OMPRESS-COLOMBIA (19-03-18) “Discípulos misioneros custodios de la Casa Común – Discernimiento a la luz de la encíclica Laudato Si’”, así se llama el último documento del Consejo Episcopal Latinoamericano. Presentado la semana pasada, en él se profundiza en la encíclica del Papa Francisco Laudato Si’, aplicándola al contexto latinoamericano.

Presentado en Bogotá, el documento hace una reflexión – siguiendo las directrices de la encíclica – sobre la custodia de la creación, la necesidad de una ecología integral para América latina y la urgencia de una adecuada sensibilización y compromiso a partir de las comunidades cristianas.

Monseñor Juan Espinoza, obispo auxiliar de Morelia, México, y Secretario General del CELAM, explica en la presentación del documento, que éste propone “contemplar el mundo con la mirada de Jesús. Es decir, con una mirada amorosa que vaya más allá de lo inmediato; una mirada integral”. Una “mirada que no se queda en lo ‘verde’ sino que asume la ‘policromía’ de la vida en sus diversos aspectos e integra principios éticos y la profundidad espiritual humana”. Y añade: “Es la mirada que descubre que el clamor de la Tierra se une al clamor de los empobrecidos, vulnerables, marginados y discriminados. Tal mirada permite que los miembros de la Iglesia tengamos los mismos sentimientos de Cristo Jesús”.

El documento presenta en un capítulo los hitos alcanzados hasta la fecha. Estos hitos son los diversos documentos de las conferencias episcopales. Son respuestas a los conflictos socio-ambientales, muy numerosos, surgidos en los últimos años. El CELAM, por su parte, convocó a los empresarios católicos del UNIPAC y creó la Red Eclesial Pan-Amazónica (REPAM), que aunaba el trabajo misionero de la región, con esta visión de cuidado de lo creado.

Pasa después a considerar “una realidad que nos interpela”, analizando el modelo económico, el impacto de las actividades extractivas en el clima y el agua, su vinculación con la pobreza y los conflictos sociales, relacionados con las actividades extractivas, que se han repetido a lo largo de toda América latina.

El cuarto capítulo del documento el más extenso, parte del hecho de que “en nuestro mundo todo está relacionado”. De ahí el papel central del bien común, de la justicia intergeneracional, que nos lleva a velar por la tierra y el agua, a cuidar la biodiversidad… Hace una mención específica a la defensa de la Amazonía. Advierte ante el peligro de la “tecnocracia”, que se supera con la participación activa de las comunidades en las decisiones sobre proyectos y un cambio radical en la comprensión y práctica de la economía. Todo ello llevará a “una valiente revolución cultural”.

El último capítulo, “Fe sin obras está muerta”, anima “a las comunidades cristianas a vivir su misión de cuidar la Tierra y la vida de las personas, particularmente de los pobres, en alianza con muchas otras personas y organizaciones que comparten este compromiso. Lo importante es ‘comenzar por casa’ y revisar qué hay que cambiar para generar una nueva cultura del cuidado de la vida”.

“Necesitamos parroquias, escuelas, universidades, cuyas prácticas den testimonio de una cultura ecológica que respeta, ama y defiende la Vida, toda vida humana y toda la Creación”, concluye.