LOS JÓVENES, LLAMADOS A LA MISIÓN

Anastasio Gil

Director de OMP en España

 

El Mensaje del papa Francisco para el Domund 2018 pone como principales protagonistas del “cambio radical” a los jóvenes. No es una simple referencia coyuntural cara a la celebración del Sínodo de los Obispos, sino un indicador claro de que la transformación del mundo nace de corazones arraigados en la fe y el compromiso misionero.

La animación misionera de los jóvenes tiene como primer punto de referencia la llamada de los apóstoles cuando eran, precisamente, jóvenes. Con ellos Jesús quiso compartir su vida misionera y por ellos comenzó la actividad misionera de la Iglesia. Sus comportamientos tienen un talante juvenil, que brilla singularmente en el seguimiento total de Jesús. Dirigiéndose a los jóvenes que le escuchaban en Brasil, san Juan Pablo II ponía en boca de Cristo esta pregunta: “Para ti, ¿quién soy yo?”. Y añadía: “La vida, el destino, la historia presente y futura de un joven, depende de la respuesta nítida y sincera, sin retórica ni subterfugios” (Homilía 1-7-1980).

Este diálogo de salvación se dio claramente entre Jesús y los Doce, y el resultado fue su compromiso misionero. La fe de estos jóvenes en Jesús se desarrolló con un seguimiento incondicional y una identificación de pensamiento, deseo y proyectos con el Señor, pero en el clima de amor y confianza propio de la amistad, como la que se inicia en el encuentro de Juan y Andrés: “¿Qué buscáis?”. Es una manifestación clara del espíritu juvenil. Enseguida se inició una convivencia de la que iría brotando una amistad, y la misma palabra clave de Juan, permanecer —“permanecieron con él aquel día”—, que inmediatamente pasa a significar cohabitación y a expresar la vida íntima y misteriosa de Jesús en el corazón de los discípulos; es decir, la amistad profunda y singular del Señor con los suyos.

Jesús suscita entre los discípulos el interés por la misión. Para encauzar este impulso juvenil hacia la actividad misionera, hay que hacerse la pregunta de Jesús: “¿Qué buscan estos jóvenes?”, de manera que se puedan armonizar los aspectos espirituales y sociales de la misión de la Iglesia, en un ensamblaje bien logrado de fe y vida. Ahora bien, la necesidad de la presencia de la juventud en las actividades sociales misioneras no es de orden táctico, sino teológico. Los jóvenes están en la Iglesia y en el mundo recibiendo y aportando lo que les corresponde según sus propias características de bautizados. Más aún, hoy los jóvenes tienen conciencia del protagonismo que les compete en el futuro inmediato de la sociedad y, en cierto modo, también de la Iglesia.

Esta condición de jóvenes, llamados a la misión, reclama una pedagogía peculiar que podría significarse en estos cuatro pasos:

 

Encuentro personal con la Palabra y con Cristo

Centralidad de la vida espiritual en la formación y acompañamiento del joven. Es el encuentro con Cristo en la oración y los sacramentos, que lleva vivir intensamente la vida de caridad de la Iglesia. El reto es claro: educar en la amistad con Jesús; conocer a Cristo y tratar con él como un gran amigo. Responde a un anhelo muy fuerte en la juventud y aporta una nueva visión para el desarrollo auténtico y total de cuanto la educación misionera irá suscitando. “Nosotros no tenemos un producto que vender —aquí no tiene nada que ver el proselitismo […]—, sino una vida que comunicar: Dios, su vida divina, su amor misericordioso, su santidad. Y es el Espíritu Santo el que nos envía, nos acompaña, nos inspira: es él el autor de la misión” (Francisco, Discurso 1-6-2018).

 

Testimonio cristiano

Comunicar la fe reafirma al joven en el valor de esta para él y ayuda a los demás a valorizarla. Testimonio no de algo que se da, sino de la donación personal, cuando no se mete algo valioso en la hucha para las misiones, sino que uno mismo se introduce en ella, entregando la vida totalmente al servicio misionero en el lugar donde haga falta y de la manera que responda a la llamada concreta de Dios. “No se trata simplemente de replantear las motivaciones para mejorar lo que ya hacéis. La conversión misionera de las estructuras de la Iglesia requiere santidad personal y creatividad espiritual. Por lo tanto, no solo renovar lo viejo, sino permitir que el Espíritu Santo cree lo nuevo […], haga nuevas todas las cosas” (ibíd.).

 

Desprendimiento y generosidad

La praxis cristiana y el contacto con las múltiples pobrezas suscita un estilo propio del evangelizador. La educación misionera requiere dar a conocer con claridad las situaciones eclesiales y sociales, que provocan en el joven una seria reflexión sobre lo concreto, la necesidad de compartir lo que se tiene y lo que se es, incluso la propia vida. “La misión es envío para la salvación, que realiza la conversión del enviado y del destinatario: nuestra vida es, en Cristo, una misión. Nosotros mismos somos misión porque somos el amor de Dios comunicado, somos la santidad de Dios creada a su imagen. Por lo tanto, la misión es nuestra propia santificación y la del mundo entero, desde la creación. La dimensión misionera de nuestro bautismo se traduce así en testimonio de santidad que da vida y belleza al mundo” (ibíd.).

 

La comunión eclesial

Una experiencia vivida en el seno de la comunidad, como proceso en el acompañamiento que facilite, en clave vocacional, el descubrimiento de la llamada de Dios. Esta educación en la fe misionera ha de insertarse en la vida del joven y del creyente, como una explicitación, apertura y encauzamiento de sus legítimos anhelos humanos y cristianos, especialmente en aquellos que muestran una posible vocación misionera al sacerdocio o a la vida consagrada. Se deben explicar al joven los grandes retos de la evangelización universal hoy: la conjugación del anuncio explícito de Jesús con la preocupación humanista y social; la estima de la persona humana y de su libertad inviolable, no desmentida en el anuncio claro e interpelante del acontecimiento decisivo para la salvación, que constituye la esencia del mandato misionero; la fidelidad a la fe, que ha de mantenerse en el sincero diálogo con todos, en la aventura de la inculturación y en el esfuerzo por una plena liberación de los pueblos y grupos humanos oprimidos.

 

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