Un recuerdo agradecido de quienes seguimos trabajando en la “estela misionera” dejada por nuestro director nacional.

 

Del padre Anastasio Gil García —“don Anastasio”, para quienes formábamos su “segunda familia”, la de Obras Misionales Pontificias— se podrían contar tantas cosas que hay que renunciar de antemano a decirlas todas de una sola vez. A quienes hemos trabajado con él en la Dirección Nacional nos quedan multitud de recuerdos, palabras, situaciones, imágenes… en la cabeza y en el corazón. Nos va a costar hacernos a la idea de que todo eso forma parte ya de nuestra vida y de que no vamos a volver a oír sus enérgicos pasos acercándose por el pasillo de la oficina.

El amor y la entrega al trabajo de don Anastasio eran tan evidentes para cualquiera que tratara mínimamente con él que no haría falta casi ni mencionarlo. Desde dentro de “la casa”, es decir, de las Obras Misionales, lo hemos vivido con la sensación de ir corriendo con la lengua fuera detrás de una especie de locomotora a la que hubiera que dar alcance. Él no paraba de embarcarnos en iniciativas en favor de la misión que, a priori, parecían inasequibles, pero que, al final, salían adelante. Y ¿quién era el guapo que le decía que tal o cual tarea era demasiado trabajo, cuando iba él muchos metros por delante marcando el paso y dejándose la piel más que nadie?

Lo curioso es que, siendo tan alto el nivel de exigencia de don Anastasio, resultara a la vez un jefe cercano y comprensivo. La reciedumbre de su trato escondía un gran afecto hacia quienes trabajábamos con él, y, recíprocamente, suscitaba por nuestra parte un cariño tan profundo como respetuoso. Era resolutivo —no le gustaba nada que nos bloqueara la “perfectitis”— y se esforzaba al máximo por que las cosas se hicieran bien, pero sabía entenderlo cuando uno, habiéndose esforzado, había llegado “solo” hasta donde podía llegar. Y también era capaz de rectificar cuando, tras haber defendido un modo de hacer las cosas, era persuadido de que otra opción era mejor; opción que, a partir de ese momento, pasaba a ser, sin ninguna fisura, la “suya”.

Un detalle significativo del ambiente que había logrado crear don Anastasio en la Dirección Nacional de Obras es que, cuando nos convocaba para organizar la tarea o ponernos al día de los asuntos en marcha, nos decíamos entre nosotros: “Hoy tenemos reunión de familia”. Y como familia veía, sin duda, a la Iglesia. De hecho, para él era fundamental el trabajar en comunión, sintiéndonos partícipes todos de todo. No le gustaba la idea de ir por libre, por muy bienintencionado que se presentara ese propósito. Lo suyo era favorecer el que se remara conjuntamente en el ámbito de la misión, es decir, de la Iglesia.

Don Anastasio se sentía profundamente feliz de que Dios le hubiera ido zambullendo cada vez más en esta impresionante realidad de la misión. Con anterioridad, él se había entregado a la enseñanza y a la catequesis; sin duda, no habría sabido cómo dedicarse a algo sin volcarse por completo en ello. Pero lo cierto es que sintió como un enorme regalo el haber recibido, primero de los obispos —como secretario de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias—, y luego del Papa —como director nacional de las Obras Misionales Pontificias—, el encargo de servir en cuerpo y alma a esta causa de la misión. Por eso, ¿quién puede extrañarse de que don Anastasio nos haya dejado un montón de “deberes” pendientes a su equipo de Obras? Felizmente, no podía ser de otra manera.

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