LA IGLESIA, SUJETO DE LA MISIÓN

Mons. Giampietro Dal Toso

Presidente de las OMP

 

El pasado 14 de mayo, el presidente de Obras Misionales Pontificias, monseñor Giampietro Dal Toso, pronunció dos conferencias en la Universidad Eclesiástica San Dámaso de Madrid. Por su interés y aplicación a los objetivos de este Domund, reproducimos aquí parte de su ponencia de la mañana, “Iglesia y misión: una relación fecunda”, organizada por la Facultad de Teología y la Cátedra de Misionología de dicha universidad. En esta intervención, Mons. Dal Toso dio razón de por qué la “Iglesia” es “Iglesia misionera”, y la “misión”, “misión eclesial”.

Iniciamos esta reflexión con la llamada de Abrahán: “El Señor dijo a Abrán: «Sal de tu tierra, de tu patria, y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti una gran nación, te bendeciré, haré famoso tu nombre y serás una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan, y en ti serán benditas todas las familias de la tierra»” (Gén 12,1-3).

Canal de salvación

En la cita observamos que la llamada de Dios va más allá de Abrahán. Él es el primero a quien Dios se dirige, pero su obediencia es un canal a través del cual la bendición de Dios llega a “todas las familias de la tierra”. La promesa es para Abrahán, pero, a través de su obediencia, la promesa se extiende a todos los pueblos. Vemos aquí un aspecto importante de la acción divina. El hombre no es solo objeto de la benevolencia divina, sino que, precisamente porque es obediente a la promesa divina, se le hace sujeto colaborador, en el sentido de que la adhesión a la llamada de Dios se convierte en motivo de salvación, de bendición para sí mismo y para muchos otros.

Lo que podemos apreciar de esta figura es que tampoco la Iglesia es simple objeto de la salvación divina. La Iglesia también es sujeto de salvación, porque es por medio de su adhesión como participa activamente en la salvación del mundo. La Iglesia no es simple receptora del don de Dios, sino que se la hace mediadora para todos los pueblos. Lo que la constituye mediadora como tal por medio de la escucha, de la recepción de la Palabra como revelación divina, es al mismo tiempo lo que la convierte en bendición para todos.

En este sentido, la Iglesia es parte activa del proceso de evangelización, y esto es posible porque es una Iglesia visible, anclada en el mundo, encarnada. Quisiera decir que no solo es parte activa de tal proceso, sino que ordinariamente es parte esencial de él. Resuenan las palabras de san Pablo: “¿Cómo oirán hablar de él sin nadie que anuncie?” (Rom 10,14). Dios, que se ha hecho hombre en Cristo para ser “visto, contemplado y tocado”, no puede encarnarse hoy sino en la obra de la Iglesia. La Iglesia, fruto de la misión de Dios en el mundo, es ella misma sujeto de la misión.

El carisma de las OMP

A la luz de esto, quisiera examinar también el carisma de las Obras Misionales Pontificias, que son una red mundial al servicio del Santo Padre para sostener la misión y las jóvenes Iglesias con la oración y la caridad. He utilizado expresamente el término “carisma”, porque no serían comprensibles sin el aliento del Espíritu Santo. Nos lo sugiere el mismo contexto histórico en el que han nacido. Han surgido en Lyon, Francia, en 1822, en un momento de gran efervescencia eclesial. En este contexto nace también el carisma misionero de las OMP: sostener la misión por medio de la oración y la caridad. Nuestra fundadora, la venerable Pauline Jaricot, reunió a sus amigas para orar por la misión y recoger ofrendas para la misión. De esta intuición originaria, el carisma se ha extendido a todo el mundo y a toda la Iglesia católica, de manera particular después del reconocimiento del carisma y de su universalidad eclesial por parte de Pío XI en 1922. Es una manera concreta de participar en el protagonismo concreto de la Iglesia en la realización del mandato misionero.

No puedo dejar de recordar con gratitud la enorme y muy apreciada contribución, tanto en términos de animación como de aportación económica, de la Iglesia en España a nuestras Obras. Este tipo de apoyo tiene también una función importantísima: ayudar al misionero a no sentirse solo, sino apoyado, unido y siempre en comunión con toda la Iglesia. De hecho, como nadie cree solo, tampoco nadie puede ser misionero solo, y en este punto me remito a las consideraciones de Otto Semmelroth y Karl Rahner sobre la dimensión social del misterio de la Iglesia. Siendo toda la Iglesia sujeto de evangelización, ningún misionero está solo, sino sostenido por el resto de la comunidad cristiana, en cuyo nombre actúa.

Bautizados y enviados

Esta es la idea que está en la base de la gran iniciativa que es el Mes Misionero Extraordinario 2019 y del tema que el Santo Padre ha elegido: “Bautizados y enviados: la Iglesia de Cristo en misión en el mundo”. El bautismo no es solo un don que nos incorpora a Cristo, nos hace un Cuerpo en Él, sino que, al mismo tiempo, es un mandato, porque en la fe de cada bautizado reside la bendición salvífica de Dios que quiere extenderse a todos los hombres. De nuevo, debemos al Concilio Vaticano II el gran redescubrimiento de que la fe del bautismo nos hace a todos profetas, y por eso, misioneros, protagonistas de la vida eclesial y entonces también sujetos de la misión.

Hoy esta misionariedad asume formas nuevas. Efectivamente, nos encontramos en un momento importante de tránsito del modelo típico misionero, a nuevos modelos que se adaptan a las necesidades del presente. Como en los tiempos de Pauline Jaricot Dios suscitó este carisma para ir al encuentro de una nueva situación histórica y cultural, igualmente hoy Dios suscita en el Espíritu Santo nuevos carismas para garantizar que la Iglesia continúe siendo sujeto de misión, también en estos tiempos que podrían parecer de crisis. Por eso, nosotros deberíamos acoger y favorecer todos esos nuevos carismas de evangelización, en las nuevas formas de misión a través de familias, movimientos eclesiales y nuevas comunidades de consagrados. Son formas que permiten a la Iglesia de hoy ser bendición para quien está lejos de Dios o todavía no lo conoce.