería ser así, pero la acción de la Iglesia ha obligado al estado a mirar sus ineficiencias, asumir sus responsabilidades, no quedarse al margen del dolor del pueblo”.