OMPRESS-NÍGER (6-04-21) Rafael, misionero de la Sociedad de Misiones Africanas, escribe desde Níger, compartiendo cómo han vivido la Semana Santa en la misión. Con el título “Nuestra vida, ¿son los ríos?”, escribe desde este país en el que el río Níger lo es todo:

“Mi compañero Mauro utiliza con frecuencia la imagen de la arena refiriéndose a todo lo que puede representar inconsistencia, falta de solidez, cambios frecuentes especialmente en el gobierno, en las instituciones y hasta en las ideas, mucho más propensas a ello. Vivimos en un mundo de arena, dice. Y es verdad que en Níger hay mucha, es casi todo arena y todas las mañanas, especialmente en este tiempo antes de las lluvias, se te cubre la habitación y sus trastos de un polvillo fino que no sabes por dónde ha entrado.

Este país, Níger, está formado por varios pueblos nómadas como los tuareg o peul que atraviesan el desierto con sus rebaños y tradiciones, pero es que también el río, a través de los siglos, ha acarreado reinos, imperios y culturas que se han ido sedimentando a menudo en forma de arena: shongay o djerma, hausa, peul, tuareg… son los más conocidos.

Y pensándolo me doy cuenta de que mi vida misionera ha experimentado esa versatilidad, esa migración de pueblo en pueblo con la misión de anunciar el Evangelio de Jesús con palabras y obras, tan marcada por la transitoriedad. Recuerdo cuando llegué a Abomey en 1970, en tierras del Vudú, para después introducirme en el pueblo baribá, más tarde en el shongay pasando por Tera, Gaya y hoy en Niamey, la capital de Níger. Es todo un recorrido muy diverso con lenguas, tradiciones, estilos de vida diferentes que te obliga a hacer un esfuerzo de adaptación y aprendizaje que a uno le procura a la postre, creo yo, cierta cultura y flexibilidad al oreo del camino.

Ayer celebramos Jueves Santo y los sacerdotes de Niamey nos reunimos para celebrar nuestra fiesta pasando juntos un rato de adoración ante el Santísimo meditando sobre su cuerpo y sangre, que nos llevó a rezar sobre nuestra realidad tan fluctuante, donde cabe nuestra fraternidad sacerdotal y el don de nuestra vida, si queremos que el reino de Dios germine y fructifique. En esa oración recordaba a Angelo, un miembro de la comunidad que nos acogía, togolés. Me hablaba al llegar radiante anunciándome el nacimiento de su primogénito y yo felicitaba, y también a Pauline, que justo antes de la celebración me hablaba de cómo había acompañado a su madre hasta su muerte y se preguntaba si lo había hecho bien. Así nuestra vida discurre como arena confiada en manos de Dios”.